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Cuba y su Realidad Social 29-03-2017

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VÉRTIGO
27-03-2008, Jorge Olivera Castillo

Podrían decir que soy un acerbo crítico. Habrá quien me tilde de redomado inconformista. No me tomaría por sorpresa otras voces queriendo echar combustible sobre mis pánicos. ¿Qué si tengo miedos? Pues claro. Debo admitir que no son un estorbo. Hace tiempo dejaron de ser esas fieras indomables. Los diviso en mi conciencia, dóciles y juguetones. No muerden, ni desgarran. Obedecen sin chistar la orden de aquietarse o empequeñecer hasta la mínima expresión.

Esas palabras, antes muy útiles, para que los temores me mordieran el alma. Hoy pasan inadvertidas entre mi selva de neuronas. “Contrarrevolucionario”, “gusano”, “malagradecido”, “mercenario”. Nada de eso me estremece.

Los artesanos de la infamia siguen con las mismas herramientas y rutinas. No logran productos de trascendencia. La materia prima sólo les alcanza para facturar las podredumbres de siempre y su razón sigue siendo un trozo de sombras.

Mi elección los saca de sus casillas, pero nunca podré ser un paladín del fraude. Digo lo que pienso, soy un portavoz de lo que percibo en el barrio y sus alrededores. ¿Por qué quieren que me cobije bajo las alas del silencio? ¿Cómo ser auténtico aplaudiendo en lo que no se cree? ¿Es posible la integridad a partir de un viaje, sin final, por la órbita de la farsa?

Vuelvo, sin pensarlo, a la senda de una realidad que la prensa oficial apenas roza en su carrera por llegar a convencer al lector. Entre párrafo y párrafo desaparecen las aristas incómodas. Todo queda con un final feliz como en los cuentos de hadas.

Ahora hay leves asomos a la crítica. Reproches enanos entre problemas gigantes. ¿Qué se puede conseguir poniendo en el colimador cualquier asunto social irresuelto, mientras se continúa a merced de una ideología que estimula conductas y estilos de vida basados en la indiferencia, la doble moral y la enajenación?

Por más que intento encontrar un hálito de esperanza, no hago más que tropezar con pedruscos y cáscaras de plátano. No es una metáfora. Esos son parte de los adornos de callejuelas y avenidas.

Lo más trágico de esto es la existencia de miles de contribuyentes a esas comarcas del caos.

La gente saca a sus animales domésticos a evacuar sus necesidades fisiológicas en la vía pública. Los residuos de la limpieza del hogar descienden de balcones y azoteas sin previo aviso. El desagüe albañal es un detalle familiar en cientos de vecindarios.

En algunas barriadas muy pobres ya es costumbre defecar sobre periódicos y en la noche dejar el paquete en cualquier sitio.

Un anciano resopla su flema por uno de sus orificios nasales, cubriéndose el otro para aumentar la presión de salida. Lo hace con la naturalidad de un infante a escasos metros de un grupo de personas. Hay protestas tibias, señal de que la acción no es grave. Un síntoma de que la miseria profunda y prolongada, embriaga, anestesia, cauteriza la sensibilidad.

A ritmo de reguetón llega el crepúsculo. La música hace temblar las paredes del edificio. Los decibeles se desbordan por las bocinas y anegan todos los apartamentos. Seis horas bajo el asedio rítmico y no aparece el final del aquelarre. Nadie puede escuchar la programación televisiva. A los jóvenes no les importa. “¡Que se jo……., hoy es mi cumpleaños!”, señala el homenajeado como si fuera el dueño del mundo.

Se escucha un escándalo. Entre el griterío sobresale un tropel de groserías en varias tonalidades. Son un par de mujeres que se lían a golpes y se tiran de los pelos.

Una queda en paños menores. Las dos están descalzas. A pleno día ocurre el incidente. Todo fue por disputarse el puesto en la fila para comprar las dos libras de papas per cápita que reparten por la libreta de racionamiento.

La educación formal es una figura esotérica. Algo que el socialismo borró de las historia de Cuba.

Sobrevivir es una estación fija. Un cuchillo de doble filo que deja el sentido común colgado de las terribles circunstancias.

Cuba me causa vértigo. No llego a desfallecer por la necesidad de mantenerme despierto en la jungla. Tengo que retratar con palabras algunos capítulos de las tragedias, aunque insistan en decirme contrarrevolucionario. Mis miedos pude domesticarlos, los deseos de ejercer la libertad de expresión no. Esas fieras son indómitas, tenaces y de hambres pantagruélicas.


 


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