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Ladrones de sueños
03-10-2008, Alfredo Cepero

Cubamatinal/ En el momento de escribir estas líneas el Congreso de los Estados Unidos se reúne en sesión de emergencia para analizar un proyecto de ley encaminado a poner fin a la mayor crisis económica que se cierne sobre este país desde la debacle de 1929.

El tema es tan complicado y el impacto de este desastre tan amplio y tan profundo que la mayor parte de la ciudadanía ha reaccionado con una intensidad poco frecuente en el pueblo norteamericano. Sin embargo, antes de asignar responsabilidades, se impone un poco de historia. En opinión de expertos altamente calificados, todo comenzó con la Ley de Reinversión Comunitaria firmada por el Presidente Jimmy Carter en 1977 y modificada en 1989 por Bush padre, así como por Bill Clinton en 1992 y 1995.

En esencia, esa ley se propuso facilitar la adquisición de viviendas a miembros de grupos minoritarios instruyendo a los bancos a que les proporcionaran préstamos hipotecarios ignorando en gran medida los requisitos financieros tradicionales para ciudadanos de más altos ingresos.

Sin dudas, un noble proyecto de ingeniería social pero, al mismo tiempo, un caso peligroso y deplorable de interferencia de los políticos con las leyes naturales del mercado. Y ahora el mercado nos ha pasado la cuenta con esta crisis de proporciones gigantescas que amenaza con convertirse en un problema global y con tener efectos profundos y prolongados para los Estados Unidos.

LOS CULPABLES

Los militantes de los dos grandes partidos, demócratas y republicanos, se han dado a la tarea de inculparse mutuamente, sobre todo en este momento en que las elecciones generales de noviembre decidirán el destino de este país por muchos años por venir. Pero la realidad es que, aunque hay mucha culpa para repartir, son tantos los culpables que esa culpa nunca caerá en el suelo.

Culpables son los demócratas como Jimmy Carter que sancionó la ley y Bill Clinton que nombró y mantuvo en altos cargos dentro de Fannie Mae a ladrones como Franklin Raines, Tim Howard y Jim Johnson—no por casualidad asesores actuales de la campaña de Obama—y quienes, a pesar de haber reconocido errores en los manejos de la contabilidad, fueron premiados con bonos gigantescos de 90, 20 y 28 millones de dólares respectivamente al abandonar la institución. Culpables los demócratas como Barney Frank, Christopher Dodd y Nancy Pelosi que defendieron por años en el Congreso las malos manejos de estos desalmados dentro de Fannie Mae.

Culpables son los republicanos como los dos Bush, padre e hijo. Sobre un todo un George W. quién, obsesionado con la guerra de Iraq—sin dudas necesaria pero no prioritaria—confió en un zorro para que cuidara el gallinero.

El Secretario del Tesoro, Henry Paulson, por su condición de expresidente de Goldman Sacks y sus estrechos nexos con Wall Street no era el hombre indicado para el cargo y mucho menos para ser un árbitro imparcial en este conflicto de intereses entre el norteamericano de a pie y los acaudalados jerarcas de los gigantes financieros de este país.

Aunque Paulson no haya sido el gestor, su imparcialidad es además puesta en dudas por los 80,000 millones destinados la semana pasada por el Gobierno Federal para salvar del desastre financiero al gigante asegurador American International Group donde Goldman Sacks tiene una inversión de 20,000 millones de dólares.

LOS AFECTADOS

En fecha tan reciente como el martes 30 de septiembre las encuestas de opinión arrojaban el resultado contundente y demoledor de que 3 de cada 4 ciudadanos norteamericanos se oponían al proyecto de dedicar 700,000 millones de dólares de fondos públicos para superar la crisis.

El principal motivo era el resentimiento contra lo que consideraban como los excesos y la avaricia de Wall Street. Sin embargo, más allá de las pasiones, la frustración y el miedo existe una realidad que no puede ser ignorada. Ya sea por inversiones en acciones individuales, fondos mutuos, cuentas de retiro o planes de pensión el bienestar económico del 50 por ciento del pueblo norteamericano está de una u otra forma atado a la suerte que corra Wall Street.

En este siglo XXI es muy difícil distinguir la línea que separa a Main Street de Wall Street y viceversa. Nos encontramos por lo tanto en la triste ironía pero innegable realidad de que para salvar a las víctimas tenemos que salvar a los victimarios. Nos salvamos todos o nos hundimos todos. Por eso consideramos que es importante que el proyecto de ley sea aprobado.

LAS SOLUCIONES

Como de costumbre en estos casos no han faltado eruditos y expertos ofreciendo todo tipo de consejos. Voy, sin embargo, a limitarme a las opiniones de dos individuos a quienes considero autoridades en sus respectivos campos y que coinciden en la mayor parte de sus sugerencias para superar la crisis. Me refiero a un político de la experiencia y la inteligencia de Newt Gingrich, expresidente de la Cámara de Representantes, y a Steve Forbes uno de los pocos expertos en economía y finanzas que ha propuesto una redacción inteligible e inteligente del enrevesado sistema de impuestos de los Estados Unidos.

Entre otras sugerencias, estos hombres han propuesto la flexibilización del sistema de contabilidad por el cual son tasadas estas hipotecas para que dichos activos reflejen un valor real de mercado, la concesión por el Gobierno Federal de préstamos a bajo interés a las instituciones afectadas en vez de comprar los activos a precios inflados que no reflejan su valor real, la prohibición de entregar fondos a organizaciones con agendas políticas de izquierda como Acorn y la seguridad de que ninguno de los grandes culpables de este desastre forme parte de ninguna junta de supervisión de aplicación de estos fondos. Poner a Henry Paulson, a Barney Frank o a Christopher Dodd como miembros de esa junta sería como poner a Alí Babá a cargo de la seguridad del Banco de la Reserva Federal de los Estados Unidos.

LA JUSTICIA COMO SOLUCION PERMANENTE

Finalmente, para que la solución sea permanente y nuestros hijos y nietos no tengan que enfrentar una situación similar dentro de 20 años los responsables de este desastre tienen que ser castigados en forma drástica y ejemplarizante. Estos ladrones que han convertido en pesadilla el gran sueño norteamericano para millones de familias trabajadoras tienen que pagar su delito.

El pueblo norteamericano debe exigir que los funcionarios ladrones sean juzgados ante los tribunales de justicia y que los congresistas negligentes o corruptos abandonen la presidencia de las comisiones que supervisan las operaciones de Wall Street, de Fannie Mae y de Freddie Mac. Es el castigo mínimo que merecen estos ladrones de sueños.

Porque la impunidad como norma de política criminal aplicada a los delitos financieros amenaza con erosionar drásticamente los cimientos de este prodigioso sistema de democracia capitalista. Una democracia capitalista que, para perdurar, tiene que demostrar que protege los intereses de todos los ciudadanos y que les garantiza igualdad de oportunidades de acceder a los beneficios y oportunidades de un genuino capitalismo democrático.


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