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Infamia y Estulticia
04-06-2008, Vicente Echerri

''Estulto'' era un adjetivo favorito de Lydia Cabrera, la célebre etnóloga cubana de quien no puedo evitar acordarme siempre que la palabra me viene a la cabeza. ''Estulto'' es otra manerade decir ''necio''; pero --o al menos a mí me lo parece-- con un cierto matiz de desprecio o de ligera repugnancia; en tanto lo de necio puede ser una afrenta atenuada por la misericordia.Unos cuantos argentinos, pero con la suficiente estridencia para enfangar a muchos, acaban de dar una prueba de estulticia: una gigantesca estatua en bronce de Ernesto Che Guevara que ha recorrido esta semana las calles de Buenos Aires antes de que la instalen definitivamente en la norteña ciudad de Rosario el próximo 14 de junio, día en que el famoso guerrillero comunista habría cumplido 80 años.

La estatua, de cuatro metros de alto y tres toneladas de peso, obra del escultor Andrés Zerneri, es el resultado de la fundición de 75,000 llaves y pequeños objetos de bronce donados por 14,000 personas, desbocados fans de un criminal inepto y despiadado devenido icono de la izquierda mundial.¿Cómo es que las autoridades, particularmente las de Rosario, así como la clase política y empresarial de esa ciudad, consiente en semejante despropósito: el homenaje permanente en el espacio público de un tipo que murió en el empeño de subvertir el orden que ellos representan? ¿Cómo puede un alcalde, un concejal, un diputado, un funcionario cualquiera tolerar --no digo promover-- un reconocimiento que constituye una afrenta al sistema institucional que los ampara? ¿Están locos o son estultos simplemente?Rosario es hoy una ciudad que difícilmente el Che habría reconocido: una urbe de casi un millón de habitantes (y de bastante más de un millón si contamos toda el área metropolitana), llena de espléndidos rascacielos que, en la noche, reflejan sus luces en las aguas del Paraná; centro de actividad económica de cuya pujanza presume la gente de la localidad.

¿Qué parentesco puede tener el moderno perfil de esa ciudad (un skyline que remeda al de Nueva York) y las instituciones que la respaldan con un forajido maoísta que soñaba con colectivizar América Latina?Si alguna duda tienen de esa contradicción los rosarinos --y quienes los gobiernan-- basta que miren a La Habana, una ciudad que estaba en pleno despegue económico hace medio siglo y a la cual el proyecto político del que Guevara fue un entusiasta creador y promotor ha convertido en un mugriento y andrajoso cascarón. Para el apóstol del igualitarismo miserable que fue el Che, el desarrollo capitalista --¿cuál si no?-- de su ciudad natal le hubiera parecido una abominación.Los idiotas que nunca faltan para alimentar estos cultos siguen repitiendo la ridícula cancioncita de Carlos Puebla, vistiendo las camisetas con la foto de Korda y afirmando de que se trataba ''del más grande idealista del siglo XX'', definición que le hubiera producido náuseas a Guevara quien, como buen marxista, detestaba el idealismo hasta en esa acepción popular.

El Ché no era más que ''una fría máquina de matar'' en el empeño de tomar el poder a fin de destruir --formal y substancialmente-- todo lo que la democracia representa.La erección de esta estatua es una verdadera infamia y tan absurda como si, en medio de una judería, le erigieran un monumento a un conspicuo criminal nazi; un insulto al que las personas decentes de Rosario deben oponerse de la manera más enérgica. En tanto llegue el día de su remoción, esperemos que no falten los que vayan a lanzar desperdicios y piedras a la imagen del notorio facineroso.

*El Nuevo Herald- 29 de Mayo de 2008


 


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