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Georgia y las furias de Moscú
28-08-2008, Juan F. Benemelis

Cubamatinal/ Por qué es tan simplista (blanco y negro) la información que los medios internacionales de prensa difunden sobre lo que acontece en Georgia y la presencia militar rusa allí.La razón estriba en que quizás sea la región más difícil y compleja de analizar en términos políticos, por la cantidad de factores que, de manera entrelazada, influyen y se mueven alrededor de cualquiera de sus conflictos, y que requiere un conocimiento muy especializado de la región.

No se puede opinar sobre el intento secesionista de Osetia de no conocerse todos los separatismos que existen en Georgia. Igualmente, no se puede entender el fenómeno de Georgia, de no interpretarse todo el dilema étnico del Cáucaso. También, no puede explicarse Osetia, Georgia y todo el dilema étnico del Cáucaso sin analizar la política rusa hacia la región. Nuevamente, no se puede comprender la política rusa hacia el dilema étnico del Cáucaso sin introducir el factor del petróleo y los oleoductos del Cáucaso y el Asia Central, las rivalidades con Turquía, la política hacia Irán y la geo-política y geo-economía norteamericana hacia esa comarca.

Mucho más confusas que las divisiones étnicas en la antigua Yugoslavia o en el Medio Oriente son las del Cáucaso, donde el problema étnico es el más enrevesado. Allí coexisten tres países independientes (Armenia, Georgia y Azerbaiján) con 22 millones de habitantes, pero con más de 100 etnias, sumergidas en disputas religiosas o territoriales. Es un entorno que ha escenificado una docena de conflictos bélicos y embarazosas "limpiezas étnicas". Al igual que las otras regiones secesionistas de Georgia, como Abjazia y Osetia del Sur, se encuentra el territorio de Ajaria que ha atravesado la regencia de un criminal, Aslán Abashidze. Otras comunidades musulmanas del Cáucaso son los chechenios (Chechenia), los ingustanos (Ingustán) y los dagestanios (Dagestán), lugares que sobreviven por el tráfico de narcóticos.

Georgia es un pequeño país de 6 millones de habitantes, pero es el más dividido desde el punto de vista étnico en todo el Cáucaso, con una historia compleja y sangrienta y con tres lenguas oficiales (georgiano, mingreliano y el esván de los montañeses). Georgia es un mini-imperio de etnias dispares y regiones secesionadas. Los georgianos étnicos se han conservado intactos lingüística y culturalmente por milenios, en uno de esos raros casos de preservación museológica. Pero los georgianos han sido quienes han regido a Georgia, caso parecido a los sunnitas en el Irak.

 

En siete décadas como parte de la Unión Soviética, Georgia logró mantener cierta independencia cultural y su nacionalismo continuó como un mecanismo de importancia que, en ocasiones, alteraba sus relaciones con los moscovitas. En términos económicos y políticos, sin embargo, Georgia estaba integrada al sistema soviético. Tras la declaración de su independencia en 1918, los bolcheviques georgianos se lanzaron a una campaña militar contra sus rivales mencheviques encabezados por Noe Zordiana, hasta que en 1921 el Ejército Rojo invadió el territorio y les obligó a huir. Los georgianos, al igual que los bálticos, denunciaron como ilegal la "conquista soviética" y, además, sufrieron las tensiones étnicas con los georgianos cristianos y los azerbaijanos musulmanes.

Hasta 1936 Georgia formó parte de la República Federativa Soviética de la Transcaucasia, que en ese año se dividió en las repúblicas independientes de Armenia, Azerbaiján y Georgia. Tras la muerte de Stalin en 1953 el nacionalismo georgiano revivió su confrontación contra los dictados centralizadores de Moscú. La descentralización económica jruschoviana fue aprovechada por los comunistas georgianos para crear toda una industria ilegal que trajo una corrupción rampante, obligando al PCUS en 1972 a nominar al KGB georgiano Eduard Shevardnadze como primer secretario del partido. En la era de Leonid Brezhnev, Shevardnadze se bandeó entre las demandas centralizadoras de Moscú y el creciente deseo georgiano por la autonomía nacional. En 1989, los georgianos realizaron demostraciones contra los separatistas norteños de Abjazia. El sentimiento separatista georgiano se acrecentó después del brutal aplastamiento con armas tóxicas de las demostraciones nacionalistas en Tbilisi. Los nacionalistas radicales, a lo Aviad Gamsajurdia, fueron los principales beneficiados.

El sistema electoral elaborado por un aparatchik de la vieja guardia, Jumber Patiashvili, en agosto de 1990 propició la primera elección multipartidista de la Unión Soviética. La elección rechazó a los comunistas y le dio un mandato popular al bloque de la Mesa Redonda/Georgia Libre que apoyaba a Gamsajurdia, “el Havel del Cáucaso”, lleno de mesianismo megalomaníaco y de infalibilidad. Rodeado de guardaespaldas y perros guardianes, encarcelando a sus ex compañeros nacionalistas, y apoyado por la etnia Mingrelia, el ex disidente Gamsajurdia se transformó en un autócrata temperamental, alimentó el odio étnico y su régimen se constituyó en una hidra de grupos gangsteriles. Su ministro de defensa, Tengiz Kitovani, era un vulgar delincuente y su jefe militar Dzhaba Yoseliani un ladrón de bancos convicto. A la vez, su consejero principal era el líder chechenio Zojar Dudaiev, otro señor de la guerra que en 1994 encabezó la contienda bélica en Chechenia contra los rusos que duró dos años y costó 40,000 muertos.

