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El pueblo tendrá la última palabra
28-10-2008, Alfredo Cepero

Cubamatinal/ Dentro del panorama caldeado en estos días por las diferencias de opinión en cuanto al rumbo futuro de los Estados Unidos casi todos los norteamericanos parecen estar de acuerdo en que las elecciones del próximo 4 de noviembre no se limitarán a elegir a un nuevo presidente y a los aspirantes a numerosos escaños en ambas cámaras del poder legislativo. Ese día el pueblo de los Estados Unidos decidirá nada menos que la naturaleza y el alcance de las relaciones entre el ciudadano y el estado en el hermoso experimento de democracia iniciado en Filadelfia en 1776 y que, en menos de dos siglos, se convirtió no sólo en la primera potencia militar del mundo sino en ejemplo de prosperidad económica y libertad individual para sus ciudadanos. Ese día se decidirá si el estado es siervo del ciudadano o el ciudadano es siervo del estado.

Nos parece, por lo tanto, oportuno aclarar las opciones que enfrentan los electores sin los entretenimientos y obstáculos de las estadísticas, las encuestas o los ataques recíprocos de los candidatos y sus partidarios. Antes de emitir su voto, cada ciudadano haría muy bien en decidir su visión del gobierno de los Estados Unidos en sus relaciones internacionales, su protección a la vida, su administración de justicia, su política impositiva; así como sus políticas de estímulo económico, de salud y de educación para no hacer la lista demasiado larga. Y, en el proceso de decidir por quién votar, tomar en cuenta los antecedentes, la conducta y las promesas de quienes aspiran a gobernarlo.

Si el votante considera que los Estados Unidos son una nación que ha librado dos guerras mundiales, numerosas confrontaciones regionales y derrotado al comunismo sin disparar una bala, todo ello en solidaridad con las víctimas de la opresión y sin adjudicarse territorio alguno, la decisión del candidato es tan clara que no necesitamos escribir su nombre. Si, por el contrario, el votante considera que los Estados Unidos ofenden al mundo con su prosperidad económica, su consumo excesivo de los recursos energéticos globales, sus despliegues militares en regiones distantes, la exportación de sus productos y la imitación de sus modas y cultura por otros pueblos la decisión es igualmente clara y no necesita nombre y apellido que, en este caso, podría llegar a molestar a las partidarios del candidato.

Si el votante considera que, por razones que tienen que ver tanto con la envidia como con la competencia por zonas de influencia, los Estados Unidos deben mantener el poderío militar que los proteja frente a los retos y agresiones de otras potencias se decidirá por el candidato que refleje el pensamiento de Ronald Reagan cuando dijo: “Ninguna de las cuatro guerras que he presenciado en el curso de mi vida fue provocada porque los Estados Unidos contaban con un poderoso aparato militar, sino por todo lo contrario”. Si, por otra parte, el votante considera que es precisamente el poderío militar norteamericano el que estimula la carrera armamentista por parte de otras naciones y que una reducción de armamentos acompañada por una diplomacia de la concordia iniciada por Washington hacia sus adversarios conducirían a la paz en el mundo también le será fácil la decisión.

En este caso, sin embargo, sería aconsejable que tuviera presente la experiencia de un Presidente Carter que, tratando de apaciguar a los enemigos de Norteamérica, puso a los sandinistas en el poder, entregó el Canal de Panamá a Torrijos, facilitó la permanencia de Castro abriendo la válvula del Mariel y extendió la alfombra roja sobre la cual caminó Jomeini para sustituir al Sha. Todo ello para encerrarse como un recluso en la Casa Blanca humillado por la captura de los rehenes de la Embajada Norteamericana en Teherán.

Si el votante aspira a la preservación de esta nación cristiana donde el gobierno respete y proteja el derecho a la vida de los non-natos, los incapacitados y los ancianos; así como promueva la estabilidad familiar y el desarrollo de la prole con la proclamación del matrimonio como la unión entre personas de distintos sexos no puede tener la menor duda en la selección de su candidato. Si, por el contrario, el votante es partidario de una sociedad donde el gobierno deje las decisiones de vida y muerte, al igual que la designación de las relaciones entre parejas, al capricho y la conveniencia de quienes ignoran sus responsabilidades sociales y buscan únicamente la satisfacción de sus instintos más primarios tampoco puede tener duda alguna de por quién votar.

