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Ciclón social y político en Cuba
24-09-2008, García, Fernando

Cubamatinal/ Dos habaneros discuten a gritos en plena avenida del Malecón, en el barrio de Centro Habana. Uno es responsable del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) en la zona y el otro, delegado municipal del poder popular o concejal. Al día siguiente, en el mismo punto, otra bronca enfrenta a un alto cargo del PC con un hombre que acaba siendo brevemente detenido por la Policía Nacional Revolucionaria.

El tema de las dos disputas es el derrumbamiento que un par de días antes ha matado al vecino Pedro Pablo Gutiérrez, de 55 años, casado y con dos hijos. El Granma ha dicho que el accidente se debió a una imprudencia de la víctima, que no aguardó la autorización para regresar al edificio tras su desalojo completo.

Los vecinos, arracimados junto a sus muebles y enseres en un soportal cercano, aclaran con vehemencia que llevaban meses avisando a la autoridad del peligro de ruina de sus casas. Son unos cien y estos días duermen en distintos albergues mientras esperan el realojo definitivo.

Los derrumbes en Centro Habana y La Habana Vieja han destruido 153 viviendas: una ínfima parte de las casi 500.000 derruidas en el conjunto del país.

Los ánimos en el Malecón se serenan poco a poco, pero a costa de haber caído al piso (por los suelos). Y la bulla sigue por toda la ciudad. A mediodía del viernes nos subimos a un taxi comunal, un almendrón de los años cincuenta. Los pasajeros están despachándose a gusto y no se cortan al ver entrar a un extraño. "Si a mí se me cae la casa como a los de Pinar (del Río), cojo las tablas, me hago una balsa y me voy", exclama uno. "¡Esto va a ser como en el 94!", replica otro en alusión a la huida masiva hacia las costas de Florida ocurrida hace catorce años y bautizada como maleconazo.

Anuncios de fuga a voz en cuello, vaticinios apocalípticos ante un extranjero o discusiones subidas de tono y en plena calle entre vecinos y jefes habrían resultado insólitas hace unas semanas. Pero de unos días a esta parte la capital cubana es un hervidero de quejas y lamentos. No ya por los destrozos directos del Gustav y el Ike,sino por las estanterías vacías y los abusos en los precios; por la escasez de productos y esperanza. El Gobierno intenta capear el temporal y el viernes logró calmar al personal tras rumores sorprendentemente precisos de fuertes subidas en el aceite, la cerveza y los jabones. El desmentido de un viceministro devolvió de pronto la paz -veremos por cuánto tiempo- a una ciudadanía que parecía a punto de estallar.

Pero la situación sigue siendo complicada. Porque nada es igual en Cuba tras el paso de los huracanes. Ni el paisaje, ni la vida ni la esperanza. Ni la situación económica ni el panorama político. Todo cambia, pero algunas reformas se frenan y otras se aceleran.

Al visitar las zonas arrasadas, Raúl Castro confirmó el plan de ajustar los salarios a la productividad y eliminar la doble moneda: un cáncer para la maltrecha economía cubana, que con los ciclones ha perdido el equivalente a más del 10% de su PIB. Pero el presidente lo fio todo para largo; a "cuatro o cinco años" en el caso de la unificación monetaria.

La descentralización institucional y burocrática que Raúl preparaba queda detenida porque "el desastre requiere recentralizar la gestión", apunta el politólogo cubano Rafael Hernández.

El Ejecutivo ha agilizado el reparto de tierras baldías a particulares. Urge producir alimentos en un país que utiliza menos de la mitad de la superficie cultivable, importa el 84% de lo que come y tiene problemas para pagar.

De otros cambios sugeridos antes del verano, como los que afectarían a las posibilidades de viajar o de comprar y vender casas y coches, ni se oye hablar. "La gente está en otra cosa. Está en el arreglo de la vivienda o de la luz. O en acopiar comida por si acaso", decía ayer un ama de casa.

Algunos economistas creen que el desastre obligará a Raúl a reabrir la economía a la iniciativa privada y la inversión extranjera. De momento, no hay síntomas. Sí los hay de una intensificación de la lucha contra la corrupción y el robo. Fidel Castro lo ordenó el sábado. Es una lucha difícil: los chanchullos están en todas partes y alcanzan a todos los niveles.

Todo ha cambiado en Cuba, no para bien. Los Castro intentarán hacer de la necesidad virtud. Se juegan algo más que el ya próximo 50.º aniversario de la revolución (1/I/2009). Se juegan el futuro mismo de la revolución.

Los Castro comparten el timón
Fidel Castro siempre fue ciclónico. En más de un sentido, pero sobre todo por su costumbre de dirigir a pie de huracán tareas de evacuación y hasta rescates. Antes de caer enfermo en julio del 2006, el líder revolucionario solía planificar en vivo y en directo los operativos, siempre en función de las indicaciones que el hombre del tiempo cubano, el doctor José Rubiera, iba dando ante el mapa en el plató de televisión.

La enfermedad y la renuncia a los cargos ejecutivos en favor de su hermano Raúl hacían imposible que Fidel repitiera aquellas escenas cuando el Gustav y el Ike arrasaron la isla. Pero el ex presidente hizo lo que pudo a través de sus reflexiones. Entre el primer huracán y el segundo, que amenazaba con barrer la isla como de hecho hizo, el comandante en jefe llegó a declarar la "alarma de combate".

Mientras Raúl se mantenía en un segundo plano, el mayor de los Castro se explayaba en valoraciones de daños y consideraciones sobre cómo afrontarlos. Sólo unos días después de que el Ike hubiera abandonado la isla, Raúl salió en televisión. Las imágenes le mostraron hablando con la gente para darle ánimos y esperanza, aunque pidiendo una vez más paciencia y trabajo. También conversó con periodistas, pero brevemente.

El nuevo jefe del Gobierno cubano había optado por enviar a las zonas amenazadas, antes de que los ciclones llegaran, a tres hombres de su máxima confianza: José Ramón Machado Ventura, Esteban Lazo y Carlos Lazo. Era una muestra más de su preferencia por la gestión colegiada. El también general del ejército introdujo otra importante novedad en las actuaciones contra los huracanes: dejó a oficiales y soldados en las zonas afectadas para que, tras haber dirigido la defensa civil como siempre, encabezaran también las labores de desescombro y reconstrucción que antes hacían sólo los trabajadores de servicios comunitarios y la gente.

Mientras, Fidel no dejó de publicar reflexiones e incluso intensificó su ritmo en los últimos días. Las ofertas de ayuda de Washington, a su juicio "hipócritas" y tramposas, y la necesidad de aplicar mano dura contra los que roban, se corrompen o abusan de privilegios, fueron los temas de los últimos textos.

Lo dicho y hecho por uno y otro durante y después del paso de los ciclones evidencia el reparto de papeles de los hermanos Castro al frente del Gobierno. El líder histórico sigue ejerciendo como guía y referente moral, pero también manda y hace valer su cargo de jefe del Partido, que aún conserva. Raúl encabeza el Ejecutivo como un jefe de un equipo que es a la vez un Gobierno, un Estado Mayor y la dirección de un partido único; la gestión diaria de los aparatos políticos y la economía corren por su cuenta. Fidel señala el rumbo. Raúl traza la ruta. Ambos sujetan el timón.


• La Vanguardia.es


 


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