Tras el colapso soviético Georgia rehusó participar en la formación de la Comunidad de Estados Independientes. Su primer ministro, Tengiz Sigua, renunció prontamente, pues Gamsajurdia gobernaba a Georgia como si fuese su posesión privada. El Consejo Militar que sucedió a Gamsajurdia estaba integrado por el general Kitovani, el ex premier Tengis Sigua y el líder político Jaba Joseliani. El Consejo decidió invitar en marzo de 1992 al viejo jefe de la policía secreta, bonzo del PCUS y ex canciller soviético, Eduard Sheverdnadze, para que se hiciese cargo del país probando la ventaja del realismo por sobre el idealismo.

Si bien Georgia es una entidad tribal muy vieja, sin embargo no posee identidad como un Estado moderno. Al final, un Estado federal no muy fuerte es lo que ha primado, ante los constantes conflictos autonómicos con Abjazia y Osetia del Sur. A fines de 1991, Georgia se envolvió en una violenta guerra civil que destruía sus ciudades e imposibilitaba los desplazamientos internos arruinando la economía. La guerra civil, más que política, fue batalla entre facciones políticas mafiosas rivales por controlar el territorio, demostrando cuán poco la guerra civil tenía que ver con las ideas y cuanto con las aspiraciones y ambiciones de las personalidades envueltas y las lealtades regionales y lingüísticas.

En Georgia la política no ha sido lo racional que se concibe en Occidente, sino ha descansado en la manipulación de lo irracional. En el Cáucaso uno puede ser optimista en las capitales, pero en las provincias se confronta con la cruda realidad del clientelismo y del factor étnico. La designación de los funcionarios estatales adquirió una visible connotación étnica. Por ejemplo, los prefectos escogidos por el gobierno de Gamsajurdia eran georgianos, a los que se les encomendaba la administración local en zonas de mayoría de población no georgiana.

El 2 de noviembre del 2002, el presidente Shevardnadze, anunció su renuncia luego de una fuerte presión de Occidente a través de los líderes de la oposición, Mijail Saakashvili y Zurab Ivania, en la cual participó como mediador el canciller ruso Igor Ivanov. Su dimisión fue el desenlace de varias semanas de protestas. Shevardnadze fue reemplazado por el líder del Parlamento, Nino Burdjanadze, y el país se acercaría más hacia Occidente, transformándose en un corredor para las compañías petroleras occidentales.

Abjazia y Osetia

La disolución del imperio ruso en 1917 llevó a la declaración de la independencia de Georgia en mayo de 1918. Tras el establecimiento del poder soviético en la región transcaucásica, Abjazia fue declarada una República Socialista Soviética independiente en marzo de 1921, federada a Georgia y en 1931 se transformó en una república autónoma. Durante todo el período soviético la élite política de Abjazia no se hallaba satisfecha con su dependencia a las decisiones políticas, administrativas y económicas de Georgia. En 1989 tuvo lugar un movimiento separatista abjaziano propulsado por el mal manejo de las autoridades georgianas y por el estado de emergencia que allí se estableció. La expulsión del presidente georgiano Gamsajurdia, a principios de 1992, fue el catalítico para la causa separatista de Abjazia. Vladislav Ardzinba, el presidente del Soviet Supremo de Abjazia, proclamó la independencia de facto de la república, anulando las leyes georgianas y poniendo bajo jurisdicción local todas las empresas y organizaciones estatales. En julio de ese año se aprobó una constitución.

El gobierno georgiano envió de inmediato tropas ocupando las principales ciudades de Abjazia, incluyendo a Sujumi, su capital. Pero el asalto militar georgiano se estancó y en los años subsiguientes los rebeldes abjazianos recibieron asistencia militar y política de las etnias del Cáucaso y de ciertas unidades militares rusas, permitiéndoles recuperar el terreno perdido.

Producto de esta contraofensiva, alrededor de 240,000 georgianos abandonaron el territorio de Abjazia. El presidente ruso Boris Yeltsin se mostró favorable a la integridad territorial de Georgia, pero la Duma aprobaba el separatismo de Abjazia, utilizándolo como herramienta de presión para que Georgia se uniese a la Comunidad de Estados Independientes y aceptara la permanencia militar rusa en su territorio. Rusia, además, temía que el separatismo abjaziano le cerrase una vía importante al Mar Negro.

En agosto de 1992 Moscú negoció un cese al fuego entre ambas partes, mientras el líder opositor ruso, Serguéi Babuin abogaba por el apoyo total a la independencia de Abjazia. Yeltsin decidió invitar al georgiano Shevardnadze y al abjaziano Vladislav Arbindza a una reunión en Moscú en septiembre. Allí hizo patente su decisión de favorecer la preservación de un estado unitario georgiano y su negativa a apoyar al separatismo abjaziano. El acuerdo tripartito decidió restaurar la seguridad en una región de vital interés para Rusia. Pero días después, la Duma adoptó varias resoluciones condenando el uso de la violencia por parte de Georgia y demandando la inmediata evacuación militar de Abjazia. En adición se pidió al gobierno de Yeltsin que suspendiese de inmediato las transferencias de armas a Georgia, repudiándose el acuerdo tripartito.

