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Marcar la diferencia

15-10-2008, Jorge Olivera Castillo

Cubamatinal/ Hugo Chávez se empeña en ser diferente. Tiene petrodólares para jugar a la geopolítica y darle a la economía venezolana un barniz de oro molido. Es el eje fundamental de una dramaturgia donde figura como el benefactor de un proyecto basado en la igualdad de clases y que recrea la organización de estilo comunal como uno de los pilares del nuevo orden.

Rechaza -de plano- las relaciones establecidas por el capitalismo moderno. Dice estar convencido de que todo eso es pura bazofia, malas herramientas para crear la felicidad y la armonía social.

Mira hacia el sistema feudal con nostalgia, le saca una copla al tribalismo indígena, lee el prefacio de las obras de Marx y Engels, le pide consejos al espíritu de Lenin, pasa revista al epistolario de Simón Bolívar, se aprende de memoria el catecismo estalinista y viene regularmente a La Habana a recibir consejos de Fidel Castro.

Chávez no pierde tiempo en su entrenamiento para llegar a ser el presidente de América Latina. Una región que anticipa como la antesala del Edén bajo su futuro mandato.

En esas historias invierte tiempo y recursos, sin tacañerías. Es su obra en proceso de gestación.

El partido único, los comités de defensa de la revolución, el control de la prensa, el centralismo democrático, las brigadas de respuesta rápida. Todo se viene conformando al calor de una voluntad -hasta ahora indoblegable- por querer llevar a término lo que no pudo su único mentor vivo, o mejor dicho, casi vivo.

Viajar a La Habana se ha hecho una rutina que aporta claras evidencias de una componenda más allá de cualquier duda.

Es el discípulo que viene con agenda, bolígrafo, oídos en plena capacidad auditiva y la lista -en orden cronológico- de las próximas visitas.

Fidel Castro va a morir sin poder ver reproducido a nivel continental el sistema político que ideó -en Cuba- con mano de hierro. En el ocaso de su vida aparece un hombre de confianza, un aprendiz de dictador, alguien permeable a su filosofía tercermundista y a su megalomanía.

No importan las diferencias de temperamento y carácter, en esencia Chávez es un heredero perseverante y sin escrúpulos. Aunque utilice tonadillas, desde el púlpito, para malhumorar a Álvaro Uribe y las más torcidas groserías contra George Bush, el huésped del Palacio de Miraflores tiene cualidades, tal vez mínimas e imprescindibles, para asumir el papel de continuador del legado del convaleciente ex-mandatario cubano.

De acuerdo a lo que se vislumbra entre líneas, Raúl Castro no comulga del todo con esta estrategia de querer sumar a la isla en esta ofensiva antiimperialista, al menos en la atmósfera que Chávez ha creado, marcada por el desafío y el tono de la guerra fría.

Las circunstancias no son propicias, mucho menos ahora con las tensiones internas exacerbadas por el devastador paso de dos potentes huracanes y también a causa de la relativa debilidad institucional en ausencia de la figura rectora del “socialismo” insular y las solapadas, pero reales e irreversibles, divergencias tanto en la élite política como en la cultural.

Hay muchas maneras de marcar la diferencia. Para lograrlo bastan la valentía y la determinación.

Quizás sea aparentemente más fácil ir a favor de la corriente chavista, como lo hace Raúl. Por esa ruta el camino puede empedrarse más de la cuenta y la patria volcarse. De nada valdrá tratar de corregir el movimiento en medio de las volteretas.

 

 


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