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Fábula: ¿Qué hacer con el penco?
02-05-2008, María Argelia Vizcaíno

En un país tropical del continente americano, donde no existen leones, el animal más feroz es el que se adueña del reino. Así ha gobernado un tiburón, que se bañaba y salpicaba; un asno con garras; y hasta una grulla con pata de palo, que se fue volando para regalarle el poder a un caballo.

El equino perfeccionó la corrupción y el sistema represivo, convirtió la dictadura en tiranía y despotricó a sus anchas por casi medio siglo. Pateó a todo el que no le rendía pleitesía, relinchó cuando sus ideas no eran acatadas, y trató de aplastar a todo el que no pensaba como él. De sus equivocaciones culpaba siempre al totí sin darse cuenta que su mayor error fue creerse inmortal y echarse a los gusanos como sus enemigos, y al transcurrir los años, acabó su vida como menos se lo imaginaba.

Mientras se creía omnipotente utilizó para su provecho a todos los animales, y a los que no le servían los eliminaba, aunque fueran sus aliados y de su misma clase, por ese refrán que dice que "yegua que corcovea no es buena para carretón", mandando al burro delante para que no espante.

Como estaba consciente de todo el daño que causaba, tenía miedo de aquel que pudiera oponérsele, y adiestró unos perritos para que lo defendieran a costa de su propia vida. Andando con esa fiera (llamada en latín Equus caballus) aprendieron a vigilar, atacar, morder y despedazar. Y aunque perro lamiendo no engorda, sobrevive; se sintieron que eran los herederos del trono que tenían que cuidar.

El camaleón se adaptó rápido cambiando de color de acuerdo a la situación, otros empezaron a chuparle el rabo a la jutía para poder aguantar el calvario, y a muchos la situación insoportable les hizo que le entraran guayabitos en la azotea. Las aves migratorias no regresaron y las aves locales empezaron a emigrar, y les quitaban todos sus bienes y el sagrado derecho a vivir en su tierra y así y todo, como la mayoría quería espantar la mula, a algunas les cortaron las alas, y a otras las encerraban o las mataban si las sorprendían en el intento. Hasta la jicotea quiso volar y se rompió el carapacho.

En menos de lo que pestañea un mosquito, dejaron a todos como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando. Y hasta la luz de los ojos del cocuyo se la quitaron. Por supuesto, había sus excepciones, muy limitadas, como los zorros, que comían como puercos arrastrándose como el majá. Y el mono, que hace todo lo que ve, pero no se fía ni de su rabo, igual que el cochino de monte, sabe de qué palo rascarse. Por eso se comunicaban en voz baja porque detrás de un matojo puede que haya un chipojo. De todas formas cuando los apretaban un poco hablaban más que un cao, de ahí que aprendieron rápido que lo mejor que tenían que hacer era como la cotorra vieja, no hablar, porque el único que podía decir lo que quisiera era el caballo, repitiendo mentiras, amenazando, manipulando la información y a veces llorando como el cocodrilo. Penosamente, sabiendo el engaño de que eran víctimas, las focas aplaudían a más no poder, porque el miedo es más fuerte que la ética.

Pero los que menos moral han tenido son los papagayos amaestrados que deambulan por el mundo aprovechándose de las ventajas de vivir en democracia, haciendo lo que no se permite en su tierra, repitiendo los mitos creados por el caballo, insistiendo que los gusanos exiliados son asalariados del imperio, cuando los únicos que reciben dinero de un gobierno y mal habido, son ellos que compiten con las ratas de cloaca.

Los pobres guanajos eran los únicos que le creían de corazón al caballo y trabajaban más que un burro, pero de nada les valía porque morían como ratón en ferretería, ya que no había ni donde amarrar la chiva. Al pez le pareció buena la carnada hasta que se enganchó en el anzuelo, es que para algunos el dolor tiene que ser muy fuerte y sentirlo en carne propia para poder reaccionar. Ya era muy tarde para bajarse del tren, había que aguantar como un toro, porque ni el tigre de la Malasia podía solucionar que no le cayera comején al piano.

Claro que hubo gallitos de pelea que se reviraron, pero a los que no mataron los volvieron gallinas a fuerza de palos, poca comida, enjaularlos, hostigarlos, o deportarlos. Y mientras más gallinas hay en un gallinero, más porquería y menos huevo. Al chivo no le valió hacerse el loco porque lo hicieron chilindrón, sólo la gatica de María Ramos tiraba la piedra y escondía la mano.