Si el votante aspira a una nación donde quienes tienen la sagrada misión de administrar justicia analicen los hechos a la luz de la constitución y las leyes sin permitir que la condición, atributos o características de los comparecientes influyan en su decisión del caso. Una justicia con los ojos vendados a todo lo que no sea pertinente al caso en cuestión. Entonces la decisión es fácil. Si, por otra parte, el votante desea jueces y magistrados que, usurpando la función del poder legislativo y por pura demagogia populista, apliquen la misma ley en distintas formas según sean la condición, atributos o características de los comparecientes con el consiguiente peligro de violar el principio de igualdad ante la ley, tampoco tendrá dificultad en decidir por quién votar.

Si el votante aspira a una nación donde el gobierno estimule la competencia empresarial, respete el caudal acumulado con el trabajo honrado y no imponga una igualdad artificial en el disfrute del ingreso nacional por medio de mecanismos fiscales donde se despoje a los productores para premiar a los holgazanes. Un votante que, como Abraham Lincoln, amoneste: “Usted no puede ayudar al pobre destruyendo al rico”. O como Ronald Reagan diga: “Las palabras más temidas en el idioma inglés son: ‘Soy del gobierno y vengo a ayudarte.” Aquí es fácil saber por quién votar.

 

Si, por el contrario, el votante opina que el éxito material es un pecado de avaricia, que quien proporciona empleos es un explotador de su prójimo y que, por el solo hecho de haber nacido en esta nación, tiene derecho, sin esfuerzo alguno, a los mismos beneficios de quienes lo han logrado con el fruto de su trabajo, nos encontramos con un ciudadano que nació dentro del sistema equivocado.

Su pensamiento lo saca del capitalismo democrático y edificante de Adam Smith, Milton Friedman o Friedrich Hayek y lo ubica dentro del capitalismo de estado, el socialismo o cualquier otra forma de estatismo totalitario similar a los promovidos por Federico Engels, Carlos Marx o Vladimir Lenin. En fin de cuentas, no se trata de etiquetas sino de frustración, resentimiento y conducta. Por suerte para él nació en esta democracia y, a diferencia de sus primos ideológicos en Cuba y Corea del Norte, tiene derecho a emitir su voto y a que el mismo sea contado. Desde luego, ya sabemos por quién votará esta persona.

Si el votante está convencido de que la mejor forma de garantizar la libertad y el bienestar del ciudadano es limitando los poderes del gobierno para imponer a capricho sus conceptos de lo que es beneficioso o perjudicial para el cuerpo social. En síntesis, la preservación de la sabia formula de los padres fundadores de los Estados Unidos cuando dividieron los poderes en legislativo, ejecutivo y judicial. Formula que debe también ser interpretada y aplicada en la prevención de otorgar a uno de sólo de los dos partidos el control de los tres poderes. En ese caso debe tener en cuenta que los demócratas ya tienen asegurada la mayoría en ambas cámaras del Congreso y, con ella, tendrán el poder de aprobar o rechazar los nombramientos a magistrados del Supremo que les envíe la Casa Blanca. Si el votante quiere impedir la concentración de los tres poderes en ese partido no puede tener duda alguna sobre por quién votar.

Si por el contrario, el votante desea un cambio radicalizado donde la educación esté secuestrada por los sindicatos de maestros, el seguro de salud administrado por una burocracia que dictamine acceso, turnos y procedimientos sin opinión facultativa, los sindicatos obreros paralicen las empresas con demandas excesivas, encarezcan el precio de los productos al consumidor y obstaculicen el comercio internacional y el Tribunal Supremo se arrogue la potestad de legislar con fallos que hagan posible el aborto al por mayor, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la supresión del derecho a portar armas de fuego y la prohibición de la exploración de fuentes energías objetadas por los ambientalistas fanáticos todo lo que tiene que hacer es asegurarse de que los tres poderes estén en manos de un solo partido.

No queremos, sin embargo, concluir sin destacar la importancia de la credibilidad del candidato a la hora de decidir por quién votar. Si el votante quiere un candidato que en el curso de su carrera ha puesto en peligro tanto su vida física como su vida política por actuar en consecuencia con sus principios no debe tener duda alguna. Si por otra parte no concede importancia a la conducta sino se siente motivado por la elocuencia tampoco debe albergar dudas. Ahora bien en este último caso sería importante que tuviera en cuenta las palabras de alguien que supo respaldar su prédica con su conducta. Ese alguien se llamó Mahatma Gandhi quién, dirigiendo al Todopoderoso le suplicó: “Mi Señor, ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles”. En manos de ese mismo Señor y del pueblo norteamericano ponemos el destino de los Estados Unidos el próximo martes 4 de noviembre. (Miami, Florida 10-28-08).


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