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Dos revoluciones en pugna
28-09-2008, Rafael Rojas

Cubamatinal/ El 16 de abril de 1961, cuando Fidel Castro declaró ''el carácter socialista'' de su gobierno, frente al cementerio Colón, otra revolución triunfó en Cuba: la revolución comunista. A diferencia de la que triunfó en enero del 59, esta revolución no se había producido contra, sino desde, el poder. A fines de 1960, la economía cubana comenzaba a estar en manos del Estado, los medios de comunicación también, las libertades públicas eran restringidas y casi toda la clase política respetaba un código de lealtad al máximo líder. Sólo faltaba una pieza, el partido único, que comenzaría a formarse en la primavera del 61 con la ``integración de las organizaciones revolucionarias''.

Entonces el gobierno era muy distinto al que, dos años atrás, había sucedido a Batista. La política financiera y económica estaba en manos de un comunista nuevo, el Che Guevara, el poder militar controlado por otro comunista nuevo, Raúl Castro, los sindicatos eran dirigidos por un viejo comunista, Lázaro Peña, y la política exterior era conducida por el propio Fidel Castro con un eficaz instrumento: el veterano intelectual marxista Raúl Roa García. Muy pronto, otras áreas importantes como las ORI, el INRA, la cultura y la ideología serían encabezadas, también, por comunistas profesionales: Aníbal Escalante, Carlos Rafael Rodríguez, Edith García Buchaca y Lionel Soto.

En abril de 1961, cuando Castro pronunció aquel discurso en el entierro de las víctimas de un bombardeo previo al desembarco de la Brigada 2506 por Playa Girón, ya Cuba tenía relaciones diplomáticas y comerciales con la URSS, Polonia, Checoslovaquia, Rumanía, Hungría, China, Corea del Norte y Viet Nam. Antonio Núñez Jiménez, Raúl Castro y el Che Guevara habían hecho varios viajes, desde principios del 60, por esos países y el 6 de diciembre de ese año, unos días después de que Fidel Castro declarara que ''siempre había sido marxista'', 81 partidos comunistas de todo el mundo, reunidos en Moscú, dieron la bienvenida a Cuba al campo socialista.

La transición al comunismo --''socialismo'' es el nombre diplomático-- se produjo, en esencia, entre el verano y el invierno de 1960. A partir de los primeros meses de 1961 comenzaría la construcción del nuevo régimen y su acomodo geopolítico a la confrontación con Washington. Los comunistas cubanos sabían que Estados Unidos, que había apoyado la primera revolución, tendría que oponerse a la segunda: ese diferendo era un componente básico del nuevo proyecto. Para entonces unos 1,500 cubanos, entre batistianos y opositores, habían sido fusilados y en los primeros meses del 61 varios cientos más serían ejecutados y decenas de miles encarcelados. En el verano, desatada ya la guerra civil y el exilio, y a dos años de gobierno de Fidel Castro, habían muerto más anticastristas que antibatistianos en los seis años de la dictadura.

¿Quiénes eran los opositores a ese giro comunista? En su mayoría, defensores y protagonistas de la primera revolución, la que triunfó en enero de 1959, que rechazaban el abandono de los principios liberales y democráticos de la Constitución del 40. Fusilados, como Humberto Sorí Marín y Rogelio González Corzo, encarcelados, como Húber Matos y David Salvador, exiliados, como Urrutia, Miró, Ray, Chibás, Pazos, Mederos, Agramonte, López-Fresquet o Llerena, pertenecían a la misma clase media de los nuevos gobernantes de Cuba y sostenían las ideas plasmadas en todos los programas y pactos de la insurrección contra Batista. La ''contrarrevolución'' no era más que una resistencia de la primera contra la segunda revolución.

Toda revolución comunista atiza el conflicto de clases desde el poder. Pero, ¿eran esos políticos simples representantes de la burguesía cubana? ¿No habían sido todos ellos partidarios de la reforma agraria, de la erradicación del latifundio y el monocultivo, de la alfabetización, de la recuperación de bienes malversados, del castigo a los criminales, de la ampliación de la seguridad social y de la nacionalización, incluso, de algunas compañías norteamericanas? Si ese era el programa de la burguesía, entonces la vieja historiografía marxista tenía razón: la del Moncada, el Granma y la Sierra fue una revolución burguesa.

Uno de enero de 1959 y 16 de abril de 1961 no son efemérides políticamente asimilables. Durante medio siglo la historia oficial ha intentado resolver la dramática discontinuidad entre el primero y el segundo proyecto nacional. La tesis de que no hubo dos, sino una y la misma revolución, ya no desde 1959 o 1953, ¡sino desde 1868!, se estableció como un mito central de la simbología totalitaria en Cuba. Muchos intelectuales ''socialistas'', como sabemos, contribuyeron y aún contribuyen al afianzamiento de ese mito, a pesar de que sea una burda negación de cualquier modalidad del materialismo histórico. Poco importa la congruencia intelectual cuando se trata de legitimar un orden totalitario.

Pero la historiografía marxista, con el maniqueísmo de clases, tampoco logró explicar plenamente la ruptura de 1961. Con su desinterés por las instituciones y los sujetos políticos, el marxismo fue incapaz de valorar el carácter republicano y democrático de la primera revolución. El comunismo no fue, como argumentó esa historiografía, una demanda popular, de obreros, campesinos o soldados, ni una respuesta al ataque imperialista: fue la decisión inconsulta de un pequeño grupo de nuevos y viejos comunistas. Los viejos, por lo menos, fueron congruentes y nunca negaron la ruptura. Los nuevos, en cambio, provenientes en su mayoría de la tradición populista, camuflaron el comunismo bajo símbolos democráticos.

www.elnuevoherald.com


 


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