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El pregón mudo del socialismo
02-11-2006, Tania Díaz Castro

Se equivocó Carlos Marx cuando dijo que el hombre no tenía necesidad de salir a la calle a ganarse el pan de cada día con su trabajo propio bajo un Estado socialista. En pleno socialismo soviético nadie ignoraba los buenos salchichones y jamones que se vendían misteriosamente en las escaleras de Moscú, de Berlín y de otras capitales del Este europeo donde se suponía que el Estado totalitario aliviaba el hambre de todos.

Por ejemplo, el pregón en Cuba no ha dejado de resultar una necesidad social, puesto que se trata de una forma natural y humana de ganarse el pan de cada día con honradez desde que el mundo es mundo, desde que el hombre se bajó de la mata y decidió crear una familia y alimentarla como Dios manda.

Pero como todo lo que huele a socialismo y comunismo va contra natura, es en el socialismo donde el pregón se convierte en algo misterioso, prohibido y delictivo.

En las primeras décadas del régimen castrista, cuando el gobierno creyó que por sus propios medios podía satisfacer las necesidades de la población y nadie por cuenta propia podía intervenir en la economía del país, los campesinos se las arreglaron para tener sus clientes fijos en pueblos y ciudades. Llegaban a esas viviendas cargados con frutas, legumbres y viandas que el Estado no suministraba en sus unidades de venta. Así fue como nació el pregón casi mudo del socialismo.

Más tarde, a partir del desplome de la economía socialista en Europa del este, fue que se permitió que los campesinos cubanos vendieran públicamente sus productos en determinadas áreas instaladas para ese fin. En cierta medida se reanudó entonces el pregón por las calles de pueblos y ciudades a pesar de los riesgos que esto representaba. Fácilmente la policía decomisaba los productos y el vendedor terminaba con las manos vacías y pagando una multa.

Es por eso que el pregón socialista no es como aquel otro que se hacía libremente en el pasado, recordado hoy como un capítulo imprescindible del folclor del pueblo cubano, un pregón hecho con gracia y personalidad. Tan arraigado estaba en nuestra cultura libre de ayer, que destacados compositores se inspiraron en el pregón callejero para crear canciones que resultaron grandes éxitos en el mundo como El manisero, de Moisés Simons, El Yerbero, de Néstor Milli, Zun Zun, de Ernesto Lecuona y muchas otras.

Hoy, en Cuba se vende de todo de forma oculta y en silencio. Quienes venden lo hacen de forma discreta para no llamar la atención del régimen. Es la lucha de una gran parte del pueblo contra el modelo económico establecido que sufre el país. Es el grito ahogado de la desesperación del cubano de a pie que quiere sobrevivir al hambre y a la injusticia del totalitarismo.

Estamos pues ante un pregón que pulula en esquinas y escaleras, trillos y guardarrayas, pero siempre sin hacer ruído. No necesitan imaginación y mucho menos virtuosismo musical. El secreto del pregón socialista es uno solo: tener su clientela fija en las viviendas. Es por eso que prescinde de campanillas, pitos y cornetas.

El escritor Alejo Carpentier vio al pregón tradicional como un hábito de origen remoto. Nicolás Guillén, el poeta, nos dice que los elegidos, los que escalan cumbres más altas, alcanzan resultados sorprendentes. Y es cierto. ¡Cuántos de aquellos pregoneros cubanos terminaron con su comercio propio en una calle importante de la ciudad! Algo humano en una sociedad justa donde todos por igual tienen el mismo derecho a participar de la economía de su país.

Es por eso que durante 47 años de castrismo no a valido ley, represión y cárcel para el cubano que quiere libre su vida. No importa que sea casi mudo su pregón. La fuerza de la naturaleza humana ha podido más que el precario socialismo.

Cortesía de Cubanet


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