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El vicario general de La Habana
25-06-2008, Nicolás Pérez Diez Argüelle

Durante la clandestinidad fui alguien de misa y comunión diaria. Por eso cuando, después de destruir a mi familia y a mí mismo, la alta jerarquía de la Iglesia católica tuvo que escoger entre la libertad y el miedo, y escogió el miedo, caí en una profunda crisis religiosa que aún no he logrado superar.

Nuestra Iglesia en 1959 no la tuvo fácil. Se detuvo confusa y desorientada ante dos caminos a seguir: doblar la cerviz frente al comunismo para sobrevivir privilegiando el trabajo pastoral o, aun a costa de su propia destrucción, lanzarse a defender principios eternos como la libertad de conciencia, el respeto a la dignidad humana y los derechos del hombre. Triunfaron 2,000 años de sabiduría de una institución sobre la esencia de la doctrina que predicó Cristo. Y los principales responsables del triunfo de la experiencia humana sobre la espiritualidad divina fueron el nuncio del Vaticano en La Habana, monseñor Cesare Zacci, y el sacerdote cubano Carlos Manuel de Céspedes.

En cuanto a Zacci, me comentan que hasta hace poco seguía diciendo en Roma, en conciliábulos de cardenales, que su labor diplomática en Cuba había sido summa cum laude.

Carlos Manuel es hoy el vicario general de La Habana y no escarmienta, sigue como el perro huevero comiendo nidos de gallina aunque le quemen el hocico. Con la importancia que piensa le confiere su casulla, no abandona el hábito de jugar a la alta política, ni pierde el vicio de echar sal a esa herida que impide la reconciliación de nuestro pueblo. Y en un conato del protagonismo que tanto le gusta --según El Nuevo Herald del 13 de junio-- el vicario acaba de expresar su admiración por el Che Guevara.

Carlos Manuel en los últimos 50 años le ha hecho gran daño a su Iglesia. Y ahora no deja de proferir inconveniencias, que le impiden reconocer sus errores, a pesar de que el barco castrista es un Titanic político y moral.

Si tuviera hoy delante a Carlos Manuel, al que lo mata no su historia sino la memoria del pueblo de Cuba, le diría que debe concentrarse en pensar. Sentarse en una silla, bajar la cabeza, poner la punta de sus dedos en las sienes y recordar. ¿Tiene siquiera una idea vaga sobre qué pasó el Lunes de Resurrección de 1966, cuando fue detenido por Seguridad del Estado un sacerdote franciscano acusado de proteger a fugitivos de la justicia? Miguel Angel Loredo, su íntimo amigo, profesor como él en el Seminario San Carlos, su compañero de discusiones e inquietudes, su antípoda en el rumbo que debía tomar la Iglesia cubana de entonces. ¿Recuerda Carlos Manuel como negó a Miguel Angel antes que el gallo cantara tres veces? ¿Recuerda cuando, mintiendo cobardemente en una entrevista a la revista mexicana Sucesos, declaró que Miguel se encontraba en aquellos instantes en una granja de rehabilitación arrepentido de sus errores y pecados, cuando en realidad estaba incomunicado y era interrogado y brutalmente torturado en una celda en solitario de Villa Marista?

A este Carlos Manuel, que acaba de declarar sobre el Che Guevara: ''Tal hombre merece no sólo respeto, sino también admiración entrañable'', no como sacerdote, sino como hombre y cubano le preguntaría: señor vicario de la ciudad de La Habana, ¿ha escuchado por casualidad los nombres de Rogelio González Corzo, Virgilio Campanería, Manolín Guillot, Alberto Tapia Ruano, Antonio Díaz Pou y decenas de mártires que murieron frente al paredón de fusilamiento gritando ''Viva Cristo Rey''? ¿Por qué durante medio siglo, señor De Céspedes, aunque conoce sus historias perfectamente, nunca ha nombrado a ninguno de estos casi niños, héroes, mártires, católicos militantes, y pone por las nubes a esta altura del juego a alguien como el Che, que en el fondo, y lo sabe perfectamente, sentía por usted un infinito desprecio?

Pero nunca en sus anteriores desfases Carlos Manuel había tocado fondo como en esta ocasión, en la cual, tratando de defender a Ernesto Guevara a ultranza, se cubrió bajo el manto de ese santo de Juan Pablo II y, sacándolo totalmente fuera de contexto, lo cita cuando el Santo Padre dice de Guevara: ''No lo conozco a fondo, pero sé que se preocupó por los pobres, consecuentemente merece mi respeto''. Que un intelectual de alto calibre cite la opinión en tres palabras de Juan Pablo II sobre un marxista leninista de horca y cuchillo, despiadado, calculador y frío y con un montón de crímenes a sus espaldas, sin nombrar ni tangencialmente los puntos de vista de Su Santidad sobre el comunismo y los comunistas es, cuando menos, un acto fanático y malintencionado de su parte.

Hubo un tiempo que sentí por el vicario de la ciudad de La Habana mucho resentimiento. Hoy, ese hombre que no tiene patria, ni iglesia ni pueblo, y que un día soñó con ser cardenal y hoy no es nadie, me provoca lástima.

Y aunque católicos que respeto criticarán en esta ocasión mi falta de tolerancia, quiero entiendan que aquí nadie está haciendo los juicios de carácter de un hombre, sino estamos juzgando una época histórica, en la cual la realidad sin atenuantes, que ilumina y ciega, fue más dura que el corazón del marabú.

Nicolás Pérez Diez Argüelles*
nicop32000@yahoo.com
*Publicado originalmente en El Nuevo Herald/ www.elnuevoherald.com

 

 


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