En otras partes del mundo cacareaban, chillaban, berreaban, dando soluciones. Porque para todos, a excepción de los animales acuáticos, les es muy fácil nadar fuera del agua. Increíblemente desde el exterior quienes no han tenido que soportar el dolor de las pateaduras directas o indirectas del caballo han permanecido, algunos indiferentes, otros alborozados, convirtiéndose en cómplices por intereses mezquinos, por ignorancia o por un cobarde chantaje. Es vergonzosa su solidaridad con la injusticia. Otros muchos nunca han comprendido que cuando la araña se fue a tragar la mosca, ya la tenía enredada en la tela.

Los perros molestaban más que las ladillas por orden directa del caballo y cuando atacaban a sus propios hermanos, los gritos no los defendían. Empezaron a perseguir, no sólo a los que pensaban diferente, también a los indefensos pargos, a las chernas, los patos y gallaretas, aunque a veces alguna guabina se les resbalaba, porque cuando llueve mucho hasta los sapos se ahogan.

Los pobladores de ese lugar parecían conformarse con esos bueyes que tenían para arar, creyendo que bicho malo nunca muere, y que no valía que le dieran candela como al Macao. La mayoría deseaba huir como única alternativa para poder vivir libremente, otros decían que desde lejos podían ayudar más a sus hermanos atrapados, pero por mucho que el aura vuele siempre el pitirre la alcanza. De nada ha valido poner tierra por medio, cuando lo que hay que exterminar es el mal para encontrar remedio.

Y cuando más contenta saltaba la rana, se le partieron las patas. Todos sabemos que lo que sí no perdona a ningún ser vivo es el almanaque, siempre nos pasa la cuenta. Gracias a los años el caballo se volvió un penco, y para colmo excrementado. Por esto los perros se asustaron, saben de sobra que detrás del jefe les toca el turno a ellos, y muerto el perro se acabó la rabia. Se creyeron todo ese cuento del caballo grande ande o no ande, y no fue así, le llegó la hora de dejar de andar, e idearon ocultar su gravedad, hasta decidir qué hacer con el cuerpo inerte del penco.

La idea inicial tuvieron que cambiarla. Es que hubo una época en que le aseguraban que el poder les duraría una eternidad, y era la moda embalsamar a los mandatarios despóticos cuando morían, para seguir obligando a futuras generaciones a adorarlo. Pero esos pueblos al ser liberados se vengaron de la momia exhibida, y ahora los perros creyeron que no era oportuno embalsar al equino en jefe.

Pensaron entonces mejor incinerarlo, para distribuir por todo el país sus cenizas y cada población tuviera un lugar donde se pudiera obligar a venerarlo, rememorando sus arbitrarias consignas y repitiendo todas sus diatribas y artimañas inverosímiles para seguir subyugando a los que queden bajo su dominio. Así se esparcirían las patas en el lugar donde dio sus primeras patadas; la cabeza en el sitio donde maniobró sus macabras ideas para obtener el poder absoluto; sus dientes donde más se rió de su pueblo. Pero al llegar a la parte de su trasero, se asustaron los perros, porque tendrían que distribuirlo por toda la nación, ya que ha llenado el país entero de excrementos, y eso les haría recordar la forma tan inesperada como terminó sus días escatófagamente.
Entonces, se reunieron en su "mesa retonta" para preparar un entierro convencional, pero que fuera algo estrepitoso que nunca antes se hubiera visto en el mundo, y se dieron cuenta que de esta forma el que fue un caballo salvaje y que quedó convertido en penco terminaría lleno de gusanos, los que tanto despreció porque no estaban de acuerdo con sus ideales totalitarios. Esos gusanos a los que siempre creyó que los había vencido en todos los frentes y todas las batallas, finalmente le ganarían la guerra.

Por eso los perros no saben cómo dar la noticia del fin de la vida del penco, porque no han podido resolver el destino de su cadáver. Esto me recordó un trabalenguas de mi infancia: "Un gusano tuerto, yo vi en el huerto, comerse el cuero de un caballo muerto".

Y mi coterráneo el Padre Luis García me recordó una décima popular al respecto:

El caballo se enfermó
y tan enfermo se puso
que el veterinario ruso
enseguida lo atendió.
Tan débil lo encontró
que al levantar la montura
viole las mataduras
tan rellenas de gusanos,
que dijo al pueblo cubano:
!!¡El penco no tiene cura!

Moraleja: El gusano nunca ha respetado categoría del muerto.-


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