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Livingston y los techitos piramidales
21-10-2008, Luís Cino

Cubamatinal/ Aunque tenga apellido de explorador del continente africano, Rodolfo Livingston es un arquitecto argentino. A pesar de los fracasos, aún adora con devoción digna de mejor causa a la revolución castrista. Apenas viene al caso. No es por eso que me ocupo de él. No es el único. A fin de cuentas, cada cual es libre de adorar lo que estime conveniente. Así sea a la rana René. Sucede que me molesta mucho que se burlen de las desgracias de mi pueblo.

Parece una broma de mal gusto el artículo de Livingston El viento (Juventud Rebelde, octubre 9). Entre tanto absurdo y disparate cuesta definir cuál da más risa, estupor, indignación o todo a la vez.

Livingston se refiere a las decenas de mensajes que recibe desde Baracoa, donde le cuentan que el huracán Ike no voló los techitos piramidales que construyó en 1961 en el barrio El Turey. No aclara si los mensajes llegan a través de palomas emisarias, tambores tam-tam o señales de humo.

Explica el arquitecto Livingston a los que no creen en la ocurrencia de milagros y en las virtudes de las pirámides: “Estos techos no están vinculados a las paredes ni a su viga de apoyo, sino simplemente apoyados”.

Según Livingston, los 5 techitos piramidales por casa, de 1 600 kilos de peso cada uno, con 6 cms. de espesor, resistieron por su forma. Es sólo uno de los modos que aconseja el arquitecto argentino de “pensar creativamente” para no limitarnos, hasta tanto llegue el próximo huracán, a reparar los daños.

Livingston propone cubrirnos de pirámides como en El Turey. Tan sólo le faltó un detalle. Una casucha de zinc y tablas, como gran parte de las centenares de miles de viviendas que destruyó Ike, no soportaría los 8 300 kilos que pesan los 5 techitos piramidales. Tal vez lucirían bonitos en las casas de la elite en Miramar, Nuevo Vedado o Atabey, pero allí no son necesarios.

Ocurrente que es Livingston, para proteger las plantaciones pretende apelar a “la solidaridad vegetal”. “¿Podrían atarse los troncos entre sí de una manera rápida y sencilla?”, pregunta. Si de todas maneras, los troncos se caen, pueden servir, si no se pudren, para construir sobre pilotes y prevenir las inundaciones. Sólo que eso no lo inventaron los habitantes del delta del río Tigre, al norte de Buenos Aires, ni el creativo Livingston.

El arquitecto pide dejar crecer los pensamientos sin que medie la lógica. Convida a imaginar disparates y un tiempo después, someterlos a la razón. Según él, resulta. Pone como ejemplo la conquista del poder en Cuba por Fidel Castro, que desafía la lógica de cualquier academia militar en el mundo.

Más increíble es que haya mantenido ese poder sin pestañear durante casi medio siglo. Desafía las leyes de la historia, la economía, la política, la lógica, la naturaleza humana y la vida misma.
En una parábola físico-mecánica a lo Livingston, el castrismo es como un avión cargado de explosivos, con más de 11 millones de rehenes a bordo. El aparato crea con sus motores un huracán de 1 000 kilómetros por hora, equivalente (diría el compañero Fidel) a no se sabe cuántas bombas nucleares. Se opone al viento, pero se sostiene y avanza gracias a él.

Con sus invitaciones a imaginar disparates, me asalta una duda: ¿No sería Rodolfo Livingston el inspirador de planes tan geniales como desecar la Ciénaga de Zapata, la Zafra de los 10 millones, el Cordón de La Habana, o la crianza de las vacas enanas?


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