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Apretar hasta el reventón
25-10-2008, Luís Cino

Cubamatinal/ Por estos días, dos amigos que no suelen alarmarse están pesimistas respecto a qué pasará en Cuba. Uno, anuncia que vendrán los gulags para inconformes y disidentes. Otro, cree que el gobierno apretará la tuerca hasta que el pueblo reviente y se produzca una masacre a lo Tiananmen. Ambos creen que el régimen, a falta de otras opciones, recurrirá a dar un escarmiento para aferrarse al poder absoluto.

No quiero dejarme arrastrar por las aprensiones de mis amigos, pero tengo que admitir que tienen motivos para el pesimismo. La reforma minimalista de los sucesores, más que una desaceleración, sufrió un frenazo este verano. Quedaron las expectativas, pero entonces vinieron Gustav e Ike y lo que ya andaba mal, empeoró en todos los sentidos. La única solución que se les ocurrió a las autoridades para enfrentar las consecuencias de los huracanes fue apretar la mano con las prohibiciones y la represión.

Fue como si los huracanes (que esta vez no tildaron de mercenarios) le hubieran servido de oportuna coartada para atajar a los “oportunistas y vende patrias” de los que tanto hablan últimamente las reflexiones del Compañero Fidel.

Ahora hay más inspectores que viandas en los mercados. Apenas hay frijoles y nada con qué sazonarlos, eso si alcanzas a comprar en la rebatiña cuando llega el camión. Los mandamases sacaron del juego a los intermediarios, hirieron grave al mercado negro, pero no tienen nada que ofertar. Sólo redistribuir el hambre de sus súbditos y sacar más policías a la calle.

Los agentes registran los bultos en la vía, los camiones y carros en las carreteras y persiguen a los vendedores callejeros. Por juicios expeditos en la misma unidad policial, se puede ir a parar a la cárcel, acusado de especulación o venta ilícita, por transportar 5 kilogramos de pollo, 15 huevos, 12 panes o dos tubos de pasta dental.

Mal momento escogieron los mandarines para dar el apretón. Sólo hay que salir a la calle y escuchar a la gente. El pueblo está muy descontento y no lo oculta. Más bien lo grita o lo pinta en los muros.

Pudiéramos estar al borde de un estallido social, pero las autoridades no hacen mucho por evitar el reventón. Más bien parecen, con las medidas draconianas de su comunismo de guerra, deseosos de que salten los que vayan a saltar, para aplastarlos de una vez y por todas. O crear un nuevo éxodo masivo que saque vapor a la olla. Esa parece ser su filosofía tremebunda, hija de la obcecación, el miedo y la orfandad de ideas nuevas cuando más las necesitan.

Pero con los ancianos caciques y sus behiques, nunca se sabe. Casi siempre sorprenden. Con ellos, suele no funcionar la lógica. De ahí su larga sobre vida. ¿Acaso no se precian de ser “conspiradores natos”?

¿Qué puede hacer pensar a los mandarines que funcionará nuevamente ahora su vieja fórmula de huir hacia delante? ¿La proximidad de una nueva administración en la Casa Blanca? Siempre consideraron peligroso el relevo presidencial en los Estados Unidos. Tal vez ahora estimen que George W. Bush está demasiado ocupado con la crisis financiera.

Aumentar la represión nunca ha sido un buen modo de ganar legitimidad, pero gracias a Moratinos y otros alcahuetes y a la sonrisa a lo Mister Bean del presidente Zapatero, haga lo que haga el régimen cubano, todo estará bien con la optimista Europa. Pérez Roque no se esforzó en disimular sus gruñidos en Madrid y París, pero ya la Unión Europea alaba el avance de Cuba hacia la democracia.

Adicionalmente, el régimen cuenta con el apoyo del vicario parlanchín de Caracas y los camaradas chinos. Por si fuera poco, se renovó el apetito imperial de Rusia. Lo mismo envía aviones con ayuda a los damnificados de Ike, barcos de guerra al Caribe que al Metropolita Kiril y sus popes barbudos a inaugurar una catedral ortodoxa en la Habana Vieja.

La nueva fase de la guerra contra todo el pueblo no augura nada bueno para los disidentes. La ola represiva de la primavera del 2003 estuvo precedida por operativos policiales, primero contra la droga, luego contra los vendedores callejeros. Después, pasaron a encarcelar a opositores y periodistas independientes. Pudieran volver a hacerlo. Sólo que resolverían poco, porque la disidencia interna no es el único ni el peor problema del régimen.

Por mi parte, no es que sea optimista, pero prefiero pensar que algo aprendieron los mandarines de las pifias del pasado. Que el nuevo espasmo represivo es coyuntural. Sólo otro acceso de pánico que los hizo dar un repaso, chapucero y breve, a Stalin, Mao y Pol Pot.

En definitiva, ante la hambruna que viene, si el Estado, por ineficiente, no tiene con que alimentar al pueblo, es más prudente que pacte, siquiera temporalmente, con los campesinos, los intermediarios y los vendedores callejeros. Con todos sus inconvenientes, y aunque repugne a su ideología, será mucho mejor que disparar contra los hambrientos.

 


 


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