En octubre de 1992 los abjazianos lanzaron una ofensiva que abiertamente violaba el cese al fuego, aupado por los jefes rusos de las guarniciones locales, para desmayo de Shevardnadze. En 1993, cuando Occidente estaba preocupado con el diferendo en Bosnia, en Abjazia tenía lugar una rebelión separatista que enfrentaba a tropas regulares georgianas apoyada por los rusos y a milicias abjazianas, conflicto que causó 10,000 muertes y la expulsión de 200,000 georgianos de ese territorio. El ejército georgiano se hallaba al borde de la derrota y los abjazianos se hallaban en plena "limpieza étnica". Después que los separatistas abjazianos derrotaron militarmente al ejército georgiano, Shevardnadze trató de prevenir por todos los medios que esta victoria se transformase en independencia política, y aceptó integrar la Comunidad de Estados Independientes.

El gobierno georgiano responsabilizó a Rusia de intervenir a favor de Abjazia pero Yeltsin respondió a los pedidos de Shevardnadze ordenando el bombardeo de Sujumi, la capital abjaziana, en febrero de 1993, a la vez que ordenaba a las unidades rusas que participaran en el asalto militar junto a los georgianos. El ejército ruso logró contener la ofensiva de los abjazianos y la CEI impuso sanciones económicas a Abjazia, exigiendo su reincorporación a Georgia, aunque con estatus de autonomía. A cambio de la ayuda militar de Moscú se concedió el permiso para la instalación de bases militares rusas. Así se firmó en julio de 1993 el Acuerdo de Sachi, que establecía una moratoria para el uso de la fuerza, la creación de un grupo tripartita de control y el estacionamiento de una fuerza observadora internacional ordenada por el Consejo de Seguridad de la ONU.

El presidente norteamericano Bill Clinton indicó que su país apoyaría cualquier decisión de la ONU referente a establecer una fuerza internacional de paz, pero que EEUU no enviaría tropas, mientras Gran Bretaña y Francia, a su vez, hicieron clara su posición de no participar en una fuerza internacional en un sitio con un conflicto étnico tan complicado. El acuerdo de paz suscrito con la mediación de Rusia permitió el despliegue de cascos azules rusos en la línea de frente, si bien no zanjó la disputa de fondo, pues mientras Georgia consideraba innegociable su soberanía sobre el territorio abjaziano, los nacionalistas abjazianos rechazaron cualquier tipo de relación, siquiera federal, con Georgia.

No es factible predecir cuándo y cómo este problema será resuelto. Sin dudas la presión rusa ha establecido un modus vivendi. El estatus político de Abjazia aún pende de un limbo; bajo intensas presiones de Rusia y de Occidente, Tbilisi ha renunciado a su obtusa posición de que Georgia fuese un estado unitario y similarmente la élite abjaziana ha abandonado sus demandas por la independencia, petición que Rusia no apoya por su propio problema en Chechenia. Los abjazianos han objetado el ofrecimiento de Tbilisi de crear una federación georgiana, mientras Tbilisi ha rechazado la propuesta abjaziana de una figurada relación federativa. Pero Abjazia no fue la única rebelión con perfiles separatistas similares, que llevó a cabo una “limpieza étnica” en Georgia. El área autónoma de Osetia del Sur, poblada por un grupo étnico de habla persa, se sumó a los problemas del gobierno georgiano y estas tendencias separatistas amenazan con romper en pedazos a la república.

Los osetianos desean separarse porque en nada tienen que ver con los georgianos; son un grupo étnico distintivo, originarios de las planicies rusas al sur del río Don. En el siglo XIII fueron empujados al sur por las invasiones mongolas al Cáucaso, asentándose en los bordes de Georgia. Además, los osetianos del Sur desean unirse a sus hermanos étnicos de Osetia del Norte, la cual es una república autónoma dentro de la Federación Rusa. Los georgianos son una minoría étnica en Osetia del Sur, menos de un tercio de la población.

Osetia del Sur, a mitad de camino entre el Mar Negro y el Caspio, es una república autónoma formalmente situada, como Abjazia, dentro de la República de Georgia, poblada por musulmanes y cristianos ortodoxos, que ha sido escenario de pequeñas, pero no menos sangrientas guerras, a principios de los 1990, que para el mundo exterior resultaba incomprensible y que se olvidó con rapidez. La guerra civil que enfrentó al Ejército Rojo soviético y a los Guardias Blancos del zar entre 1917 y 1921 aún no ha concluido en el Cáucaso. Los osetianos eran partidarios del zar y apoyaban a los Guardias Blancos, mientras el Ejército Rojo encontró su aliado en los ingushes, otro pueblo del área. La consecuencia de la victoria bolchevique fue la masacre de los osetianos a manos de los ingustanos.

En el entorno íntimo de Josef Stalin figuraba un grupo de asesores osetianos que no perdía ocasión para complotar contra los ingustanos. Como georgiano, Stalin albergaba una gran animosidad hacia los ingustanos, a los cuales acusó de colaborar con el ejército alemán y como castigo los deportó en masa a Siberia. Los osetianos fueron aupados por el Kremlin a ocupar las propiedades de los ingushes. En plena desestalinización en 1957, el premier Jrushev reconoció las injusticias que se habían cometido contra los ingushes y otras minorías étnicas, como los chechenios, aunque a los primeros no se les restituyeron sus tierras, como la zona de Prigorodny, que permaneció en manos de Osetia del Norte y es objeto de disputa.

Durante la perestroika de Mijail Gorbachev, los nacionalistas abjazianos y osetianos de Georgia demandaron la autonomía y la oficialización de sus idiomas. En 1990, Osetia del Sur -con su capital de calles de terraplenes en Tsjinvali- declaró su intención de independizarse de Georgia, proclamando la República de Osetia del Sur, provocando las contiendas bélicas que duraron hasta 1994. A raíz del anuncio de la República de Ingushetia, de la República de Alana, y de la república de Osetia del Norte, dentro de la Federación Rusa, los ingustanos expulsaron a los osetianos de su territorio, y los osetianos hicieron lo mismo con los ingustanos. En diciembre de 1990, Gamsajurdia abolió el estatus de autonomía de todas estas etnias, bloqueando los intentos de independencia y ordenando la ocupación militar. Los osetianos, ayudados por los rusos, obtuvieron una victoria militar y expulsaron a miles de civiles ingustanos en 1992.

