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Pan con mantequilla
24-11-2008, Díaz Marzo, Ramón

Cubamatinal/ Esta noche 3 de febrero del año 2000, víspera de un nuevo año chino, el guardia-jurado que custodia la escalinata principal del Capitolio Nacional no vino a trabajar; lo está evidenciando el hecho de que me dejan hacer lo que les cuento. Son las tres de la madrugada.

Estoy sentado en el centro de la escalinata. Me estoy comiendo yo solo una barra de pan con mantequilla. Estoy contemplando una sección de la ciudad conocida por kilómetro cero o corazón de La Habana. Estoy recordando la década del setenta. Recordando a la espaguetteria "El Dorado"; le decían Cuerpo de Guardia por el tiro de espaguetis las veinticuatro horas. Estoy recordando la larga hilera de paragüitas colocados a partir del cine Payret hasta el Hotel-Restaurante "El Saratoga" frente a la "Fuente de La India". Éramos jóvenes. Había represión en el país, pero esta zona, frente al Capitolio, era tolerante.

En aquellos tiempos aun funcionaba el Centro Gallego con su bar-cafetería, sus mesas de billar de carambola, un salón inmenso con más de trescientas mesas de juego de dominó, de ajedrez, de damas; y un viejo televisor norteamericano en un salón independiente con más de cien sillones de balance en una época en que casi todos los televisores de la ciudad, por falta de piezas de repuesto, habían dejado de funcionar. En ese Centro Gallego (SACE) por cincuenta centavos al mes uno podía escapar del mundo totalitarista desde las cinco de la tarde hasta las once de la noche. ¿Quién duda que siempre haya sido bueno tener un lugar a donde ir? Recuerdo aquellas patrullas de simpáticas pajaritas caminando desde la "Fuente de La India" hasta el Parque Central. No abundaban muchachas en aquellos tiempos con las cuales uno pudiera hacer el amor. Así que en algunos casos tuvimos que resolver el problema con putas viejas de la vieja guardia. Pero de cuando en cuando aparecía una muchacha.

Las pajaritas tampoco eran fáciles; parece que todo lo que sea bueno en esta vida siempre será difícil. Recuerdo al Ballet Nacional antes de que Alicia Alonso se quedara ciega. En ese Teatro Nacional: "Don Tomas Estrada Palma", yo vi cosas inolvidables en la década de los años cincuenta. Yo era un niño y mi madre me llevaba a casi todas las funciones.

Recuerdo a Pedrito Rico que por poco es ejecutado por muchachas quinceañeras provistas de tijeras para cortarle de recuerdo un mechón de su cabello; se había vuelto demasiado famoso con "La Perrita Pequinesa" y "La Virgen del Rosario". Recuerdo al niño Joselito cuando vino a La Habana y cantó en el teatro de don Tomas; pero ya lo conocíamos por su película "Marcelino, pan y vino". Recuerdo al recio Antonio Molina con aquella canción en el final de una película que, montado en un bote junto a otros compañeros con un crepúsculo de fondo, se alejaba de las costas españolas con aquella canción que decía: "¡Adiós, España querida...tierra donde yo nací!” Recuerdo que mi madre y yo vivíamos en un cuartito de la calle San Lázaro haciendo esquina con la calle Crespo. Éramos felices.

Ahora continúo masticando este pan con la mantequilla que compré en la bolsa negra. También yo comí mucho pan con aceite y ajo y café con leche en esas noches de mi infancia que mamá no tenía dinero. Ahora esta sección de la ciudad esta semi-oscura y desierta. Dicen que cada vez que vienen los cambios de gobierno las ciudades se tornan desoladas porque las gentes desaparecen. Eso lo leí ahorita, cuando salí del cine Payret donde están poniendo una película de Almodóvar: "Carne trémula", donde trabaja un actor español, Javier Bardem, que es amigo mío desde mediado del pasado año. Lo del cambio de gobierno y la ciudad solitaria es un cartel que aparece al final de la película, no idea de esta crónica. ¿Y saben una cosa?, desde el final de los años ochenta, después que fusilaron a Ochoa, me he sentado en esta escalera imperial cuando he querido estar solo.

