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Cuando florezcan otra vez los rosales
24-06-2008, Alfredo Cepero

Hace ya medio siglo, en plena dictadura de Batista, que aquel maestro de periodistas que fue Sergio Carbó, escribió un editorial bajo este título para su popular y populista periódico “Prensa Libre”. Muy lejos estaba Sergio de imaginarse que, una vez caída aquella dictadura, las espinas seguirían predominando sobre las rosas. Que de hecho, las espinas de la tiranía de los Castro inocularían un veneno de odio y envidia jamás experimentado por el pueblo cubano ni en los momentos más tétricos de su historia republicana. Todos estos recuerdos y pensamientos penetraron a galope en mi cerebro al recibir la noticia del levantamiento de las sanciones diplomáticas contra la tiranía castrista por parte de la Unión Europea. Una Unión Europea que—por inercia, ignorancia o indiferencia—ha otorgado a la España demagógica, mercantilista y plañidera de Rodríguez-Zapatero y sus compinches del PSOE lo que podría calificarse de “cheque en blanco” para determinar la política del Viejo Continente con respecto al régimen comunista de Cuba.

Porque no nos quepa un ápice de duda de que el meollo de la resolución adoptada por el Consejo de Ministros de la Unión Europea fue redactado en la Moncloa. Una Moncloa que admira sin pudor a Fidel Castro, hace carantoñas a Raúl y muestra una amnesia inmediata ante los insultos de Hugo Chávez con tal de promover los intereses económicos de las empresas españolas en la América Latina. Como muy acertadamente contestó mi amigo y consumado patriota cubano Eduardo Pérez Bengochea a preguntas de un periodista sobre si la resolución había sido un triunfo de la diplomacia cubana: “Fue un triunfo de la diplomacia española”. Y este hombre sabe lo que dice porque es el cubano más cercano al gobierno de la República Checa, que junto al de Suecia fueron nuestros dos únicos defensores en ese lodazal de intrigas, avaricias y cobardías en que se ha convertido el asunto de Cuba en el foro europeo.

Prueba incontrovertible de la influencia española en la resolución de la Unión Europea la encontramos en el cinismo de aplaudir como reformas de consideración los cambios cosméticos efectuados por Raúl Castro, las súplicas a la tiranía para que permita el acceso de organizaciones humanitarias a las prisiones cubanas y la petición—que ellos y nosotros sabemos inútil e inoperante—de que el régimen ponga en libertad a los presos políticos. Esto es añadir la burla al insulto. ¿Quiénes se creen estos “gallegos” arrogantes (en Cuba le decíamos gallegos a todos los españoles) que somos los cubanos? Ya una vez en el siglo XIX subestimaron nuestra capacidad para el autogobierno y nuestra entereza para la lucha y el sacrificio. Su negativa a concedernos la autonomía fue el detonador para la guerra y la independencia. En el siglo XX reincidieron en el error en su contubernio con dos pichones del gallego Ángel Castro quien, habiendo empuñado las armas contra los insurrectos cubanos, huyo de Cuba como soldado derrotado para regresar después como explotador de campesinos, ladrón de ganado y testaferro de empresas multinacionales.

En este siglo XXI los cubanos hemos aprendido la dura lección de la España ególatra, avariciosa y despiadada que nunca nos ha tratado como hijos sino como objetos de explotación y control. Esta vez no permitiremos que se repita el deplorable espectáculo del Tratado de Paz de París que puso fin a nuestras guerras de independencia donde los terratenientes y comerciantes españoles quedaron en control de sus propiedades y nuestros mambises fueron abandonados a la miseria y a la dependencia de sus antiguos enemigos. Esta vez las víctimas serán indemnizadas por sus victimarios. Esta vez los verdugos domésticos y sus cómplices foráneos serán llevados ante la justicia según sus delitos y sus grados de participación. Pero no les quepan dudas de que tendrán que rendir cuenta por las espinas con las que han coronado nuestra crucifixión como pueblo.

Y que no nos vengan los componedores de batea y perdonadores de oficio con que el pueblo español no es responsable de las veleidades y ruindades del PSOE con respecto al pueblo de Cuba. Porque aquellos que nos atacan o nos denigran no se cansan de decirnos que los cubanos pusimos a Fidel Castro y que los pueblos tienen el gobierno que se merecen. Pues bien, los españoles han elegido en sus dos últimas consultas electorales al gobierno encabezado por el PSOE. La diferencia es que ellos tienen el gobierno por el cual han votado y nosotros hace cincuenta años que no hemos tenido una elección democrática. Son, por lo tanto, partícipes en sus aciertos y sus errores, sus bondades y sus maldades, sus actos de justicia al igual que de injusticia. Y la mayor diferencia es que ellos pueden cambiar gobierno sin incurrir riesgo y nosotros vamos a la cárcel sin siquiera criticar al gobierno. Y si alguien lo duda que se lo pregunte a los dos centenares de presos políticos y los millares de familiares que sufren con ellos. Su gran pecado ha sido sugerir que, más allá de las arengas y el adoctrinamiento, el pueblo cubano necesita mitigar su hambre de pan y sus ansias de libertad.

Todos sabemos que el pueblo de Cuba será libre más pronto de lo que están dispuestos a aceptar sus verdugos domésticos y de lo que quisieran sus explotadores foráneos. A lo largo y ancho de nuestra isla ultrajada y abatida pero orgullosa e indomable florecerán los rosales de la hermandad y de la concordia. Nuestro largo camino de soledad y dolor nos habrá preparado para la justicia--sin venganzas pero sin componendas ni falsas misericordias--que servirá de cimientos sólidos a la Cuba democrática del siglo XXI. Quienes quieran sentarse a ese banquete de libertad no tienen tiempo que perder. Pero me parece que los españoles, erguidos sobre su arrogancia y cegados por la avaricia, están dejando escapar el tren de la solidaridad con los perseguidos y la defensa de los derechos humanos que están obligados a tomar quienes como ellos sufrieron el ostracismo del mundo y la tiranía de Francisco Franco.

 

 


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