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La sociedad y el ciclón
20-09-2008, Hurtado, Rogelio Fabio

Cubamatinal/ SDP/ En mi niñez habanera, el Ciclón nunca acabó de llegar. Año tras año, al llegar la temporada, Angelito, mi tía Beba y yo nos disponíamos a escuchar los partes del Capitán de Corbeta Millás y los del jesuita padre Goberna, desde sus respectivos Observatorios, en Casablanca y la Escuela de Belén. Tan pronto anunciaban la presencia de una Perturbación, nuestra ansiedad se extendía a los mapitas que traían los periódicos a diario en la primera plana. Al menos en dos ocasiones, los mayores llegaron al ajetreo de tablas y martillos, para asegurar puertas y ventanas, pero el esperado Ciclón no llegó.

Hoy, las cosas son muy diferentes. Los avisos de tormenta tropical o de huracán son muy detallados y prácticamente excluyen cualquier duda: si Rubiera, el meteorólogo oficial dice que viene, pues viene. La actitud de las personas también ha cambiado considerablemente. Se echa de menos el estrépito de los martillazos. Muy poca gente escala sus azoteas para limpiarlas. Ni siquiera quienes tienen tanques para reservar agua en ellos. Básicamente, presenciamos el espectáculo mediante la TV, que suspende su programación habitual para ponerse en función del huracán. Así, hasta que su proximidad aconseja a los dirigentes del Consejo de Defensa Provincial suprimir el fluido eléctrico.

Mientras esto no ocurre, vemos imágenes de numerosas reuniones de gente vestida de verde olivo. Ya apenas se ve a alguien modestamente uniformado de miliciano. Todos escuchan cariacontecidos la exposición que corre a cargo del designado. Mientras, la voz del locutor en off nos entera de una mínima información descriptiva, pues jamás se nos somete a escuchar en vivo lo que realmente se dice. Esto se alterna con visiones amplias del gran número de pobladores albergados. Se ofrece el micrófono con carácter eventual a una de estas personas, para que nos entere de lo agradecido que se siente por haber sido sacado del sitio inseguro donde vive.

Después, ya en la etapa pos ciclónica es que podemos ponernos al día en cuanto a las imágenes. Las del Gustav, en Pinar del Río, tomadas desde helicópteros militares, fueron impresionantes, como si una manada de elefantes enloquecidos se hubiese desbocado por encima de las humildes viviendas. Las entrevistas colectivas a damnificados, que no pueden sino esperarlo absolutamente todo de los dirigentes del Estado, a quienes vitorean patéticamente. Las reuniones del personal uniformado se reiteran, ahora con fines de recuperación.

La prensa se concentra en la misma temática, en franca desventaja ante las imágenes vivas de la TV. Se enfatiza en la protección a la vida, pero se omite cualquier alusión al pésimo estado constructivo de la mayoría de las viviendas, a cuyos propietarios no se les vende, en condiciones normales, ningún artículo apropiado para asegurar su mantenimiento. Una emisión radial nos entera de que en el puerto de Nuevitas se mojaron varios miles de sacos de cemento y que el alto dirigente a cargo de la reconstrucción de los daños orientó vendérselos a la población, como una medida de emergencia, pues de no haberse deteriorado, no es política estatal facilitar esos medios a los particulares. Por otra parte, ante las cantidades de matas de plátano arruinadas por los ciclones, una vecina mía se preguntaba dónde se esconderían todos esos plátanos de no haber sido destruidos, pues segura está que no se venderán en el puesto de la esquina.

Como ha ocurrido ya en los últimos eventos, el Gobierno de los Estados Unidos reacciona ofreciendo ayuda humanitaria, condicionada a la previa inspección y evaluación de daños por parte de una comisión norteamericana. El Gobierno cubano ha respondido como es habitual, negándose a la previa verificación, que considera innecesaria, pero esta vez ha sido más explícito, pues ha solicitado que se les permita adquirir en ese país materiales de construcción y alimentos mediante créditos financieros privados. Ojalá ambas administraciones prioricen los intereses de los cientos de miles de personas imperiosamente necesitadas.

Es de esperar que tanto las denominaciones cristianas como las comunidades de cubanos en la populosa Diáspora, estén ya entregados a la recolección de toda la ayuda posible para socorrer a sus hermanos en esta hora de penuria nacional. Que la generosidad prevalezca por encima de cualquier consideración política. Es una ocasión triste pero también preciosa para que la fraternidad entre cubanos la convierta en el principio de una nueva época para Cuba.


 


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