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El Poder de los Sin Poder.
A Marta Beatriz Roque Cabello.

22-10-2006, José Vilasuso

La Sociedad Civil se abre paso en la República de Cuba desde el cabo de San Antonio hasta la punta de Maisí. Es noticia comprobada que crecientes conglomerados humanos proceden como si de veras fuésemos una sociedad regular dirigida por cerebros normales, cuyas antenas detectan las piedras del camino y saben tomar las avenidas pertinentes para un pueblo de avanzada. La iniciativa de repartir copias de La Declaración Universal de los Derechos Humanos acompañadas de una flor, es bonita estrategia de precursores que detentan un liderato certero en sus miras, que saben a dónde van, y han entrado al siglo XXI con meridiano acomodo a las cambiantes coordenadas planetarias.

“El poder de los sin poder” como los registra Vaclav Havel, es el peso de quienes al proclamar la verdad, poder irrevocable, esclarecedor e invencible, se ciñen la corona de laurel; los tanques de guerra nada pueden en su contra. La palabra justa y veraz penetra todas las costras doctrinarias y desglosa los egoísmos más engarrotados. Un policía nada hará cuando con buenos modales y respetuosamente se le haga ver el grosor de los padecimientos y carencias callejeras. Expongámosle nuestro criterio con objetividad y firmeza. Hablando se entiende la gente y los uniformados son gente. Ellos ven la calle caliente y sabrán catalizar. A la larga se sentirán parte del llamado “pueblo”, no pertenecen a otra estirpe. Una estirpe cuyo verdadero cauce hacia soluciones viables es la sociedad civil.

Al margen de lo precedente. No existe afirmación alguna más lamentable por desacertada e injusta que, catalogar de enemigos a los disidentes cubanos.

Lejos de esto. Las tareas de la oposición pacífica vertebran un engrane constructivo y cooperador efectivo para amojonar la marcha de nuestro país por senderos transparentes y realistas. Los disidentes de Cuba, como ayer los europeos del Este, no buscan desestabilizar al gobierno. No por simpatías o afinidad; sino debido a que sus inquietudes y metas son de otro tejido. Ellos detectaron en vena abierta, las consecuencias de los cambios radicales operados desde 1959 y cuyas secuelas dolorosas hoy se padecen palmariamente. El fallo no se repetirá.

En su lugar, el término imbricado de sociedad civil, provee un concepto más abarcador que el anterior. Por sus constituyentes tan disímiles y heterogeneidad del contexto, la misma se aleja diametralmente de todo partidismo, afán subversivo y de oposición. Dado que conforme a los testimonios de la Europa Central, el nervio intrínseco de la sociedad civil, es en buena medida apolítico; Gyorgy Konrad, lo afirma con pleno conocimiento de causa. Sólo se aspira al desenvolvimiento legal de sus labores tanto rayando el día, como al caer la tarde: ya sean ellas profesionales, de subsistencia, comunitarias, económicas, religiosas, ecológicas, culturales, entretenimiento, caritativas y todas las concebibles a ras de tierra, mar y aire.

Cada célula renovada funciona como raíz pensante, ajena al gobierno. Lo que no significa que no pague sus impuestos o incumpla los deberes en la oficina o taller. Pero donde no fallará es en obedecer ciegamente o por temor, a directrices oficiales que no son de su incumbencia. O peor, perjudiciales al propio estado. Por ejemplo, malgastar horas de trabajo y energía vituperando y azuzando bajas pasiones por calles y avenidas, concurriendo a tediosas reuniones burocráticas, o atracándose de monsergas ideológicas en las que ni el locutor cree. Esa degradación, ese taraceo servil no será seguido por ningún ciudadano que se respete. En Occidente están más desprestigiadas cada día. La persona pensante no mimetiza sus gesticulaciones para decir, o querer decir, o hacer que digan, que dijo que donde dije: dije, dije Diego. Toda cacofonía, retruécano y entredicho al estilo Silvio Rodríguez, ya ha sido sobrepasada por una conducta consecuente consigo misma y sin más.

Desde luego, debido a ello, es que nuestro hincapié en la responsabilidad individual, podrá tildarse de adverso para el gobierno. Pero Ay caramba, reitero, nada más infundado; midamos la consistencia de nuestros argumentos. Ponemos de ejemplo, la Operación Liborio que distribuye gratis considerables remesas de medicamentos prácticamente en las catorce provincias. Operación Liborio desafía la cacareada campaña oficial tocante a la medicina con cierto eco en el exterior, pues se sabe que la carencia de dólares, echa por tierra las posibilidades de adquirir fármacos para la mayoría de los cubanos.

Por consiguiente, impedirle a los más pobres recibir ayuda tal, ahondaría la distancia y descontento popular, contribuyendo a que los más alerta busquen alternativas realistas para sus escaceses. Claro que, por paradoja, la tolerancia de Operación Liborio conlleva ese mentís al pregón oficialista parcialmente engañoso que, de tal suerte, se esclarece poco a poco. El precio a pagar es alto; lo reconocemos. ¿Qué hacer pues? Muy sencillo. El mal menor. Dejar que Operación Liborio prosiga su admirable labor cristiana que, de hecho, hace menos desesperante el diario bregar por la subsistencia de nuestros compatriotas intramuros, sin importar la ideología. Así ganamos todos. No creo que haya criterio alguno, por parcializado que esté, capaz de objetar las ventajas obtenidas con la permanencia activa de esta rama de la sociedad civil. Ejemplos de tal madera, clarifican el fundamento cabal de las moléculas del cuerpo social vivo en cualquier estado moderno. Llámese democrático, anarquista, marxistoide o fundamentalista musulmán. Díganlo en voz alta los camaradas - capitalistas chinos, tan sonrientes y pletóricos después de Jiang Zemin.

No en balde, Adam Muchnik se refiere, incidentalmente, a la ayuda práctica que la sociedad civil prestaba al régimen del general Jaruzelski por los años ochenta, cuando el desaliento, inercia y desacato se generalizaban en Polonia. Sin lugar a dudas, el mejor servicio que también hoy se le puede proporcionar al hierático estado cubano para lograr el arranque comunitario que, a su tiempo lo empareje con el nuevo siglo, es el desarrollo sostenido de la sociedad civil. Poner en marcha los elementos sanos y emergentes idóneos para esa normalización del quehacer cotidiano, es el puntal que aguarda por el carril más prometedor e irrevocable. Basta comprobar la dinámica de los pequeños empresarios privados del agro y la ciudad, habilidad de los trapicheros, pericia profesional y la inventiva pujante que se derrocha cuando el estado cede un mínimo de su omnipotencia ineficaz. Qué distinto funciona cualquier centro de trabajo en manos libres buscando su justo incentivo, que la marmota estatal arrastrada por soñolientos y corruptos funcionarios. Qué diferencia entre el gerente de sana ambición, - con sus defectos, - pero capaz de echar para adelante una fábrica regida por la ley, y el ideólogo omnipotente, inmerso en la teoría y malgastando recursos a tutiplén.

Pero de demorarse la expansión plena de este proceso refrescante y sin tapujos. Ninguna dialéctica podrá impedir que se ahonden las brechas de la coyuntura actual que separan radicalmente al oficialismo, de la ciudadanía. Entonces se desembocará en el total señorío del estado sedentario puro. La nación de los zombies. Modalidad del socialismo póstumo a que apuntaban las repúblicas populares centroeuropeas, previo a sus reavivamientos aperturistas de 1989.

Aquéllas allá se impusieron. Acá – cual despertar de una pesadilla – también se impondrán y pronto.

 


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