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Nuestra madre común
14-09-2008, González, Oscar Mario

Cubamatinal/ El concepto “patria” está unido a símbolos identificativos cuya ritualidad forma parte de la liturgia de cada pueblo y nación como elemento cultural de primera magnitud. Así como los cubanos tenemos la bandera y el himno nacionales, entre otros modos de reconocernos, nos ha unido por espacio de cuatro siglos un símbolo muy especial, una madre común: La Virgen de la Caridad del Cobre.

Bajo los cielos de otras regiones del mundo la madre del Nazareno se ha presentado bajo distintos nombres, frecuentemente identificados con la denominación geográfica del lugar. Sólo bajo esta tierra de sol ardiente y cielo siempre azul se proclamó como reina del amor, cuando exclamó ante la mirada atónita de los cuatro pescadores: “Yo soy la Virgen de la Caridad”.

Mas como el término “caridad”, cristianamente hablando, significa amor, nuestra patria tiene la dicha de contar con la protección amorosa de la madre del cielo. Pero no de ese amor habitual que cubre con su manto al amigo o que retribuye al semejante en gesto de reciprocidad, sino otro, diferente, más amplio y sin fronteras. El de la piedad cristiana que nos convoca al perdón y a amar al enemigo; aún al que nos ofende y agrede; algo, aparentemente fuera de las humanas posibilidades pero que se hace realidad con el concurso de la voluntad divina.

Y tan evidente y real es la caridad que de ella emana que los cubanos se han postrado a sus pies para bendecirle en los duros avatares de la vida, cuando todos los caminos se obstruyen y todas las ventanas se cierran. En esos percances del destino cuando las posibilidades se agotan y tolo lo humano se torna estéril e inútil. Es entonces que su nombre se invoca y la invocación llega y conmueve su pecho. En semejantes momentos lo imposible se torna realidad.

Es así como a su vera descansan joyas de gran valor ofrendadas por personalidades famosas del arte, la cultura, las ciencias y las letras de todas las épocas. También muestras de fe y agradecimiento durante este último medio siglo transcurrido en que sólo ella parece haber quebrado el estado de resquemor y paranoia inducidos por el totalitarismo. Carnés del Partido Comunista de Cuba, uniformes y brazaletes del 26 de Julio, grados pertenecientes a oficiales miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, reliquias de tripulaciones de barcos de la Marina Mercante Revolucionaria así como cartas de presos políticos y otras ofrendas que harían interminable la lista.

Baste decir que el célebre escritor norteamericano, Ernest Hemingway, no entregó su diploma del Premio Nóbel, como gesto de gratitud hacia Cuba, a ninguna autoridad gubernamental o institución del estado. Fue a la Virgen de la Caridad del Cobre que ofrendó tan alto distintivo. No habiendo sido un hombre religioso, es fácil suponer que vio en ella la más fiel representación del pueblo cubano.

En las actuales circunstancias la evocación de nuestra Virgen de la Caridad, en su fiesta que tiene lugar cada 8 de septiembre, adquiere una relevancia especial. Estos últimos cincuenta años han sido los más desdichados de nuestra historia. Nunca antes la familia cubana estuvo tan dividida y fraccionada. Nunca el cubano se vio más desarraigado y despersonalizado ni su autoestima se vio mas lesionada. Jamás en su historia Cuba padeció una crisis semejante de falta de fe y esperanza en la nación y sus valores. A tal extremo llega el desaliento y la tristeza del cubano; a tal grado llega su desconfianza e incredulidad, que sólo la inspiración hacia la Virgen le motiva y renueva.

Sólo la que impidió el naufragio seguro de los tres tripulantes puede sacar a la patria del atolladero en que se encuentra. Sólo una voluntad sobrenatural como la suya puede impedir que la nave de la patria se hunda en el mar turbulento en que la tiene sumida la terquedad totalitaria. Seguro lo hará pues su palabra no es de antes ni de ahora sino de todos los tiempos. Seguramente sabrá convocar a los hijos de esta tierra para decirles como antes dijo a los humildes navegantes de Nipe: ‘Yo soy la Virgen de la Caridad”. Vuestra madre común. La madre de todos los cubanos.


 


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