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Cuba y su Realidad Social 23-05-2017

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Que así sea
24-11-2008, Wilfredo Vallín Almeyda

Cubamatinal/ La estamos pasando bien gracias a ellos. Les oímos con atención mientras nos narran lo que piensan sobre la vida, sus experiencias personales, como ven el amor desde su juventud, que es la misma que la nuestra. Si bien pertenecen a otra sociedad y entorno, la juventud siempre ha encontrado un lenguaje común, latitudes aparte, para comprenderse mutuamente. Y nosotros les comprendemos pues su decir es claro, diáfano y grato. El idioma es a veces una barrera difícil de sortear para quien no lo domina, pero la comunicación espiritual puede incluso evadir ese escollo y creo que eso es lo que sucede cuando nos sentamos a dialogar con ellos. No obstante, sucede en ocasiones que…

Dueñas ha roto el encanto entrando precipitadamente en la habitación. Trae el rostro demudado. Se precipita también al hablar:
- ¡Rápido, escóndanlos!, ¡Por ahí viene Bringas!, ¡rápido!!!
Estupor primero. Pánico después: si los encuentran aquí, estamos fritos. Esconderlos rápido, si, pero ¿dónde?
La habitación en la que nos encontramos las ocho o nueve personas que estamos aquí es larga, de unos 10 metros de extensión. En su centro hay una mesa también larga, cubierta con un mantel de un color rojo sangre que casi toca el suelo con sus bordes. Junto a las paredes hay estantes con libros, revistas y periódicos pues esta es una sala de lectura preferentemente aunque hay además un tocadiscos, un radio y un periódico mural que cubre casi toda una pared. No hay closet, cortinas ni cuartos aledaños donde ellos puedan esconderse.

El tiempo parece como congelado en el espacio. No puedo apartar mi vista de la puerta por la que acaba de entrar Dueñas y que ha cerrado tras de sí. Sé que va a abrirse nuevamente de un momento a otro para dejar paso… al desastre para nosotros.

Somos cadetes de una escuela militar y estamos dentro de ella. Aquí adentro no puede haber nadie, absolutamente nadie ajeno a esta instalación y menos personal civil y menos que menos si esas personas pueden de alguna manera ser relacionadas con el enemigo jurado del país que representamos nosotros. Además esta es una escuela en suelo extranjero…no quiero ni puedo pensar ahora en las consecuencias, pero ya el daño está hecho y, además, el pensamiento es rápido… ¡Bringas va a entrar!!!
Ricardo, sin embargo, se ha movido rápido también buscando una solución salvadora y, sin pensarlo dos veces, ha empujado a nuestros acompañantes, a todos juntos, debajo de la mesa, cubiertos por el mantel rojo que llega casi al piso.
El teniente Bringas entra sin tocar.
-De pié, ¡firmes!- grita el primero que lo ve. Todos de un salto nos incorporamos quedando estirados como estacas.
El teniente Bringas, un hombre de mediana edad, bajito, con un color de piel y un pelo que recuerda a los indios siboneyes o tainos nos mira y nos regala su eterna sonrisa y nos dice:
- Continúen.
En lenguaje militar eso significa que podemos dejar la posición de estacas y seguir en lo que cada cual estaba. Y, aunque cada cual trata de mostrarse tranquilo y sosegado, lo cierto es que todos tenemos contenida la respiración… si Bringas se da cuenta de que los muchachos están debajo de la mesa…
Pero el teniente va hacia uno de los estantes y se pone a hojear un periódico, el “Krasnaia Esvezda” (Estrella Roja). Yo no puedo evitar una sonrisa. Bringas sabe de ruso lo que yo sé de las protuberancias solares. No es broma ni invento. El gordo Alberto llegó tarde a formación. Bringas le preguntó qué había sucedido y el gordo le dijo que se había levantado con un logaritmo en la planta del pie. Bringas lo mandó para la enfermería.
Pasan unos minutos que parecen siglos. Al cabo, el teniente se marcha de la habitación. Respiro general de alivio. Richard va a sacar a los muchachos de debajo de la mesa…
- De pié, ¡FIRMES!!!!
El que entra ahora es el teniente Ferreiro, jefe de todos los cubanos aquí, un hombre que nunca ríe. Alto pero no muy delgado, de mirada fría y penetrante, de esas personas ante las cuales siente uno frío, que te habla siempre, en cualquier momento, como si tu estuvieras permanentemente en atención ante él: es el oficial más temido por todos los cadetes.
Como estacas de nuevo. Ferreiro se pasea entre nosotros sin ordenar descanso.
- ¿Qué?, ¿relajando un poco?
Nadie se atreve a responder... ¿Acaso sabe que…?
Si lo sabe, entonces yo también sé. Seremos acusados y llevados a una corte militar de donde no es imposible que nos manden presos de regreso a Cuba por traición, diversionismo ideológico, conducta “impropia”, o cualquier otro artículo del Código Penal Militar, y se acabó aquí la historia para los implicados…la carrera militar y el expediente personal “sucio” de por vida por codearte con tan indeseables personajes…
Ferreiro se sienta a la mesa bajo la cual están nuestros invitados escondidos. Un frío gélido nos recorre las espaldas… si el teniente los toca con los pies…
Al cabo de segundos, minutos, horas tal vez, o quizás años, el oficial se levanta. Nosotros seguimos en atención. No dice nada más y se marcha. Escribo esto 40 años después, pero no olvidaré mientras viva ese día.

Estamos en el parque. El sentado, yo de pie. Le hablo y él parece escucharme con atención.
- Es increíble, Juan, hasta donde pueden llegar el odio y el oportunismo visceral de alguna gente. Como se puede, un día, obligarte contra tu voluntad a hacer o no hacer algo, durante años y años, a rechazar fechas, costumbres, modas, música, cortes de pelo, a meterte en la cárcel si no obedeces, a cargarte con un expediente “sucio” por el resto de tu vida, a hacerte un proscrito, un apestado social porque alguien se relacione con gente como tú y, otro día, sencillamente de un día para otro, decir simplemente que todo aquello ya no vale, que ahora es de otro modo, que ahora todo lo perseguido es admitido y ensalzado, sin importar la frustración y el dolor que todo eso causara en centenares, en miles, en millones de personas…
A unos metros de nosotros, un individuo, con uniforme de custodio, me mira con una mirada asombrada, como quien ve a un loco, que no lo parece, hablando solo. Yo prosigo:
- Tuvimos que esconderte, junto con los otros tres, aquel día bajo la mesa. Hoy, sin embargo, estás otra vez con nosotros y podemos conversar. Quiera Dios que tu presencia aquí sea como un avance que apunte a que pronto, muy pronto, cesará en nuestro país la intolerancia, la persecución arbitraria, el abuso de poder, los desmanes por la diferencia de opinión, que se acabará de una vez por todas ese odio enfermizo de quienes lo profesan…
Quizás es mi imaginación, quizás es solamente una ilusión, pero desde su broncínea figura inmóvil, creo escuchar que John Lennon me dice:
- Let it be.
- Si, tienes razón: que así sea -, le respondo.
Y me despido de él…y del custodio.


 


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