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Realidades y perspectivas
21-11-2008, Jorge Olivera Castillo

Cubamatinal/ Cambios mínimos y consolidación de una estructura de poder que seguirá basada en el dominio del Partido Comunista. Eso es probable en el horizonte político de Cuba a corto y mediano plazo.

Parece haber una aceptación tácita, dentro de buena parte de la comunidad internacional, respecto a una estrategia que no contempla una transición del modelo totalitario hacia una democracia, de forma más o menos rápida. Las medidas concretas tomadas hasta el momento describen un proceso de legitimación del equipo sucesor a través de vinculaciones a entidades regionales y extra continentales.

Esto podría ser parte de un enfoque de mayor calado con el objetivo de crear climas de confianza, compromisos y paulatinos relajamientos que coadyuven a facilitar algún tipo de apertura. Por otra parte, sería atinado también pensar en una controvertida agenda donde se haya apostado por no apresurarse en violentar el esquema geopolítico por temores y suspicacias. Con ello se apostaría a alargar los plazos al régimen cubano a fin de posibilitarle un reacomodo, aunque bajo ciertos parámetros de libertades económicas y cívicas.

Es difícil aceptar que un cambio en Cuba vaya a tener las características de lo ocurrido en España luego de la muerte del dictador Francisco Franco. A mediados de la década del 70 del siglo XX, en España se logró una exitosa transición a la democracia.

Las fuerzas que se mueven alrededor de la problemática cubana acusan una diferencia fuera de dudas. Cultura, idiosincrasia, geografía, historia y eficiencia represiva, obligan a considerar variantes más cercanas al modelo chino o vietnamita que a un plan abarcador donde se contemple una profunda reestructuración de la economía y la apertura política con el consecuente beneplácito a diversas corrientes ideológicas.

Es lícito admitir que a pesar de los esfuerzos invertidos en más de 30 años de beligerancia, el mayor logro de la oposición es de naturaleza moral y simbólica. A partir de la persistencia en un enfrentamiento escandalosamente desigual contra un gobierno que no escatima medios para el descrédito y la anulación, incluso física, ha logrado expandirse, pero sin poder articularse en un proyecto con todos los requerimientos para constituirse en un actor de peso en la escena política nacional.

No es que los resultados hayan sido intrascendentes. Sin embargo, en términos políticos reales, su capacidad de maniobra es más bien modesta. El coraje y la perseverancia son cualidades que requerirían de otros elementos como capacidad de convocatoria e influencia, profesionalización de los cuadros, soportes financieros estables, posibilidades que se ven menguadas a razón de una impunidad ilimitada de la policía política y de un entorno social carcomido por el miedo, la corrupción y la preferencia por mantenerse en un óptimo nivel de la doble moral como vía para preservarse de mayores penalidades existenciales.

La política tiene sus reglas y la situación cubana no las va a cambiar. Por más que se quieran amarrar a la mente vaticinios agradables, la realidad se impone.

Aunque resulte molesto, el gobierno sucesor va ganando la partida administrando las concesiones a su antojo. No ha perdido ni un ápice del poder real y mantiene el control total de un proceso que busca amoldarse a las circunstancias al menor costo.

Hay un nuevo punto en el área de la legitimidad. La dictadura es miembro pleno del importante Grupo de Río sin despojarse de su naturaleza excluyente y opresiva en intramuros.

Este es un indicador inobjetable de que el aire no sopla a favor de una democratización que dé paso a un estado de derecho y a la economía de mercado. No sería raro que aparezcan otras sorpresas.

Un embargo norteamericano que requiere de revisión, y la Posición Común de la Unión Europea son dos de las pocas piezas que cuestionan el estatus de Cuba y condicionan la normalización de relaciones hasta tanto no se respeten los derechos humanos.

De extenderse la política de implicación crítica sin un claro equilibrio de ofrecimientos y demandas, el escenario puede ser contraproducente para las fuerzas democráticas. La estabilidad conseguida por el partido único, el oportunismo económico y un pragmatismo cínico, no deberían primar a la hora de las decisiones de los actores internacionales. Es pertinente que Cuba transite hacia una democracia, de forma gradual e irreversible. Lo demás sería retrasar, miserablemente, el reloj de la historia.


 


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