Pese a haber declarado su independencia, no ha sido reconocida por nadie. Georgia rechaza el nombre de Osetia del Sur llamándola por su antiguo nombre de Samachablo. El conflicto duró hasta julio de 1992, con un saldo de miles de muertes y olas de refugiados, cuando Yeltsin medió a favor de un cese al fuego. En julio de 1993 el gobierno de Osetia del Sur reinició los combates, lo que obligó a Shevardnadze a solicitar el apoyo militar de Rusia.

El presidente de Georgia, Mijaíl Saakashvili, ha prometido en múltiples ocasiones la autonomía y la creación de una zona de libre comercio en Osetia del Sur a cambio de que esta renuncie a sus aspiraciones independentistas y retorne a la jurisdicción de Tbilisi. La respuesta de Dimitri Medoev, representante de Osetia en Rusia, fue el rechazo a la reincorporación a Georgia. Sin dudas, Osetia del Sur ha demostrado en los últimos años su capacidad de construir un Estado que ha podido resistir en más de una ocasión la acción militar de Georgia.

El entorno geo-estratégico

A lo largo del siglo XIX, los imperios ruso y británico lucharon por el control del Cáucaso y del Asia Central, en lo que se dio en llamar "la gran cacería". En el siglo XX, la Alemania nazi extendía sus proyectos de conquista hasta el Cáucaso, lo que llevaría a cabo al culminar la Operación Barbarroja contra la URSS. Y hoy, el petróleo ha sido la presa de la "nueva gran caza" de la región del Caspio y del valle del Ferganá.

El problema del transporte por óleo-gasoductos es lo que desde 1998 viene litigándose por las transnacionales del petróleo, puesto que las reservas petroleras del Cáucaso y del Asia Central no tienen salida al mar. Para su explotación, se necesitan enormes oleoductos y gasoductos que recorran cientos de kilómetros de montañas y desiertos. El punto nodal reside en qué consorcio controlará cual región geográfica y en cooperación con cual dictador, ya que el vacío social que siguió al colapso del imperio comunista fue gradualmente, y de forma imperceptible, llenado por imperios corporativos no tradicionales. Es conocido que quien controle los oleoductos controla el petróleo. Por eso existe una intensa disputa para determinar quién construye y administra los oleoductos y por donde cruzan.

Asimismo, quien controle la región del Caspio determina un polo de poder que contrapesa al del golfo Pérsico, al abrirse una nueva fuente de recursos energéticos al mercado mundial. Rusia buscaba y busca que los oleoductos se dirijan hacia el norte, a Europa, para dictar la política en el Caspio Si los oleoductos se dirigen al oeste, como el que se construyó desde Bakú (Azerbaiyán) al puerto mediterráneo de Ceiján, a través de Turquía, entonces Estados Unidos controla el petróleo y a los que lo necesiten. Los nuevos oleoductos de las reservas energéticas del Mar Caspio se convierten también en el nudo de transporte de las más grandes reservas de gas natural del planeta. A medida que el petróleo del Caspio comience a fluir hacia Europa, a través del Mar Negro (desplazándose de la Península Árabe al Mar Caspio), se incrementa el poder político de Turquía, otro rival ruso.

El uso del poder militar para proteger el suministro de petróleo ha sido un principio básico de la política exterior estadounidense desde 1945, cuando el presidente Franklin D. Roosevelt prometió al rey Abdulaziz de Arabia Saudita que Estados Unidos protegería su reino a cambio de un acceso especial al petróleo Saudita.

El centro estratégico en el que se dirimen los asuntos mundiales se ha desplazado; si durante la Guerra Fría, Europa Occidental constituyó el epicentro de la disputa USA-URSS, hoy es la región central del continente euroasiático la que está ocupando ese lugar. Meses antes del 11 de Septiembre, el entonces vicesecretario de Defensa norteamericano afirmó: “el centro estratégico militar de Estados Unidos debe trasladarse desde Europa hacia Asia”. Parte de los motivos estaba en el emergente papel del continente asiático en la economía mundial, en una zona del planeta en la que están presentes los potenciales rivales de la hegemonía norteamericana. La supremacía indiscutible de Estados Unidos depende de por cuánto tiempo sea capaz de evitar el surgimiento de algún aspirante al poder sobre el continente euroasiático. La Unión Europea está descartada pese a sus “ilusiones pretenciosas de los años 90”, pues ellas se pusieron fin el 11 de septiembre.

El póker geo-estratégico domina este espectáculo petrolero. Es justamente el afán de impedir el fortalecimiento de las posiciones de Rusia en el Cáucaso Norte lo que mueve a Washington para lograr que Moscú mantenga una diplomacia de negociaciones. Pero Rusia sigue aspirando al pedestal de gran potencia, algo que no agrada a Europa y Estados Unidos. Entre las principales desavenencias entre Rusia y Estados Unidos se halla, en lo fundamental, la situación con Georgia, el petróleo del mar Caspio y las bases militares rusas en el Cáucaso y Moldova.

