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La oposición pacífica
08-07-2008, Rafael Rojas

Cubamatinal/ Los guerrilleros de las montañas y los clandestinos de las ciudades no fueron los únicos que se opusieron al gobierno de Fulgencio Batista. También lo hicieron, con métodos pacíficos y electorales, los líderes y miembros de los dos principales partidos opositores: el Auténtico y el Ortodoxo. En los primeros meses de 1958, la crítica al régimen del 10 de marzo era predominante en la opinión pública de la isla y ganaba terreno en la prensa norteamericana. El embargo de armas que el gobierno de Eisenhower impuso a Batista, con la suspensión del envío de 2,000 fusiles garand, fue la señal inequívoca de una crisis de legitimidad.

El autenticismo y la ortodoxia se fracturaron en actitudes violentas y pacíficas, revolucionarias y democráticas. Carlos Prío, el presidente derrocado, y varios políticos de su gobierno (Varona, Sánchez Arango, Carrillo, Pazos, Hevia, Abreu, Rodón) se desplazaron hacia el polo abstencionista y/o revolucionario, aunque la mayoría de ellos se mantuvo a distancia de Castro. La otra ala del autenticismo, cercana al ex presidente Ramón Grau San Martín y encabezada en el Senado por Eduardo Suárez Rivas, apostó desde 1954 a la vía pacífica y electoral y en marzo de 1958 anunció que contendería por la presidencia en los comicios de noviembre.

La ortodoxia también se escindió ante la encrucijada del cambio violento y la sucesión presidencial. Importantes líderes de ese partido, como Raúl Chibás, Roberto Agramonte y Manuel Bisbé, sin renunciar a sus ideas democráticas respaldaron la revolución. Pero otros sobrevivientes del partido chibasista, como Carlos Márquez Sterling y Emilio Ochoa, se comprometieron con una salida negociada al conflicto. Secundado por Ochoa y Guillermo Alonso Pujol, Márquez Sterling creó el Partido del Pueblo Libre, la institución emblemática de la opción electoral. Jóvenes cristianos y demócratas, como Amalio Fiallo, Manuel Artime Buesa y José Ignacio Rasco, también trabajaron por el cambio pacífico durante el último año de la república.

A los ojos de la sierra, unos y otros, es decir, auténticos u ortodoxos, abstencionistas o electoralistas, no eran más que ''politiqueros'' y ''cómplices del tirano''. Sin embargo, para comprobar que los pacíficos también eran opositores basta con revisar las enérgicas mociones que presentaron en la Comisión Bicameral del 57 y la vehemencia con que los enfrentaron legisladores y ministros batistianos como Rafael Díaz Balart, Anselmo Alliegro, Jorge García Montes, Santiago Rey y Andrés Rivero Agüero. El debate entre ambas posiciones, a pesar de su intensidad, no estuvo exento de los acuerdos electorales que caracterizan a toda democracia.

La Comisión Bicameral alcanzó, por lo menos, cinco acuerdos fundamentales para asegurar la transición democrática: un nuevo censo, vigencia del Código Electoral de 1943, voto directo y libre, supresión del veto provincial y creación de comisiones multipartidistas de fiscalización. El papel de algunos políticos batistianos, como Rafael Guas Inclán y Francisco Batista Zaldívar, fue muy importante en la concertación de aquel acuerdo democrático. El Manifiesto de los Cinco (Márquez Sterling, Ochoa, Pardo Llada, Pendás y Fiallo) de junio del 57, suscribía el objetivo de que ``el gobierno abandone el poder por la voluntad mayoritaria del pueblo y se instaure un sistema de democracia plena''.

En una serie de entrevistas con el ministro García Montes, a principios del 58, los opositores pacíficos, entre quienes todavía figuraba José Pardo Llada, lograron reiterar un conjunto de garantías para las elecciones de noviembre que no sería respetado durante los comicios. Contra la creciente fascinación que ejercía Fidel Castro desde la Sierra, los opositores pacíficos abrieron un estrecho flanco de racionalidad política que, con su minoritaria resonancia, atestiguó la fuerza del mito revolucionario en la cultura política cubana.

El gesto de aquellos opositores pacíficos fue aprovechado por otras instituciones, como la Iglesia Católica, que a principios de marzo del 57, coincidiendo con la convocatoria a elecciones presidenciales, propuso la creación de una Comisión de la Concordia, integrada por Grau San Martín, Raúl de Cárdenas, Víctor Pedroso, Gustavo Cuervo Rubio y el sacerdote Pastor González. Aquella gestión mediadora del episcopado, bien vista por los ministros Emilio Núñez Portuondo y Gonzalo Güell, fue promovida por el cardenal Arteaga y los obispos Díaz, Villaverde, Martínez Dalmau, Riu Angle y Pérez Serantes.

El clima favorable a la distensión comenzó a enrarecerse a mediados de marzo con el embargo de armas y la nueva suspensión de garantías constitucionales. Varias semanas después, tras la huelga general del 9 de abril, la confrontación militar entraba en su fase decisiva, que se extendería hasta el verano de aquel año, cuando inicia la invasión a Occidente de las tropas de Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara. Hasta las elecciones del 1ro de noviembre del 58, en las que votó menos del 30% del electorado cubano, los opositores pacíficos, a pesar de la animosidad que les rodeaba, defendieron con firmeza los procedimientos democráticos.


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