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Un terremoto político en el país de los Kirchner
28-07-2008, Carlos Malamud

Cubamatinal/ Cuando a altas horas de la madrugada el atribulado vicepresidente argentino Julio Cobos, a la vez presidente del Senado, tuvo que utilizar su voto de calidad (el único que puede ejercer ya que no es senador) para destrabar el empate en torno a la convalidación de la polémica Resolución 125, la Argentina oficialista y la Argentina opositora dieron un brinco. De rabia unos y de alegría los otros, pero con la conciencia clara de que se había producido uno de esos momentos históricos que pueden cambiar la realidad de un país e incluso tener repercusiones más allá de las propias fronteras. A tal punto que la expresión del rostro del vicepresidente y el tono de su voz quebrada al explicar las motivaciones de su voto llevaban a recordar el libro de Julio Verne, Las tribulaciones de un chino en China.

En Argentina se sabe que algo ha cambiado, pero lo que todavía no está nada claro es qué es lo que ha cambiado, en qué dirección y cómo, ni tampoco cuándo se harán evidentes dichos cambios. Lo que sí es evidente es que el modelo de conducción política ensayado exitosamente por los Kirchner en los últimos cinco años se ha agotado y que en el futuro ya nada será igual. En la tarde del jueves la presidenta Cristina Fernández tenía previsto un viaje al Chaco que no había suspendido, aunque durante toda la larga mañana no hizo ninguna declaración sobre la derrota que su arriesgada apuesta política había sufrido en el Parlamento.

Quizá sea necesario puntualizar algunas cosas para comprender la situación en toda su dimensión. La primera que a esta crisis política se llegó como consecuencia de una acción deliberada, irreflexiva e inconsulta del gobierno, y que, inclusive, cuando se hizo evidente su profundo rechazo social, ni la presidenta de la República ni el presidente del Partido Justicialista (PJ) fueron capaces de rectificar su error. Ni siquiera la salida forzada del entonces flamante ministro de Economía, Martín Lousteau, se aprovechó para archivar una propuesta que condujo a este resultado.

La falta de cintura política responde al estilo de gobierno de Néstor Kirchner, que durante los más de cuatro meses que ha durado el conflicto, desde el 11 de marzo pasado, se ha empeñado en aplastar sin ningún tipo de contemplaciones a los representantes del campo. Kirchner decidió jugar, en el borde del alambre, al todo o nada. Por eso los dirigentes rurales y sus seguidores fueron tildados de golpistas, y se buscó permanentemente asimilarlos con aquellos responsables de haber acabado de forma brutal en 1955 con la primera experiencia peronista (“los comandos civiles”) o con los militares torturadores de 1976 (“los grupos de tareas”). Esa falta de capacidad de diálogo, y de negar cualquier margen de razón, por mínima que sea al adversario, devenido de esa forma en enemigo, marcó la estrategia de “redoblar la apuesta”. Pero ya se sabe lo que pasa en los casinos y en las mesas de juego. Las rachas de suerte no son eternas y si encima uno se empeña en torcer la buena fortuna con jugadas absurdas el desastre está asegurado.

La segunda cuestión importante, sin la cual no se entendería cabalmente la decisión del vicepresidente Cobos de votar en contra de la propuesta del gobierno, es que Cristina Fernández fue elegida presidenta como candidata de una amplia coalición política, el llamado Frente para la Victoria. Ella representaba a la línea del peronismo que lidera Néstor Kirchner, mientras Cobos era el principal representante de los llamados “radicales K”, un importante grupo de radicales escindidos del partido madre, la UCR (Unión Cívica Radical), partidarios del acercamiento a Kirchner. Sin embargo, al poco tiempo de manifestarse en toda su crudeza el conflicto con los productores agrarios, comenzaron a emerger grandes contradicciones y fisuras en el seno de la coalición. Incluso la convocatoria al diálogo hecha por el propio Cobos fue radicalmente rechazada desde el riñón kirchnerista, también conocido como la mesa chica, en alusión al reducido grupo de personas que goza de toda la confianza del matrimonio gobernante.

Es lógico pensar que la votación y consecuente derrota parlamentaria no debe suponer el fin de un gobierno presidencialista, pero hay varios interrogantes importantes, algunos de los cuáles irán develándose en las próximas horas. ¿Cuál será la reacción de la presidenta? ¿Impulsará cambios en su gobierno? ¿Llamará a silencio a su marido, que ha tenido en los últimos meses un rol ultra protagónico que llegó a eclipsar a la actual inquilina de la Casa Rosada? ¿Negociará con los dirigentes agrarios agrupados en la “Mesa de Enlace” (o comité de desenlace según la versión kirchnerista) la retirada o modificación del régimen de retenciones a las exportaciones de granos que se quería imponer?

La falta de una oposición estructurada hará descansar, una vez más, la resolución de esta crisis política en el peronismo y sus estructuras. Pero a diferencia de otras ocasiones hoy nos encontramos con un peronismo dividido. De un lado Kirchner y sus seguidores, del otro todos aquellos que en algún momento fueron derrotados por el entonces poder efectivo y que hoy esperan cobrar venganza. Entre los apoyos de Kirchner están los que todavía siguen siendo sensibles a los dineros provenientes del poder central (la “caja”), que responden a los modelos más clásicos del clientelismo político. Pero también están aquellos que respaldan un proyecto político, los convencidos, los que creen en el potencial popular y revolucionario del proyecto kirchnerista. Aquí encontramos a Hebe Bonafini y a sus Madres de Plaza de Mayo, y a numerosos personajes (los Kunkel, Dante Gullo, Vaca Narvaja, Bonasso y un nutrido grupo de intelectuales), fieles herederos de aquello que en Argentina se ha llamado el proyecto setentista, y es el que más ligado está a los liderazgos populistas presentes en América Latina.

El 1 de mayo de 1974 frente a la Casa Rosada, en la Plaza de Mayo, se escenificó la ruptura entre Juan D. Perón y los Montoneros. Sin Perón y durante un tiempo, las estructuras del partido, no sin tensiones, volvieron a funcionar. Hoy estamos en presencia de nuevos conflictos, agravados por la herencia menemista, que, pese a los intentos kirchneristas por borrarla del mapa, no ha desaparecido totalmente. Habrá que ver si el peronismo se fractura como en el pasado en función de una línea ideológica o es capaz de generar los mecanismos para que esto no ocurra. De todos modos, el combate en el interior del PJ no ha hecho más que empezar y, sin duda, su desenlace será brutal.

*Carlos Malamud es Investigador Principal para América Latina en el Instituto Real Elcano.
Fuente: Infolatam

 

 


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