El 11 de septiembre cerró el debate sobre la conveniencia o no de las estructuras euro-atlánticas, al quedar confirmara la OTAN como el garante de la seguridad europea, y de esta forma el papel dominante de Estados Unidos. Así, el eje franco-alemán, que lideraba la emergencia de una superpotencia en Europa frente a Washington, fue sustituido por el eje euro-atlántico. Europa quedó re-categorizada de acuerdo a su escaso peso militar como zona de influencia supeditada y dependiente de Estados Unidos.

El temor de la Casa Blanca ha sido que se concrete el intento del ruso Vladimir Putin de volver a convertir a Rusia en una gran potencia haciendo uso de los ingresos procedentes del gas y el petróleo. Para el año 2025 Rusia suministrará el 70% del gas natural de Europa Occidental, aumentando la vulnerabilidad de Europa ante los intentos rusos de imponer sus prioridades geopolíticas, incluida la quiebra de la solidaridad en el seno de la OTAN. Putin ha luchado por reafirmar el control del Kremlin sobre las antiguas repúblicas soviéticas, utilizando el petróleo como arma política de intimidación y chantaje, por medio de empresas estatales, como Rosneft, la compañía petrolífera estatal, y Gazprom, el monopolio de gas estatal. Algo que en múltiples ocasiones ha denunciado la Casa Blanca y en las cumbres de los G-8, y que tuvo su ejemplo más evidente en el 2006, cuando Gazprom interrumpió temporalmente el suministro a Ucrania debido a una disputa sobre el precio. Putin disgustó a Washington por respaldar el programa nuclear de Irán, al construirle los reactores nucleares a la central en Bushehr, así como el compromiso de construir de 3 a 5 instalaciones adicionales por 3,200 millones de dólares.

Rusia trató que Georgia, pieza clave de este “gran juego” y una eterna anti-rusa, se acercase a Occidente, por ser la ruta más conveniente para el oleoducto del petróleo azerí y para los yacimientos petrolíferos de Tengiz, en Kazajistán, que a la vez atraviesa por territorio chechenio.

Mediante la imposición de Shevardnadze nuevamente como presidente de Georgia, Moscú logró abortar la construcción del oleoducto azerí-norteamericano por sobre tal territorio, estableciendo en el mismo en 1995, cuatro bases militares que vigilaban las rutas de salida del petróleo vía el Mar Negro. Al obligar a que Georgia ingresase en la Comunidad de Estados Independientes (CEI), Moscú apoyó el separatismo de Abjazia, al noroeste de Georgia, buscando entorpecer las negociaciones de Tbilisi con los turcos y Occidente, para las vías de transporte de gas y petróleo. Al dominar la franja costera de Abjazia en el mar Negro, Moscú podía proteger sus puertos de Novorosisk y Tuapse y se asomaba a los puertos georgianos petrolíferos de Poti, Supsa y Batum. Pero la relación de los rusos con los abjazianos se deterioró cuando estos últimos permitieron que los chechenios operasen desde su territorio.

Bajo presión de la OTAN, Rusia y Georgia firmaron un acuerdo por el cual Moscú retiraba sus ejércitos de Moldavia y sus bases militares de Vaziani y Gudauta de Georgia. De inmediato, el Congreso estadounidense incrementó la ayuda financiera a Georgia para asegurar su integración político-militar en la OTAN y en las estructuras occidentales.

Ante la irritación de Moscú, Georgia santificó su inclinación por Occidente al firmar la Declaración de Ankara, que favoreció la idea norteamericana-turca del oleoducto Bakú-Ceiján y otros oleoductos transcaspianos menores, con los cuales Washington desplazaba a Moscú. De inmediato se produjo, en agosto de 1995, un atentado a Shevardnadze.

No es coincidente que los movimientos separatistas en el Cáucaso estallasen en cada momento que Moscú exploraba vías de transportes petroleros alternativos a la de Chechenia. Así, la mano del Kremlin fue evidente en el movimiento separatista de Karachai–Cherkessia en 1999. Rusia manejaba al Dagestán como otra alternativa al transporte petrolero por la ruta de Chechenia. Pero al verse invadido ese territorio por fuerzas chechenias al mando de Chamil Basaev y del jordano wajabita Khabib Abdar Rahman Khattab, en agosto de 1999, y establecerse un “Estado islámico”, se añadía el elemento religioso que tanto horroriza a Moscú, que al desvanecerse la opción del Dagestán denunció que Washington apoyaba este fundamentalismo islámico para debilitar su poder.

Armenia, un punto estratégico para el transporte de gas y petróleo del Cáucaso, era un aliado de Rusia por el apoyo que ésta brindó a la secesión del Karabag. Pero la movida del presidente Robert Kocharian, al comprometer a su país junto a Azerbaiján, Georgia, Turquía, Rusia y Estados Unidos en el pacto de seguridad de la Transcaucasia, que obliga al retiro de las tropas rusas en Armenia, debilitaría su tradicional alianza con el Kremlin y la ubicaría en el campo opuesto.

La frontera sur

Rusia bajo Putin, el zar de la energía, trata de construir, lenta pero seguramente, su mundo multipolar basado en el petróleo y el gas. Así, los recursos energéticos estatales resultan el centro de la política exterior de Putin, el cual trata de ubicar a Rusia como gran potencia mediante la energía, al conceder poder global a Gazprom, principal gasera del planeta, y cuyo anterior Chairman, Dimitry Medvedev, fue colocado, primero como vice-primer Ministro y ahora sucesor de Putin como presidente. La política exterior de Putin, sus acercamientos a Alemania y Turquía, así como a Corea del Sur, coincide curiosamente con la agenda de Gazprom y la petrolera estatal Rosneft, como parte de la estrategia energética integral del Kremlin.

