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Detrás de la fachada
01-11-2006, Juan Carlos Linares Balmaseda

El día 9 de octubre me citó la policía política. A las 15 horas tenía que presentarme en la sede nacional de la Seguridad del Estado: la tétrica Villa Marista. Puntual crucé el umbral de la verja; a sabiendas que una vez adentro de este cuartel ya no podía salir sin autorización.

Desde el interior de una pequeña área, tapiada con mármoles y cristales, un militar me ordenó esperar en el salón. Ellos (Los agentes “entrevistadores” que me citaron) aparecieron una hora y media después. Así iniciaban su labor conmigo, aplicándome la técnica de la impuntualidad.

En casa yo pasaba por otro calvario hacía seis días. Mi esposa había enfermado con el virus del dengue. La fiebre no le bajaba de 38 grados y los incesantes dolores en la cabeza y en otras partes del cuerpo hacían de ella una postrada, y de mi, su cuidador. En la mañana del 7 de octubre hubo que hospitalizarla casi deshidratada. El mediodía del día 9 le dan el alta; aún convaleciente y con la prescripción médica de que en el hogar debía hacer reposo absoluto. En ese inoportuno momento llega la citación de Ellos; cuando yo cotejaba la limpieza domestica, elaboraba la alimentación, al tiempo que cargaba agua de la cisterna hacia un primero piso, pues para completar la tragedia, nuestra turbina estaba en reparación. Ellos sabían de mi dilema familiar.

Para Ellos, una disculpa al soslayo sería suficiente en la tardanza de la hora y media de espera mía dentro de aquel recinto de Villa Marista. Acto seguido me condujeron a una edificación contigua. Cruzamos una calle. Caminamos bajo un portal techado con tejas metálicas, a las sombras de una arboleda de mangos en alineación con la edificación. Nos detuvimos ante una puerta blindada. Uno de ellos marcó un código numérico en un teclado pequeño. Penetramos por un pasillo estrecho, el cual comunica con varias habitaciones. Instantáneamente percibí un frío muy fuerte proveniente de los equipos de climatización. Entramos en una sala bien pintada y amueblada, y encima de una mesa de centro estaban los mismos objetos que me quitaron el pasado 6 de septiembre.

El 6 de septiembre 27 periodistas independientes en Cuba participamos en una tele-conferencia con los periodistas en Miami Jorge Luís Hernández y Clara Domínguez. Cuando salimos, alrededor de las cuatro de la tarde, noté acechanza en la mirada de dos patrulleros de la Policía Nacional Revolucionaria. La colega Amarilis Cortina y yo caminábamos despacio. Íbamos en busca de la parada de ómnibus. Conversábamos. Mientras, la patrulla nos seguía de cerca. A unas cuadras de allí, en la intersección de las calles L y 15, la patrulla nos interceptó y me introdujeron en el auto.

Soy un cubano de a pie. Rara vez he tenido el placer de andar por las calles del residencial barrio El Vedado montado en un auto, y mucho menos dentro de un Lada nuevo, pero reafirmo que prefiero callejearlas hasta en un fúnebre -vivo, valga la aclaración- antes que ir montado en una patrulla y esposado.

Las esposas impedían recostarme al duro asiento plástico; además, trozaban mi muñeca izquierda. Unos minutos después estaba dentro de la unidad policial en 21 y C, donde me esperaba el oficial de la Seguridad del Estado que planificó mi “captura”. Me quitaron las esposas. Luego trascurrirían como dos horas metido en una oficina interrogándome al estilo “conversación”, para finalmente quedarse con todo lo que me habían obsequiado en la tele-conferencia: un pequeño radio marca Tecsun, una linterna, fotocopias del periódico El Nuevo Herald, una revista Cubanet, una revista Casa de Cuba, una revista Misceláneas de Cuba, un lápiz, dos pegatinas que decían CAMBIO, un sobre con algunos artículos periodísticos bajados de Internet y dos libros. De todo, sólo me devolvieron las cinco o seis galletitas dulces.

Tanto en el interrogatorio del día 6 de septiembre como en el del 9 de octubre el plato fuerte fue la intimidación, junto con un caldo de filosofía arbitraria. Y de postre, una empalagosa propuesta para que sirviera de confidente de ellos. El postre no lo probé, y mi abstinencia parte de dos simples razones: por un lado prefiero ser fiel al principio ético del periodista, y por el otro, que mi vocación no es por el espionaje sino por el periodismo. Asimismo desearía que este párrafo fuese mi declaratoria testamentaria.

Durante el interrogatorio del día 9 en la sede Nacional de la Seguridad del Estado otras dos tentativas se sumaron a las expuestas en el párrafo anterior.

Primero: Ellos querían que yo firmase un documento con varias incoherencias sobre mi vida en el accionar opositor y en el periodístico; y que incorrectamente persiguieran una extraña vinculación con la sección de Intereses de los Estados Unidos en Cuba, en particular con algunos funcionarios actuales y pasados. Esto lo rechacé y sólo rubriqué el texto con los detalles verdaderos. También me responsabilizo con la firma de una nueva acta de confiscación, o “acta de ocupación”, dicho acorde a la semántica penal oficial según insistencia de ellos.

Segundo: Querían filmarme un video ante el cual yo leía las tres cuartillas redactadas por ellos, y nuevamente me negué. Accedí a que filmaran mi interrogatorio.

Corroboro que nada tengo que ocultar. Ejerzo el oficio de corresponsal independiente por voluntad propia y no tengo ni jefes ni subordinados. Colaboro con varios órganos de prensa, entre los que están PayoLibre, Bitácora Cubana, Misceláneas de Cuba, Radio Martí y algún que otro medio informativo y especialmente escribo desde 1999 para la página digital Cubanet, de éste el único medio que percibo una modesta ayuda monetaria. Dije.

Sin complejos de culpas, ni con aprensión moral declaro sobre cualquier actividad derivada de mi actual profesión. Empero, no descarto que de estos interrogatorios se quiera manipular o distorsionar el sentido de mis palabras en perjurio mío, las cuales sostengo y mantendré conforme a la responsabilidad íntegra de lo expresado por mí; pese a cualquier riesgo y consecuencia. Tengo la total convicción, de que tanto los objetos incautados como la labor que realizo son argucias jurídicas, tomando de referencia los valores universales de nuestra civilización moderna y de las sociedades democráticas. Ellos no son mis enemigos, son mis adversarios.

Próximo a las diez de la noche del 9 de octubre ellos dieron por concluida mi retención, porque según sus palabras textuales yo no había sido detenido. Me entregaron un salvoconducto y pude salir de Villa Marista; gravitándome un presentimiento de que mis días en la calle están contados.


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