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La admirable terquedad de los españoles
11-04-2008, Luís A. Baralt

Partí de viaje unos pocos días después del 9 de marzo, día de las recientes elecciones generales de esta madre patria -- en la que transcurren lentos, placenteros si bien infelices, por el añoro de mis verdaderas playas, e inexorables mis años postreros. Y me sentía perplejo ante una observación inesperada.

¡Albricias! Las dos Españas parecían desaparecer ante los resultados de la consulta y todos se habían echado a dormir la siesta. Toda España dormida, de cansancio, aburrimiento, desconcierto, desconsuelo, consuelo (porque quien no se consuela es porque no quiere, tiene la depre, o no es ciento por ciento de casta mediterránea. ¡Cómo no consolarse con este sol invernal y estas temperaturas idílicas de la ‘playa’ de Madrid en medio del tradicional marzo-ventoso/abril-lluvioso de la planicie!…

En fin, yo me iba a Suecia para cambiar de aires, conocer a una nueva nieta y pasar un poquillo de frío (poco) en aquellas latitudes antes cuasi polares. Y cuarenta millones de españoles, con gran acierto y justificación, se tumbaban a echarse un pestañazo de varios días y a dejar pendientes los asuntos más delicados y las decisiones de más imperiosa necesidad. ¿Y por qué no? Estaban tutti contentti: el gobierno, porque había resultado el partido más votado; el principal partido de la oposición, porque había ganado en número de votos; los mini-partidos, porque todavía eran – posiblemente, quizás, o no tan quizás -- necesarios para formar nuevo gobierno; los nacionalistas, por lo mismo; quienes no habían votado, porque no se habían esperado otra cosa de los políticos y todavía podían comer aunque fuese conejo – las tripas no han empezado a apretar y gimotear todavía… Y por sobre todas las cosas, flotaba en los aires primaverales madrileños la apuesta general por una nueva legislatura de “entendimiento, diálogo, talento (por supuesto), conciliación, ansias de paz, etc., etc.….”, promovida por todos los políticos y, en particular, por la relajada/circunflejada y sonriente faz del presidente Zetapé.

Pero hete aquí que regreso unas semanas más tarde y me encuentro con que la siesta de concordia ha durado bien poco. El secretario general del partido gobernante (el inefable señor ‘Pepiño’) se ha apresurado a acusar al partido de la oposición de que no descarta para el futuro su actitud beligerante, reaccionaria y crispadora. Los funcionarios de todo el ámbito nacional de la Justicia se encuentran en huelga desde hace casi dos meses y los archivos de los tribunales se han convertido en el equivalente ibérico del basurero municipal napolitano. Los médicos y profesionales técnicos de la Seguridad Social hacen huelga también en pro de “los beneficios de los pacientes” (no de sus salarios, ni se sospeche tal cosa). Todos, o casi todos, los líderes políticos contribuyen en tv y demás medios a la riqueza del léxico español usando con generosidad el vocablo MENTIRA, dedicándoselo a sus colegas de otros partidos. Y el trasvase del Segre–Ebro hacia el Levante, que se seca a luces vista, sigue durmiendo el sueño del Plan Hidrológico Nacional, ya va de décadas. O sea, todo ‘normalito’.
Por otra parte, el dirigente máximo del partido de la oposición se envalentona noblemente ante el fracaso, retoma las riendas y emprende una renovación del equipo protagonista de su partido sin esperar al congreso programado para junio, y sin promover, como es lógico que hiciera dados sus sendos y honorables fracasos consecutivos ante las urnas, un proceso similar al de las primarias de otras naciones civilizadas.

Se aproxima el verano y el gobierno carece de plan para enfrentarse a una probable crisis económica internacional de envergadura, que ya enseña sus garras dentro del sector inmobiliario de la nación. Tampoco lo tiene la oposición, pero ésta es lógico que no lo tenga, pues no constituye su responsabilidad. Por otra parte, quienes pudieran concretar un programa lógico y alternativo, o se apartan de la política, o los apartan, o brillan por su juvenil impericia. Todo muy justificable, y que viene a apoyar mi opinión de que los españoles, cuando son tercos es porque tienen la razón de su parte, y por ello es que son ‘admirablemente’ tercos.

A veces me pregunto, sin embargo (y yo soy de sangre ibérica o mediterránea por los cuatro costados), si no sería más ventajoso de vez en cuando, y especialmente a la larga, ceder un poco, tener cintura, esperar con calma la nueva oportunidad, que frecuentemente se presenta a su debido tiempo; o sea, y por qué no decirlo, adoptar un poquillo de la pragmática anglosajona que tan buenos resultados da en las democracias septentrionales. Después de todo, los nórdicos están aprendiendo muchas cosas de nosotros, y me lo confiesan en mis viajes por esas latitudes: a divertirse mejor, a gozar el momento, a franquearse y alegrarse más. Y esto lo aprenden en nuestras playas y ciudades, infinitamente más amistosas y acogedoras que las propias. Pues sí, España es diferente, pero no nos neguemos tontamente a aprender un poco de los demás. La terquedad será muy noble, pero en los toros, digo yo; en la otra mitad de los habitantes de esta península es una solemne idiotez.

Desde Madrid, a 7 de abril de 2008


 


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