La llamada "frontera sur" (Georgia, Azerbaiyán, Kazajstán y las ex repúblicas soviéticas del Asia Central) se le escapan al control del Kremlin bajo la presión de los intereses petroleros promovidos por Estados Unidos. El Kremlin consideró como asunto de seguridad nacional que los oleoductos del Mar Caspio a Europa atravesasen Rusia, de ahí su pertinaz obsesión con Chechenia y con Osetia, de ahí se furia a la instalación de bases militares norteamericanas en el área. Esta agrupación de Kazajstán, Georgia y Azerbaiyán con Estados Unidos, mediante redes de oleoductos, está esfumando de un golpe la histórica "frontera sur" zarista, soviética y de la actual Rusia, al punto que el Kremlin lo considera como amenaza a su seguridad y ha amenazado varias veces con "golpes preventivos" contra las repúblicas del Cáucaso y Asia Central.

La actitud de Estados Unidos hacia el Cáucaso, de Clinton a Bush, ha sido denegarle a Rusia una esfera de influencia regional que incluyese al Cáucaso y el Asia Central, pues se halla dentro del contexto de la transportación de petróleo del Caspio y de la lucha por sus yacimientos. Por su parte, Rusia abriga una victoria estratégica regional bloqueando los planes de las compañías petroleras occidentales, que quieren la estabilidad a toda costa. Para eso es vital su hegemonía en Kazajstán y las pequeñas repúblicas más pobres del Asia Central, frente al creciente protagonismo de Turquía, Uzbekistán y Estados Unidos, preocupados por un Mar Caspio rico en recursos petrolíferos, muy cerca de Rusia y lejos de Norteamérica.

El apoyo de Estados Unidos al otrora super-gerente petrolero ruso, Mijail Jodorkovsky se debió a la promesa del oligarca de entregar los yacimientos petroleros de Rusia a los estadounidenses, mediante la notable venta del 50 % de Yukos a la Exxon-Mobil. Por esa razón, Putin lo encarceló y disolvió Yukos. No puede obviarse, como ha hecho en reiteradas ocasiones la Casa Blanca, que el arsenal nuclear ruso y su posición geoestratégica son igualmente responsables de su estatuto como potencia regional, y también como un importante jugador en el escenario global gracias a sus recursos energéticos.

La estrategia petrolera norteamericana se deriva de su política energética nacional promulgada por la Casa Blanca en mayo del 2001, que proponía incrementar las importaciones de crudo en las décadas venideras del área del Golfo Pérsico, pero también de productores emergentes de otras áreas del mundo, como el Cáucaso y el Asia Central, debido al descenso a largo plazo de la producción norteamericana, la inestabilidad del mundo árabe, la imposibilidad inmediata de abrir a la explotación los parques nacionales, Alaska y el Ártico, y el crecimiento monstruoso de la demanda petrolera en China y la India.

 

Para Estados Unidos, controlar los oleoductos del Cáucaso y del Asia Central constituye una forma de reforzar su proyección sobre los productores de petróleo del Medio Oriente y del Golfo Pérsico. Para esta movida, Georgia es la pieza clave. En este momento, con el control de Irak en un polo y de Uzbekistán en el otro, el panorama se presenta claro para Washington: el control de esta zona determina no solo una cabeza de puente, como fue Uzbekistán en la guerra contra los talibanes en Afganistán, sino también el control de los recursos energéticos. Para Rusia, es esencial para resurgir como superpotencia mundial tras la quiebra y los problemas políticos a partir de la disolución de la URSS.

La construcción del complejo de oleoducto-gasoducto Bakú-Tbilisi-Ceiján, patrocinado por Estados Unidos y financiado por el Banco Mundial, ha sido vista en el Kremlin como el Caballo de Troya de Washington y el eje de la política norteamericana en la región. Ha posibilitado la conformación de una alianza anti-rusa de los georgianos de Georgia, de Azerbaiján y de Turquía, protegida por las nuevas bases militares norteamericanas en tales territorios. El “grupo Putin” ha tratado de flanquear esta movida obligando a que Georgia contratase a la empresa estatal rusa Gazprom para que le provea de gas subsidiado, remozando de paso un viejo gasoducto existente entre ambos países, acción que buscaba obstaculizar al proyecto Bakú-Tbilisi-Ceiján.

La clave en esta región ha sido el control de los importantes recursos energéticos del Mar Caspio. El “pluralismo geopolítico” que pregona Occidente significa romper el monopolio de Moscú sobre sus accesos. Por eso la gran disputa en todos estos años ha estado centrada en gran medida en el tema de los oleoductos y gasoductos. En diversas declaraciones la Casa Blanca ha fijado la posición de que el país no puede darse el lujo de depender de una sola región para abastecerse de energía, considerando decisivo para la seguridad nacional tanto la diversificación del transporte del petróleo de Azerbaiyán y de Kazajstán, como la consolidación de Georgia como estación de tránsito del oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceiján.

Después de años de ambigüedades, Estados Unidos y Turquía inauguraron el 25 de mayo del 2005 el oleoducto de 1,000 millas Bakú-Tbilisi-Ceiján (BTC), a un costo estimado de $4,000 millones de dólares, destinado a transportar crudo desde los yacimientos de Bakú, en Azerbaiyán, cruzando Georgia, hacia el puerto turco de Ceilán, en el Mediterráneo. Ello implicó un importante avance de Occidente en romper la dependencia rusa, ya que su trazado esquivó completamente el territorio ruso. El oleoducto, con capacidad de transporte anual de 50 millones de toneladas, fue financiado centralmente por la British Petroleum, que tiene el 30% del paquete accionario del proyecto. Además, está proyectado agregarle un gasoducto desde el Caspio.