Desde aquí se contempla, en toda su extensión, la calle del Teniente Rey hasta que choca contra la esquina de una reliquia arquitectónica que sobresale por la calle de San Ignacio frente a la antigua Plaza del Mercado. Ahora miro al complejo deportivo "Kid Chocolate", al lado del cine Payret, que edificaron en el mismo sitio donde se derrumbó el Hotel Pasaje. Ahí vivía mi hermano del alma, Pedro Pablo. Yo lo conocí mucho antes de que él fundara el grupo musical "Los Ibéricos". A mí me gustaba cenar en la medianoche en "Las Bulerías", frente al Hotel Habana "Libre". En ese lugar era donde todas las noches "Los Ibéricos" ofrecían una linda noche española. Interpretaban canciones de su propio repertorio y también las de grupos olvidados como "Los Chavales de España". Pero Pedro Pablo, en el momento en que el Hotel "Pasaje" comenzó a derrumbarse, se encontraba en su pequeño cuartito del tercer piso durmiendo.

En ese derrumbe murió gente buena. La gente buena es la que siempre se muere primero. En esta crónica se podría decir que el derrumbe del hotel "Pasaje" fue el punto final de una época aquí en la capital. ¡Fíjense si la juventud es poderosa que en aquellos tiempos había la misma o más represión política que ahora, y tengo la impresión de que éramos felices! Parece que con juventud uno puede ser feliz hasta en un Campamento de Concentración nazi. Ahora estoy terminando de devorar esta apetitosa barra de pan con mantequilla, y esta sección de la ciudad, que desde el siglo XlX siempre fue la más concurrida, se parece a un cementerio. Ni siquiera se ven los perros callejeros que inundaron a la ciudad en el año 1991, cuando comenzó el Periodo Especial.

Esta soledad, les digo, es el silencio en la música de los acontecimientos. Este momento, mientras mastico mi pan, podría corresponderse a uno de los silencios de esa gran sinfonía que es la vida. Seguro que los años setenta y ochenta fueron los acordes finales de un movimiento que ha precedido a este, mi silencio de ahora. Sentado en el mismísimo centro de la escalinata imperial del Capitolio Nacional me estoy acordando de todos mis amigos muertos: Carlos Verdecia y Velázquez, José Abreu (que por no poder abandonar a este país se lanzó del quinto piso de la Escuela de Idiomas de la Manzana de Gómez dos meses antes de la estampida del Mariel), René Ariza, Reinaldo Arenas; y todos los que ahora estarán accidentados o enfermos, o que por viejos ya no salen de sus casas.

Parece que en un país sin opciones a las gentes se les va reduciendo el espacio vital y se van encogiendo más y más hasta ese día en que la caja de madera forrada con tela barata nos recibe como última morada. Tengo la sensación de que en este mundo todo se está terminando. Pero no. En este mundo nada nunca se termina. Somos nosotros los que nos terminamos. Pero en verdad, os digo, que cada día que pasa hay que ser un héroe para continuar soportando las sistemáticas locuras de Satanás.

Hace veinticinco años yo me sentaba en estos escalones e invariablemente llegaba un policía y solicitaba mis documentos de identidad. Y esta madrugada, víspera del año del Dragón, desde que me estoy comiendo este pan con mantequilla han pasado varios policías de ronda y ninguno se ha dignado a mirarme. Es cierto que desde hace varios años me he vuelto invisible para la policía. No me ven. Es que ya soy un viejo. Pero con todo, y mi periodismo independiente que me sirve para sentir que la vida vuelve a cobrar sentido, soy un perdedor de mentira.

No logré convertirme en escritor cuando era joven. Este actual poder escribir no es un triunfo. Sino una consecuencia de la vejez. Pero la vida es así, y hay que aceptarlo. Pero no me hagan caso que, con mi nuevo destino, el de periodista, y sabiendo todas las buenas cosas que puedo hacer por Cuba, soy uno de los hombres más afortunados del mundo. He terminado de comerme todo el pan con mantequilla. Limpio mis manos y mi boca con un pañuelo que me costó un dólar con cinco centavos. Enciendo un cigarro que me costó 0.35 centavos (moneda nacional). Me reclino hacia atrás, sobre el borde semi-filoso del siguiente escalón.

Estoy mirando estos portales oscuros: ni perros, ni maricones, ni putas, ni locos; sólo policías con perros pastores alemanes en cada esquina portando unos radios personales de intercomunicación que emiten un ruido que puede oírse a un kilómetro de distancia y se parece al ruido que hace una nariz soplando contra un pañuelo. Son las cuatro de la madrugada y en pocos minutos las calles de la ciudad, junto a sus tambaleantes edificios, sentirán el estruendo de sus camellos de hierro y humo en un desierto de asfalto.


 


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