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Ángeles sin amparo
04-10-2006, Marcelo Jiménez Jiménez

Esteban Moro es un hombre de unos 38 años de edad. Y aunque una barba bastante tupida le cubre el rostro, aún conserva la frescura juvenil de cuando sus amigos de la adolescencia le nombraban “El Gato”. El mote le venía muy bien, pues era uno de los que trepaban por los aleros de las edificaciones becarias para llegar hasta los albergues dormitorio de las internas que junto a él cursaban el bachillerato. En su caso se destacaba y ganó renombre por no ser apresado en ninguna de las “incursiones heroicas”, con tintes de villano a lo Dick Turpin o Tom Sawyer.
Ahora Esteban es uno de esos valerosos profesionales que, aunque no se opusieron concretamente al poder político, sí desertaron de las filas del Ministerio de Educación y fueron a dar a la barra de un bar en una instalación turística. Él luego ascendió hasta guía de turismo por sus conocimientos de inglés.
Su preocupación no es su propio bienestar, sino el de su hijo, adolescente hoy.
Para el gobierno, la situación de los becarios nacionales no pasa de unos retoques a las descascaradas instalaciones ubicadas en los planes vianderos o citrícolas, como los existentes en esta provincia oriental. Nada se dice de las duras condiciones alimenticias, la impunidad que ostentan los administrativos respecto a la corrupción, ni sobre el desvió de recursos en estos centros, pero menos se dice de lo que prácticamente se pudiera considerar como un sistema carcelario que opera en dichos albergues.
Allí la convivencia es un asunto que va más allá de las típicas riñas de la edad. Para que se tenga una aproximación, baste saber que los “mandantes” son titulados “jefes de albergue” y sus nombrados “lugartenientes” son denominados “jefes de limpieza”. En estos centros la limpieza es por cubículos, pero, con la anuencia de los antes mencionados, un padre puede pagar por meses o el año completo, si así lo desea, para que su hijo no toque una escoba o recogedor. También se presta en servicios o custodia tanto a hembras como a varones.
Así es fácil ver a los alumnos de grados terminales de escolaridad, de cuerpo fornido y algo de guapearía, con “inmunidad disciplinaria” custodiando a muchos más débiles, tímidos o normales. Son frecuentes los ajustes de cuentas, los diezmos obligatorios a la base de alimentos y otras pertenencias. Sin embargo, en las encuestas, investigaciones y publicaciones oficiales sobre el sistema educacional en becas, se hace mutis por el fondo, hablando en el argot del teatro: “El silencio reina, la complicidad se impone”.
Hoy Esteban Moro recuerda casi arrepentido su fama de “capo juvenil” en los internados y escuelas llamadas “De cara al campo”. Ahora, con el vientre abultado, la barba entrecana y el lenguaje desfasado, poco puede hacer su estampa de antiguo felino. Otras fierecillas indomables acechan a su entrenado cachorro. La orfandad escolar de su hijo le produce hoy un insomnio feroz.

* Periodista independiente miembro de la agencia de prensa Jóvenes sin Censura


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