Georgia recibe una importante ayuda militar norteamericana para proteger sus fronteras y fiscalizar el oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceiján, mediante logística y entrenamiento de contra-insurgencia por instructores de operaciones especiales. En Kazajstán, Estados Unidos ha modernizado la antigua base soviética de Atiaru, frente a los campos petrolíferos de Kashagan, donde se hallan activas las plataformas petroleras de Exxon Mobil, Cono-Phillips y Royal Dutch/Shell, emplazando una brigada de kazajos de reacción rápida.

La pérdida de la influencia política en Ucrania fue percibida por la élite rusa como un llamado de atención que demostraba que su declinar no era un fenómeno temporal sino que, por el contrario, la existencia misma del Estado ruso estaba en cuestión, a menos que se tomaran medidas dramáticas en forma urgente. Por eso, la actual política rusa es una reacción a la ofensiva geopolítica norteamericana, y algunos de los indicios más recientes son que Rusia está rechazando hacer nuevas concesiones unilaterales a Washington, mientras forma una asociación estratégica con China en el Asia y con Alemania en Europa.

Moscú le está vendiendo armas y otros acuerdos de cooperación a enemigos de Estados Unidos. Pero la muestra más contundente de esta reacción han sido los ejercicios militares sin precedentes que Rusia viene realizando últimamente, y que deben ser vistos como un mensaje dual a los Estados Unidos y a las repúblicas centroasiáticas sobre hasta dónde están preparados a llegar Moscú y Beijíng para proteger sus intereses.

Cierto es que la burocracia del Kremlin bajo el comando de Putin siempre ha mostrado su preferencia conciliatoria con Occidente, y su intención de frenar la ofensiva geo-política y la presión norteamericana sin confrontarla directamente. Sin embargo, y más allá de Putin, está claro que el espacio geográfico de la ex URSS se ha trasformado en un área de disputa con los Estados Unidos como un nuevo actor, quien ha logrado importantes ventajas. En esta puja, Rusia cuenta a su favor con las ventajas de la distancia y de la geografía para conservar su influencia en las ex repúblicas de la ex URSS. Pero al mismo tiempo la falta de recursos limita su influencia en su patio trasero, lo que ligado a la pérdida de status de gran potencia la lleva a intervenciones contraproducentes y que en algunos casos lucen patéticas, que terminan debilitando al centro, al exterior y al interior de la Federación de Rusia, como sucedió con las elecciones de Ucrania y como sucede ahora.

Políticamente, Estados Unidos ha venido avanzando en la región con la asunción del gobierno abiertamente pro-norteamericano de Mijail Saakashvili en Georgia, luego de la llamada “Revolución de la Rosa” de 2003. La guerra contra el terrorismo después de los atentados del 9/11 le permitió a Estados Unidos establecer bases militares en esta región, rompiendo la influencia monolítica que gozaba Moscú, y a su vez avanzar en su cerco militar sobre China.

Sin embargo, el relanzamiento de la Organización de Cooperación de Shangai (OCS) y su cumbre en Kazajstán, claramente hostil a los intereses de los Estados Unidos, han significado el desafío más severo. A ello siguió la decisión de Uzbekistán, la nación más vital y poblada del Asia Central, de expulsar al ejército norteamericano de su base de Farsi-Khan Abad, que respondía a la estrategia norteamericana de establecer bases en un arco que va desde África oriental al este de Asia con el propósito de combatir al fundamentalismo islámico y contener las ambiciones regionales de Moscú y Beijín.

La Guerra en Georgia y Osetia

Las tensiones entre Osetia del Sur y los georgianos del gobierno central se acrecentarían a partir de la elección como presidente en el 2004 de Saakashvili, quien de inmediato planteó que tanto Osetia del Sur como Abjazia volverían bajo el control total de Georgia. El record sobre los derechos humanos del presidente Saakashvili no ha sido muy cristalino que digamos. Saakashvili ofreció concederle a Osetia del Sur la autonomía, pero bajo el Estado georgiano. En respuesta, en 2006 los osetianos del sur votaron un referendo no oficial presionando por la completa independencia.

La renuencia de Abjazia y Osetia del Norte a la reintegración en Georgia se debe también a que los dirigentes georgianos no son precisamente los demócratas que alegan ante la comunidad de naciones. Por eso, estas recientes iniciativas de Saakashvili tienen el viso de constituir una nueva campaña de imagen proyectada hacia Europa.

El presidente Saakashvili es lo que se llama un “dictador demócrata”. Su llamada “Revolución de las Rosas” fue cayendo en descrédito al ir cobrando vigor la concentración del poder político en sus manos y su equipo, mediante enmiendas a la legislación electoral que excluyen a los partidos de oposición a participar en las mesas electorales, la consolidación de los cuerpos de seguridad y el nombramiento de “leales” a los puestos clave en Tbilisi y en las regiones.

El presidente Saakashvili ha cultivado sus lazos con Estados Unidos y Europa occidental, tratando se le acepte como miembro de la OTAN. El ejército georgiano se vería reforzado con armamento y equipo norteamericano, en preparación para sus servicios en Irak. Pero los militares georgianos consideraban diferente el objetivo de este rearme, el de recuperar lo que consideraban “territorios perdidos de Georgia”. En abril del 2008 la OTAN invitó a Georgia a ingresar en la alianza, mientras Rusia se oponía fieramente a la membresía en la OTAN de su antiguo satélite.

