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Las señoronas
13-10-2008, González, Oscar Mario

Cubamatinal/ Las señoronas, en nuestro argot popular, son aquellas mujeres cuya falta de sencillez y exceso de estimación propia les hace mirar a los demás por encima del hombro. Para hablar claro: son las que se creen mejores que los demás.

En el barrio resultan bien identificables. Por lo general, se trata de mujeres de gerentes, generales, altos funcionarios del gobierno, directores de empresas y otros. Otras, por pertenecer a la alta jerarquía, viven en “zonas congeladas” y no serán objeto de nuestro análisis.

Los motivos que definen su conducta son, en lo fundamental, de tipo económico, de poder o de ambos. Son mujeres con posibilidades e influencias muy por encima del resto de sus convecinos. Gente con mucho que mostrar y otro tanto que esconder.

La mayor dificultad que confrontan en un tipo de sociedad como la cubana, viene dada por la teórica contradicción entre una conducta presuntuosa y arrogante en medio de una colectividad supuestamente cimentada en la igualdad, la modestia y la ausencia de clases “antagónicas”, para utilizar el lenguaje marxista. De aquí que adopten formas de simulaciones muy singulares, muy propias.

Entonces, la criada que tienen en casa resulta una parienta huérfana que trajeron del campo para que la “pobrecita” se abriera camino en la ciudad y se labrara una nueva vida. Los mandados de la libreta o cuota mensual de alimentos son rigurosamente comprados, aunque el destino sea la ceba de puercos de la cochiquera de un amigo o pariente que vive en las afueras de la ciudad.

Las señoronas y sus hijos no suelen mezclarse con “la plebe” y casi siempre tienen a un miembro del núcleo familiar que saca la cara por la familia, y asiste al trabajo voluntario de la cuadra o hace las colas. Cuando la citación tiene mucha fuerza de convocatoria por tratarse de “un momento crucial de la revolución”, asisten pero no se mezclan con “la canalla”, sino que buscan la presencia de gente similar, de alcurnia, ya sea el delegado de la zona o el presidente del comité. En esto hacen valer aquello de “juntos pero no revueltos”; “somos iguales pero no tan iguales”.

Cuando veo a estos personajes proyectarse del modo que lo hacen, acude a mi mente el recuerdo de aquellas que en mi barrio creían tener al diablo cogido por los cuernos, en los tiempos de mi niñez y de mi primera juventud.

El comportamiento era más o menos por el estilo. Sólo que las de antes eran menos simuladoras. Proclamaban a los cuatro vientos sus presuntuosos motivos de vanidad y superficialidad, que les hacían pensar en méritos superiores a los realmente acreditados.

No obstante, algo bien diferente distingue a la señorona de ayer de la de hoy. Aquella, se creía superior y te ignoraba de manera absoluta; para ella tú no existías. Esta, la de nuevo tipo, la de la cosecha castrista, hace como si te ignorara, como si tu no existieras, pero a través de la persiana y en perfecto silencio, observa tus pasos con sigilo.
Aunque tú creas ser indiferente para ella, sabe del saco de arroz que te entró por la puerta del pasillo lateral y de las diez cajas de azulejos que metiste en el garaje.

Sabe más de ti de lo que puedas imaginar y no lo hace por aquello de halagar y complacer la femenina curiosidad, sino para informarlo. Para cooperar con las autoridades en aras de la “tranquilidad ciudadana” y de la defensa de la “legalidad socialista”. O por el simple motivo de estar a tono con una sociedad en la que vigilar e informar es algo común, algo que forma parte de la cotidianidad.


 


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