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Una fiesta de la democracia
06-11-2008, Alfredo Cepero

Cubamatinal/ Este martes cuatro de noviembre el mundo fue testigo de un acontecimiento que marcará un hito en la historia de los Estados Unidos tanto por su significado como por lo inesperado. Algo muy similar a la elección por la Curia Romana del primer papa polaco o la caída del Muro de Berlín sin que se disparara un solo tiro.

De hecho, hace solo dos años a nadie se le habría ocurrido vaticinar que en el breve curso de medio siglo los Estados Unidos se transformarían de la sociedad excluyente de George Wallace en la nación incluyente que puso en la Casa Blanca a Barack Obama.

Porque es importante destacar que, aunque en porcentajes cercanos al 95 por ciento los negros votaron por él, con una representación de solo el 12 por ciento del total de electores, los negros no contaban con números suficientes para elegirlo sin el concurso del resto de la ciudadanía. Por lo tanto, Barack Obama no es el candidato de los negros sino el candidato negro que triunfó gracias al apoyo vehemente y masivo de ciudadanos de todas las edades, todas las razas, todos los sexos, todos los niveles económicos y todas las creencias religiosas, con excepción de quien suscribe estas líneas. Y si, como hombre joven, aspira a ser reelecto en el 2012 haría muy bien en gobernar para todos y no olvidarse de esa contundente realidad política.

Numerosos apologistas y fanáticos del presidente electo, incluida la hija del Presidente Kennedy, han trazado paralelos entre el difunto mandatario y Barack Obama. Sin embargo, el fenómeno Obama no tiene paralelos. John Kennedy fue un hijo de papa que creció en el privilegio, vivió en la opulencia y llegó a la presidencia gracias al capital acumulado por Joseph Kennedy en circunstancias que no siempre fueron transparentes.

Barack Obama fue un mestizo abandonado por un padre indiferente, ignorado por una madre aventurera y criado por unos abuelos blancos con limitados recursos económicos. Un hombre que a través de alianzas con centros de influencia, muchas de ellos hostiles a la cultura y la sociedad norteamericanas, adquirió los instrumentos profesionales y los contactos políticos para convertirse en arquitecto de su propio destino. Estemos o no de acuerdo con su ideología y su pensamiento político no podemos por menos que admirar el talento y la perseverancia de este hombre excepcional.

Pero no menos excepcional fue John McCain cuando en su discurso de felicitación a Obama hizo despliegue de sinceridad y sentido patriótico ofreciéndole su apoyo incondicional para llevar por caminos de libertad y prosperidad a esta nación por la que ha dado pruebas de amor y sacrificio durante cincuenta años de vida pública ejemplar y honorable.

Por otra parte, y en honor a la verdad, es importante dejar bien claro que el triunfo de Barack Obama se debe en gran medida a la generosidad y el pragmatismo de unos Estados Unidos donde el hijo de un inmigrante negro encontró los mecanismos y las estructuras para desarrollar su talento y escalar la primera posición de la nación que hoy más que nunca puede declararse líder moral del mundo libre.

Este casi milagro político jamás se habría producido bajo regímenes totalitarios gobernados por tiranuelos como los Chávez y los Castro que agarran el poder con la trampa, gobiernan con la mentira, discriminan sin pudor y se perpetúan por el terror. Ahora, si el inepto del Castro menor quiere superar en estatura moral a los Estados Unidos tendrá que poner en libertad a Bisset, dejar de hostigar a Antunez, dialogar con Cuesta Morua y dejar que los tres aspiren en elecciones libres y transparentes.

De regreso a Estados Unidos, pasado el júbilo de la victoria electoral, Obama se verá obligado a enfrentar al mismo tiempo los retos de dos frentes de guerra, un déficit presupuestario sin precedentes, una recesión que amenaza con convertirse en depresión, una crisis energética paralizante y una nación polarizada por conflictos entre conceptos diametralmente opuestos sobre el respeto a la vida, la política impositiva, la independencia de los medios de información, la influencia de los sindicatos obreros, el nombramiento de jueces federales y magistrados del Tribunal Supremo y, sobre todo, la política de defensa nacional.

En este sentido, existen numerosas razones para la preocupación cuando consideramos las recientes aventuras de Moscú contra antiguas repúblicas soviéticas, las alianzas militares rusas con Cuba y Venezuela, la afirmación del senador Joe Biden sobre posibilidades de un reto militar al recién estrenado presidente en el plazo de seis meses dentro de su mandato, la disposición de Obama a sostener conversaciones sin condiciones previas con los Ahmadinejad, los Castro y los Chávez; así como su promesa de campaña de reducir el presupuesto de la Secretaría de Defensa.

