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Derecho Divino
01-10-2008, Osmar Laffita Rojas

Cubamatinal/ En el Medioevo, los papas, como vicarios de Dios en la Tierra, al momento de coronar a reyes y emperadores les otorgaban de por vida el Derecho Divino. Los monarcas adquirían automáticamente la infalibilidad junto con todos los poderes propios de su investidura. Sus vasallos le debían ciega obediencia y sometimiento.

Isabel la Católica, en uso de esos derechos, no se dio por enterada de los 100 mil herejes que el Inquisidor Torquemada convirtió en antorchas vivientes. Esta beata fanática, en unión de su hijo Carlos I y su nieto Felipe II, emprendieron la mega empresa del descubrimiento, colonización y sometimiento del Nuevo Mundo, recurriendo a los métodos más violentos, con los cuales liquidaron en un breve tiempo las civilizaciones precolombinas.

Antes de estos acontecimientos, la Reina de la España unificada, a nombre del señor todopoderoso, no sintió pena ni remordimiento y dio la orden de expulsar del suelo ibérico a miles de judíos sefardíes. Luego, desterró a la población musulmana, que había convertido en siete siglos a la región de Granada en uno de los baluartes del saber y la cultura grecolatina más avanzados que hasta ese momento existían en el mundo conocido. Con actos tan bárbaros, la nobleza isabelina sumergió a España en el atraso más espantoso.

Tampoco a la católica Catalina de Médicis le tembló la mano, ni menos aún manifestó pesar o angustia cuando autorizó a liquidar a los protestantes hugonotes. En la Noche de San Bartolomé, se calcula que 2 mil hugonotes fueron pasados a cuchillo sólo en París.

Gracias a ese derecho divino, España y Portugal estuvieron sometidas por casi cuatro décadas por las dos de las dictaduras más crueles y largas que recuerda Europa en el siglo XX: las de Francisco Franco y Antonio Oliveira de Salazar.
Pero no sólo hubo derecho divino, sino también derecho dictatorial. Los hubo marcados por un ateísmo furibundo. Ahí están las interminables pesadillas del pueblo ruso con el terror de Stalin, la locura y monstruosidad de Adolfo Hitler.
En nuestro continente, tuvimos el primitivismo despiadado y sádico del nicaragüense Anastasio Somoza y el dominicano Rafael Leónidas Trujillo.

Pero sucede que los cubanos estamos sufriendo desde l959 los terribles efectos de ese derecho dictatorial. Tal parece que se ganó en el Moncada, el Granma, la Sierra, Playa Girón, la crisis de los misiles, Angola y Etiopia, el envío de colaboradores con el dinero de los cubanos a todos los países, el Periodo Especial, el niño Elián, la alianza con Chávez y la Batalla de Ideas.

Amparado en ese derecho nada puede existir por encima de quien lo ostenta. Actualmente, las reflexiones de Fidel Castro son el mandato divino y dictatorial ante el que nadie se puede interponer. Ni Partido Comunista, ni estado ni gobierno. El pueblo no cuenta.

El ejemplo está cerca. Decidió no aceptar, sin consultar con nadie (simplemente amparado en ese derecho que adquirió hace 50 años), la ayuda que ofreció el gobierno de los Estados Unidos. De igual manera ignoró olímpicamente los esfuerzos de los exiliados para socorrer a los miles de damnificados de los ciclones que azotaron recientemente a Cuba.

El derecho dictatorial, cual derecho divino, está vigente desde Isabel la Católica hasta estos precisos momentos en que 11 millones de cubanos están atrapados por la soberbia, altanería y arrogancia de alguien que continúa gobernando sin consultar con nadie.

Tal es su prepotencia y envanecimiento, que considera que el equivocado no es él, sino todos los miles de cubanos que rechazan tan inhumana actitud.

No importan los siglos, las épocas o los contextos. Para los pueblos, incluido el cubano, nada tienen que ver los derechos divinos ni dictatoriales. En todos los tiempos, pero principalmente en este, han sido rechazados. El derecho dictatorial, como antes el derecho divino, irá a parar al basurero de la historia.


 


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