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Los Emos
08-11-2008, Luís Cino

Cubamatinal/ A los Emos, hasta bien entrada la década de los 80, la policía los habría recogido en carros-jaulas, entre empujones y bastonazos, por “raros”. Antes de encerrarlos en cárceles o campamentos de trabajo forzado, los hubieran acusado de diversionismo ideológico, conductas antisociales, vagancia o cualquier otra cosa que se les antojara. Para los mandarines, todo lo diferente implicaba peligro. Los Emos, lánguidos y depresivos, demasiado blanditos para su gusto, hubieran resultado definitivamente inaceptables dentro de los cánones estrechos y blindados de la corrección política y moral del hombre nuevo que aspiraban a crear.

Cuando empezaron las recogidas en El Vedado, a “la gente de la onda” los llamaban “los enfermitos”. Así los veían. No importaba que adoraran las flores, las guitarras y hacer el amor a toda hora. No importaban los pezones que saltaban ojos, los troncos de piernas que asomaban por debajo de las minifaldas ni que alguno fuera (parafraseo a mi amigo poeta Rogelio Fabio) “velludo como un oso y prieto como un griego”.

Si aquellos eran enfermitos, imaginen como hubieran llamado a los Emos. No imagino qué barbaridad haría aquel tenebroso oficial de la unidad policial del Capri que apodaban El Mexicano si topara hoy con un pálido Emo de lazo rosado en el pelo engominado y el brazo ensangrentado, tasajeado a navajazos, que le explicara: “Soy un muchacho muy emocional, oía en mi celular a Bless the Fall y estaba empastillado y muy deprimido porque mi familia no me entiende, entonces me corté para sentirme vivo, para que un dolor sustituyera a otro”.

Pero efectivamente, el tiempo pasa y como diría Violeta Parra, “cambia, todo cambia”…hasta Cuba en su burbuja verde olivo, aunque no sea al ritmo que debiera. No se puede pedir peras al olmo. Pregunten a Moratinos, que es experto en la materia. Bastante es que, gracias a la princesa Mariela, los homosexuales cubanos sean considerados, no enfermos mentales ni degenerados, sino seres humanos.

Es mucho con demasiado que los mandamases acepten con un rictus amargo que la sociedad cubana es cada día más diversa y plural. Se entiende que no hablamos de política.

¿Otra muestra de apertura? Pues los Emos, lo dice el periódico Juventud Rebelde, también son “nuestros”. Tan “nuestros” como los trabajadores sociales y los maestros emergentes. Y como los freakies, reguetoneros, repas, rastas, pingueros, mickeys, góticos y todos los demás. ¡Qué remedio queda, si en vez del hombre nuevo resultó toda esa morralla indeseable!

Sólo queda hacer mucho trabajo político con ellos para que obedezcan sin chistar. Al menos, que no molesten demasiado. No importa si muestran el calzoncillo por encima de la cintura del pantalón o se tatúan motivos satánicos. Da igual que vuelen sueños rosados con el parkisonil o lloren su depresión en el banco de un parque de la calle G. No importa si, con los ojos delineados y las ropas ajustadas, apenas se distinguen las hembras de los varones. Que sueñen con ser vampiros o muñequitos japoneses. Da igual si oyen música house, se embisten con el hard core o se contorsionan con el reguetón o el rap (siempre que no hable de racismo y abuso policial).

Dicen que los Emos prefieren las canciones del grupo Estopa. La sugerencia oficial sería otro grupo español de nombre sugerente: Jarabe de Palo. Es sólo una broma: los tiempos cambiaron. Ya la policía no termina los bailables a cascazos, al son de La Compota de Palo de Los Van Van, porque ya no hay bailables. Ahora, los Emos, misóginos, nihilistas, anoréxicos del alma, también son “nuestros”. Por la descripción que da Juventud Rebelde, creo que más “nuestros” que otros adolescentes con conflictos de identidad.

Al menos en mi barrio y en los barrios que frecuento, no hay Emos. Donde más abundan es en Nuevo Vedado. Su sitio de reunión preferido, además del parque de la calle G, es la Sala Atríl, en Miramar ($5 cuc por persona), donde intercambian música emo-core y videos en sus celulares. Calzan zapatillas Converse o Van ($60 cuc). Todo me hace sospechar que son hijos de papá. De ahí que tengan tiempo para estar desganados y centrarse en sus depresiones. Los demás muchachos, los que no son tan “nuestros”, como siempre han vivido en ella, no saben qué es la depresión. Para ellos, “no hay más ná”.

No obstante, recomiendo tomar precauciones a los Emos del parque de G. Los policías suelen aparecer por allí y desalojar el parque. Para ellos, todos los gatos son pardos. Puede que alguno no sepa que los Emos son “nuestros” y le hagan pasar un mal rato a alguno. Muy deprimido estará después. Quizás hasta el padre lo regañe por haber tenido que interrumpir una reunión importante para sacarlo del calabozo.


 


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