Ante este panorama realmente sombrío todo parece indicar que el futuro Presidente Obama confrontara la nada atractiva alternativa de faltar a su promesa de reducir los impuestos o aplazar para un futuro incierto sus promesas de seguro de salud universal y de cambios radicales en la educación. Las dos promesas no son solo imposibles de cumplir al mismo tiempo sino conducirían a un verdadero desastre económico nacional.

 

Tenemos, por otra parte, la impresión de que su verdadera prueba de fuego estará en la entereza de su carácter para resistir las presiones de reformas precipitadas por parte de sus correligionarios en la rama radical del Partido Demócrata.

Con radicales como Nancy Pelosi, Harry Reed, Barney Frank, Christopher Dodd, Maxime Waters, Sheila Jackson Lee y otros en control de las dos cámaras del Congreso podemos esperar toda una avalancha de cambios populistas y precipitados que podrían poner en peligro la inaplazable recuperación económica. Si Barack Obama es capaz de frenar a sus correligionarios radicales podría sanar al país y asegurarse un lugar de honor entre los presidente norteamericanos.

Si, por el contrario, cede a las presiones y se embarca con ellos en una carrera suicida de franca confrontación con una proporción considerable de sus conciudadanos podría correr la suerte de Bill Clinton quién perdió el control del Congreso en 1994 frente a la embestida de los republicanos bajo el liderazgo de Newt Gingrich. O peor aún, podría convertirse en un presidente de un solo período como Jimmy Carter, otro demócrata que creyó en el poder del gobierno para solucionar todos los males y en la bondad de los enemigos de los Estados Unidos como medio de garantizar la paz mundial.

Otra tarea nada fácil para Barack Obama será la de calmar las incertidumbres y los temores de quienes votaron por McCain. La mayoría tendrá el sentido cívico de aceptar la derrota y desear el éxito del nuevo presidente anteponiendo el bienestar del país a sus intereses partidistas pero, considerando la intensidad que ha caracterizado a estas elecciones, muchos de ellos aún se sienten heridos y temerosos del futuro.

En este aspecto tendrá Obama la oportunidad de demostrar su respeto a la democracia que ha hecho posible su victoria. Para ello debe garantizar que la voz y las opiniones de las minorías sean respetadas. Y no me refiero a minorías en sentido racial sino en sentido político de ganadores y perdedores. Porque sinceramente espero que el triunfo de Obama acalle o por lo menos reduzca los decibeles de las diatribas y quejas de quienes han hecho un negocio lucrativo de las alegaciones de discriminación contra los americanos de raza negra.

Por nuestra parte, y en conclusión, nos reservamos cualquier pronóstico sobre el rumbo que ha de tomar el muy pronto presidente Obama. Este hombre a quien millones admiran pero nadie conoce a cabalidad ha sido un misterio durante todo el tiempo de su vida pública.

Además, en el curso de mi existencia, que ya va siendo larga, he presenciado bastantes sorpresas y sufrido suficientes desengaños como para no aventurar vaticinios sobre líderes jóvenes, desconocidos y carismáticos. A pesar de haber transcurrido cincuenta años tengo aún fresca en mi memoria la imagen de un joven que bajó triunfante de la Sierra Maestra y con una humildad fingida más o menos dijo: “Esta revolución la hizo el pueblo y yo sólo aspiro a servirlo”.

 

De lo que si estoy convencido es de que, con todas sus imperfecciones, la democracia es el menos imperfecto de todos los sistemas de gobernar a los hombres. Que quienes militamos en la oposición tenemos la obligación de mantener los ojos abiertos porque la vigilancia permanente es el precio que pagamos por la libertad.

Que, por lo tanto, es importante que comencemos a organizarnos para defender nuestros principios en las campañas electorales que irremisiblemente vendrán en un futuro que será presente en menos tiempo del que quisiéramos quienes cargamos ya unos cuantos años sobre nuestros hombros. Mientras tanto, celebremos con regocijo esta fiesta de democracia que es la base de una convivencia armoniosa con nuestros conciudadanos en un ambiente de libertad y respeto para todos.


Miami, Florida 5 de noviembre de 2008.

 


 


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