Semanas después, los rusos estrechaban aún más sus relaciones públicas con los separatistas de Abjazia y los de Osetia del Sur. Las tropas rusas en la región se hallan como fuerza de paz bajo mandato, pero Moscú apoya las aspiraciones separatistas de Osetia del Sur y esta política ha contribuido a crear tensiones con Georgia. En julio, aviones cazas rusos penetraban el espacio aéreo georgiano por sobre Osetia del Sur, para “bajarle los humos a los cabeza caliente de Tbilisi”. Las baterías anti-aéreas georgianas abrieron fuego contra todo avión ruso que entraba en el territorio, y bombardeaban puntos militares de Osetia. Se inició también todo un movimiento político pro-ruso por medio del cual se calcula que ya casi la mitad de la población de Osetia del Sur ha adquirido la nacionalidad rusa. Para Moscú una intervención militar limitada implicaba menor riesgo que reconocer la independencia de Osetia del Sur, lo cual llevaría necesariamente a un choque militar abierto con Georgia.

Los intentos por mantener el cese al fuego entre osetianos y georgianos se disolvían. Georgia lanzó un inesperado asalto masivo el 8 de agosto contra Osetia del Sur, utilizando artillería pesada, aviones y tanques. A su paso por la frontera, los georgianos aplastaron un puesto de fuerzas de paz ruso causando una docena de muertos. La imprudente y nada política acción militar de Saakashvili contra Osetia del Sur garantizaba, por supuesto, una respuesta violenta por parte de Rusia.

De inmediato, el primer ministro Putin alertó a Georgia que no detener sus ataques a Osetia del Sur traería consecuencias. Horas después, una columna de 150 blindados rusos y unidades motorizadas, apoyadas por una flotilla de cazas, se desplazó a Osetia del Sur, atravesando las montañas del Cáucaso que separan a Osetia del Sur con la del Norte, escalando dramáticamente las tensiones con Georgia. Las posiciones georgianas que rodeaban Tsjinvali, capital de Osetia, fueron cogidas por el fuego cruzado de una pinza de dos columnas blindadas. Por otro lado, miles de voluntarios rusos y de Abjazia se encaminaban a Osetia del Sur.

El hecho de que los georgianos no lograron retomar Osetia del Sur y fuesen expulsados de ese territorio ha hecho que Georgia tenga que aceptar las presiones diplomáticas de Occidente para detener su ofensiva, sobre todo de la Unión Europea, tan dependiente de la energía rusa. Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea pidieron un alto al fuego, mientras el presidente norteamericano George Bush y el premier Putin discutían los pormenores del conflicto. En Tbilisi, un políticamente quebrantado presidente Saakashvili acusaba a Rusia de violar el territorio, mientras el presidente ruso Medvedev en su respuesta argumentaba que Rusia estaba obligada a proteger la vida y la dignidad de ciudadanos rusos en Osetia del Sur.

Mientras la opinión internacional se halla dividida ante el conflicto, y hasta cierto punto inclinada a exonerar a Saakashvili en aras de la rusofobia, todo indica que la presión norteamericana y occidental por incluir a Georgia en la OTAN es hoy más débil, lo que implica una victoria estratégica para Rusia en el entorno del Cáucaso y Asia Central. Sin embargo, el único país que había apoyado oficialmente a Rusia en el conflicto con Georgia fue Cuba, en una declaración firmada personalmente por Raúl Castro, a las pocas horas de comenzado el conflicto. El domingo 17 en la tarde, Hugo Chávez se unió al coro
atacando a Georgia.

El decálogo es negativo para Georgia, que en lo adelante ya no podrá entrar en Osetia del Sur, y esta última, pese a sus pérdidas humanas a manos de los georgianos, al menos es ya conocida internacionalmente como un territorio autónomo.

 

Lo que se plantea ahora es si la comunidad internacional permitirá cualquier tipo de solución independentista a lo Osetia del Norte, implicando la absorción de Osetia del Sur por Rusia. Algo parecido sucedió en Kosovo debido a la imprudencia militar de los serbios, por lo cual perdieron toda legitimidad internacional para controlar esa provincia.

Mientras tanto, a pesar de todos los acuerdos firmados recientemente, los blindados rusos se mantienen en Georgia. El domingo 17 de agosto en la tarde AP informaba que "el presidente ruso Dimitry Medvedev anunció que las tropas rusas empezarán a retirarse de Georgia el lunes, mientras varios mandatarios de Occidente presionaban a Rusia para que abandone las posiciones militares que ha tenido durante varios días de guerra en su pequeño vecino del sur".

Las posibilidades de "presionar" al gigantesco oso ruso cuando se trata de la seguridad de sus fronteras tienen un límite. Con la seguridad de la "rodina" (patria) no se juega. Y si además se trata de territorios por donde corre petróleo y gas, menos todavía. Es cierto que de la ex Unión Soviética no queda prácticamente nada, pero si algo se mantiene en perfectas condiciones, y listo, es el arsenal nuclear.

Las "presiones" son relativas, cargadas de retórica y algo abstractas en cuanto a consecuencias, pues Rusia juega además un importante papel en la seguridad energética de Europa. No se pueden desatar festinadamente las furias de Moscú. Asegurando retirarse de Georgia, Medvedev "se abstuvo de prometer que las tropas regresen a Rusia, insinuando que el Kremlin pudiera mantener una fuerza regular en Osetia del Sur". Aparentemente, como si ya no fuera necesario disfrazarlas con cascos azules.

* Articulo original para el Think Tank de Cubanalisis. www.cubanalisis.com


 


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