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El fantasma del éxodo cubano
01-10-2008, Daniel Shoer Roth

Cubamatinal/ Pasan los días, pero las imágenes de la devastación y el eco de los lamentos no dejan de escucharse en el Estrecho de la Florida. Para el exilio cubano, el dolor se mezcla con la impotencia y la frustración de no poder hacer nada o menos de lo que se quisiera para remediar las necesidades de los seres queridos.

Ha sido mucha la buena voluntad y la solidaridad en estos días en que las imágenes del paisaje cubano nos muestran la realidad de un país arrasado y desesperanzado. Sin embargo, poco se ha hablado sobre la posibilidad de un éxodo masivo a medida de que transcurre el tiempo sin que los damnificados vislumbren una solución a corto plazo. Ni tampoco se han mencionado las profundas consecuencias emocionales y socioeconómicos que una crisis migratoria nos traería.

Muchos cubanos en la isla, particularmente los que residen en zonas del interior muy golpeadas por la tragedia, están desesperados por las pérdidas materiales y las carencias de abastecimientos, pero ese sentimiento no parece canalizarse a través de protestas públicas que conllevarían a la represión. Por otra parte, el régimen de La Habana rehúsa recibir ayuda sin restricciones de Estados Unidos y 25 naciones europeas, a pesar de que ha reconocido ya que sus reservas no alcanzarán para restaurar daños que superan los $5,000 millones.

Pero no debe olvidarse que el tema de la protección de las fronteras marítimas tomó un giro radical después del 2002, y la amenaza de un éxodo sería percibida por Washington como un acto de guerra.

Ante esta coyuntura, el mar no ha dejado ni dejará de ser una salida para los cubanos de la isla, y para las redes de contrabandistas que están aprovechándose de la situación.

Esta semana, un cubano que trataba de llegar a la Florida en un viaje ilegal falleció por lesiones en la cabeza; aún no se ha determinado si sucedieron durante la persecución de las autoridades o en la travesía misma. Su deceso, al igual que el de otros, es un recordatorio de las peligrosas condiciones en que los trasladan, en embarcaciones sobrecargadas, los inescrupulosos criminales, que a veces también secuestran a los inmigrantes para extorsionar a sus familias. Los viajes ilegales han subido de precio: entre $10,000 y hasta $15,000 por persona. Aunque parece duro y nos duele aceptarlo, quienes financian estas actividades ilícitas son también responsables en cuanto son sus facilitadores.

En medio de este flujo sigiloso que no todos alcanzan a financiar, no puede descartarse la hipótesis de un éxodo migratorio, lo que detonaría una crisis humanitaria.

¿Está nuestra comunidad preparada, no desde el punto de vista de seguridad policial, sino del familiar y emocional, para enfrentar en estos momentos las tensiones que una crisis migratoria generaría entre cubanos y no cubanos? Y esto sin descontar las crisis que se agudizarían entre las mismas fracciones del exilio.

El problema existe y no debe tomarse a la ligera porque nos afecta a todos. Supongamos que los cubanos estén en altamar y se forme un ''muro marítimo'' del Servicio Guardacostas. Hay varios escenarios posibles. Comenzarían las presiones de los familiares en Miami para que los dejen ingresar. Los ubican en la base de Guantánamo y se crea un programa con terceros países. ¿Se pacta otro acuerdo como la política clintoniana de pies secos/pies mojados y las 20,000 visas de reunificación, o simplemente los devuelven?

En los éxodos anteriores de 1980 y 1994, los inmigrantes eventualmente arribaron al sur de la Florida; sin embargo hoy, de frente a sombríos indicadores económicos y una escasez de recursos en las agencias sociales locales, ¿podrían ser absorbidos por la comunidad? Porque mucho más complejo que el enviar ayuda es acoger a miles de personas, y hospedar al familiar en la casa de uno. Además de la dimensión doméstica, preocupa la presión que los nuevos inmigrantes ejercerían sobre los servicios sociales, el sistema educativo y las instalaciones médicas.

Mientras tanto, pasan los días y los cubanos intentan recuperarse de forma lenta y ardua, pero la destrucción de casi medio millón de viviendas y el fantasma de una hambruna ante las colosales pérdidas agrícolas resultan una carga cada vez más pesada.

Precisamente, esas son las condiciones que fomentan el tráfico humano y que podrían detonar un éxodo masivo.

En referencia a lo primero, debe prevalecer la conciencia y el respeto a la vida, por lo que es preferible acogerse a los privilegios de la reunificación legal. En cuanto a lo segundo, sólo queda orar, porque el costo aquí y allá sería enorme.

• El Nuevo Herald, 29 de septiembre


 


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