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El lenguaje de los tiranos
19-08-2008, Alfredo Cepero

Cubamatinal/ Hace escasamente un par de semanas que cables procedentes de la capital rusa nos trajeron la inquietante noticia de una reanudación de la cooperación cubano-soviética en el campo militar. En realidad, esta noticia no fue sorpresa para quienes hemos seguido durante décadas las relaciones entre Moscú y La Habana. Lo que si no esperábamos era la flagrante violación de la soberanía de la República de Georgia y la masacre de centenares de civiles por parte de las tropas rusas a principios de este mes de agosto. Con sus escasos 5 millones de habitantes, un territorio poco mas de la mitad del que ocupa Cuba y un ejercito superado veinte veces en números y armamentos por la poderosa Rusia, sus vecinos georgianos no constituyen amenaza alguna para los matones del Kremlin.

Pero como hasta los delincuentes necesitan justificación para sus fechorías los comunistas reciclados de Moscú dijeron haberse visto forzados a invadir a Georgia para poner fin a los atropellos de ciudadanos de etnia rusa que viven en las regiones georgianas de Osetia del Sur y Abjasi. Sin dudas una página tomada de la justificación esgrimida por Adolfo Hitler para invadir los territorios de los Sudetes Checoslovacos en 1938. Ya sabemos a lo que condujo la respuesta cobarde y apaciguadora dada en Munich por el Primer Ministro inglés Chamberlain a la artera agresión alemana. Un Hitler envalentonado y megalómano sumió al mundo en una horrible pesadilla de sangre, miseria y muerte.

Este Hitler del Siglo XXI es un Vladimir Putin enfrascado ahora en la reconquista del antiguo imperio soviético. Tanto Putin como su discípulo marioneta, el Presidente de dedo Dimitri Medvedev, amenazan a los norteamericanos con la posibilidad de establecer bases en Cuba o Venezuela y hostigan con invasiones militares a aquellas repúblicas vecinas que se atrevan a buscar un acercamiento con el oeste democrático o pretendan formar parte de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN). Ese fue el pecado de la República de Georgia cuya solicitud de ingreso en la OTAN fue rechazada hace solo unos meses, quizás ante las amenazas rusas de reducir sus exportaciones de petróleo a quienes dieran solidaridad y apoyo a países que Moscú pretende mantener por la intimidación y el terror dentro de su esfera de influencia.

A estos dos rufianes es necesario demostrarles—con hechos más que con palabras—que su proyecto expansionista y totalitario es tan obsoleto como el imperio de Catalina La Grande o el Gulag de José Stalin. Que el reloj de la historia marcha inexorablemente hacia un futuro de libertad, democracia y respeto a los derechos humanos para todos los pueblos del mundo. Para ello, el Mundo Occidental tiene que evitar por todos los medios reincidir en los errores y cobardías del siglo XX. Para que la libertad brille para todos no podemos aceptar ni el apaciguamiento de Munich en 1938, ni la vituperable sordera ante la masacre del pueblo húngaro encabezado por Imre Nagy en 1956, ni el cobarde abandono de los patriotas de Girón en 1961, ni la indiferencia cómplice ante la rebeldía de los iluminados de la Primavera de Praga en 1968 dirigidos por Alexander Dubcek.

Por otra parte, estos astutos y experimentados chantajistas apuestan a la indiferencia de Occidente y a las limitaciones de los Estados Unidos para abrir otro frente de guerra simultáneamente con las operaciones militares en Iraq y Afganistán. Por eso tomaron la decisión de invadir a la República de Georgia en los mismos momentos que Vladimir Putin brindaba con George Bush por la solidaridad internacional durante las Olimpiadas de Pekín. Con esto añadieron la burla al insulto y eso no se les puede permitir a no ser que estemos dispuestos a regresar como corderos a los tiempos nefastos de la Guerra Fría.

Existen, sin embargo, medidas efectivas que no son necesariamente militares para obligar a Rusia a comportarse como un miembro responsable y respetuoso de la soberanía de sus vecinos en la comunidad internacional. No con declaraciones sino con hechos. No con generalizaciones sino con pasos concretos. Por ejemplo:

--No perder demasiado tiempo en las deliberaciones infructuosas dentro del consejo de Seguridad de la ONU, donde Rusia retiene todavía el poder de veto que ha disfrutado desde los inicios de la organización.

--Convocar una reunión de urgencia del llamado Grupo de los Ocho--integrado por Canadá, Francia, Alemania, Italia Japón, Inglaterra, los Estados Unidos y Rusia—naciones con grandes similitudes en desarrollo económico y filosofía política así como donde Moscú carece del poder de veto y no cuenta con la capacidad de intriga y maniobra que tendría en las Naciones Unidas.

--Notificar a los jerarcas del Kremlin que—de continuar con su campaña de intimidación y terror contra sus vecinos—se aceleraran los procesos de admisión de las antiguas repúblicas soviéticas dentro de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte. Esto sería equivalente a una movida de jaque mate en una partida de ajedrez porque Rusia está muy preocupada con el posible ingreso de Ucrania en la OTAN. El acercamiento a Occidente de esta nación de 50 millones de habitantes que fue durante décadas el granero de la Unión Soviética constituye un verdadero motivo de preocupación para Moscú.

Al cierre de estas líneas, las negociaciones para una tregua perdurable se mueven con lentitud y confrontan la incertidumbre de la duplicidad que caracteriza a los comunistas. Sin embargo, más importante que el tiempo es el logro de un acuerdo que garantice la consolidación de Georgia como nación soberana y libre de las amenazas de vecinos imperialistas y belicosos como Rusia. Para que el presidente georgiano Mikheil Saakashvili no tenga que ofrendar su vida en cumplimiento de su promesa de que “Georgia no se rendirá jamás” y para que los putines del mundo sepan que nosotros—cuando somos provocados—sabemos hablar el lenguaje de la fuerza que entienden los tiranos. (Miami, 18 de agosto de 2008.)


 


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