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Mi tía Catalina
29-10-2008, Fornaris, José Antonio

Cubamatinal/ El último sábado de septiembre, a los 89 años, falleció mi tía Catalina.

Toda mi familia por parte materna es longeva. Mi abuela murió a los 104 años y tuvo 18 hijos. Todos del mismo esposo porque en esa época era lo que mandaba Dios.

De los catorce tíos que han muerto, exceptuando uno que falleció a los 66 de un infarto cardiaco y otro que acribillaron a balazos en 1958 durante la lucha armada entre revolucionarios y seguidores del Presidente Fulgencio Batista, todos tenían más de 80 años.

Mi madre tiene 84 y no hay duda de que continúa siendo la jefa de la casa.

Pero la tía Catalina era peculiar. Fue la primera de la familia en dejar la ciudad natal, Manzanillo, para probar suerte en La Habana. Y aunque sólo cuatro hermanos la siguieron, ella fue la que desbrozó el camino hacia la capital.

Abrazó el fidelismo y luego militó en el Partido Comunista. En distintos sitios de su casa había colgadas fotos de Fidel Castro.

Durante varias zafras azucareras integró una brigada de cortadoras voluntarias de caña. En más de una ocasión los medios la entrevistaron porque se convirtió en una de las “macheteras” más destacadas.

Era menudita, y los dedos de las manos, gordos de sujetar la “mocha” y de todo ese rudo trabajo, le contrastaban con el resto de su fisonomía.

De la misma manera que había comenzado, sin explicar nada a la familia, dejó de participar en las llamadas “Zafras del Pueblo”.

Después desaparecieron de su casa al unísono, las fotos de Castro. En una de ellas estaba un Fidel joven, a todo color, con la parte superior de la camisa abierta dejando ver los pelos del pecho y una cadena de oro que le colgaba del cuello, y otra donde se le podía ver mordisqueándose la uña de uno de sus dedos meñiques.

Como no tuvo hijos, parece que volcó su feminismo en el cuidado de los animales. Y durante bastante tiempo siempre la rodearon cuatro o cinco perros y dos o tres gatos.

Dentro de esas jaurías hubo una perra podler, de la variante de mayor talla, que rompía las reglas del proceder canino, pues daba saltos de alegría cuando ella preguntaba en alta voz: ¿Quién se quiere bañar?

Luego, durante el oficialmente llamado Período Especial, también empezó a criar gallinas y gallos. No era una sorpresa ver una gallina encima del escaparate.

Llegó a tener a en su pequeño apartamento de la barriada Santo Suárez, trece gallinas y tres gallos. Los gallos hacían las “delicias” de los vecinos, pues debido a una presumible alteración del reloj biológico, lo mismo cantaban a las ocho de la noche que a las tres de la madrugada.

No hace tanto, se le logró convencer –quizás nunca lo estuvo- que no podía continuar conviviendo con tantos animales. Entonces se dedicó hacer dulce de coco que salía a vender por las cercanías de su casa.

Un sobrino nieto que estaba residiendo con ella, contó que murió sentada a la mesa bebiendo un rojizo jugo de fruta bomba mamey a la hora del desayuno.

Nadie sabe si en su mente ya cansada guardaba en algún resquicio algo de simpatía por el comunismo, pero lo cierto es que entre las varias personas, la mayoría integrante de su familia, que estuvimos junto a ella en la funeraria de la calle Santa Catalina, ninguna tenía nada que ver con esa ideología.


 


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