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Cuba y su Realidad Social 23-05-2017

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Bandera Blanca
23-03-2008, Jorge Hernández Fonseca

Que la situación se ha tornado propicia para el mantenimiento de la dictadura en Cuba, pocos lo dudan. Que las circunstancias sean adecuadas para Raúl y sus generales en sus afanes sucesorios (con vistas a amasar fortunas tranquilamente en un nuevo sistema de capitalismo de estado) --medio chino medio criollo-- salta casi a la vista. Que el panorama internacional sirva a las pretensiones hegemónicas de la familia Castro en Cuba, nadie lo puede negar. Y que ahora Raúl pretenda dar un poco de pan al pueblo de Cuba --nunca libertad-- lo doy por descontado.

En momentos que las Damas de Blanco se quejan por el abandono internacional ante su justa causa, a pesar de haber sido galardonadas con el Premio Sajarov. Cuando la Unión Europea se presta a levantar las sanciones impuestas a la dictadura cubana por una represión que lejos de cesar se ha incrementado. Difícil es de ver desembarcar en la Habana a la Canciller mexicana con un mensaje de paz y amor a la dictadura que los desprecia. Complicado es digerir el criterio oficial colombiano mediante el cual nuestro verdugo se evalúa positivamente como jugando un “papel positivo” en su conflicto interno. Desagradable es leer que el Chile democrático acaba de aprobar un Acuerdo de Libre Comercio con Cuba, o ver a la Santa Sede emitiendo señales inequívocas de cercanía a la dictadura que la critica, así como ver reelegirse al equipo gobernante español que ha apoyado al dictador económica y políticamente, para no pronosticar el triunfo de un gobernante pro Castro en las elecciones de Estados Unidos. Y así por delante.

Sin embargo, el hecho que constatemos esas tristes realidades (graves para el futuro de la Nación democrática) no significa que los opositores cubanos debamos iniciar un proceso para desvirtuar la naturaleza del régimen que ha oprimido a Cuba el último medio siglo. Digo desvirtuar, porque la esencia del marxismo que los anima (a pesar de su fracaso) es el oportunismo, ampliamente expuesto en sus postulados teóricos, a los que no han renunciado.

Surgen declaraciones bienintencionadas que tienden la mano al opresor. Se escriben artículos de fondo con muchas razones esgrimidas para justificar el acercamiento. Se organizan reuniones llenas de cantos de sirena que nos llaman a la cordura. Pero,… ¿donde está el gesto que nos indica la voluntad de cambios políticos de la dictadura? ¿Cual es el indicador de que el acercamiento --razonable si hay reciprocidad-- es correcto, y hay un dictador receptivo?

 

Las dudas lógicas surgen de un hecho incontestable: la dictadura lleva ahora la mejor parte. Ganó inicialmente la guerra contra la juventud democrática cubana a inicios de los sesenta y gana ahora la paz de un país traumatizado y entristecido, cuya juventud prefiere los ecos del escape balsero a la lucha, y una sociedad envejecida que aprendió con el hambre a obedecer.

¿Cómo es que pretendemos imponerle condiciones de negociación a una dictadura marxista que está convencida de su éxito, y más convencida aún de nuestro fracaso? Hurgemos en la esencia de sus razonamientos, escritos de manera elocuente y profusa en la ideología marxista: “La supuesta tolerancia del enemigo ahora, después de vencido, es debilidad”. ¿Será que tienen razón? y a pesar de que pensemos honestamente en negociar, ¿no será debilidad real?

Las circunstancias políticas cubanas tienen un símil en la situación política colombiana, sólo que de signo contrario. En Colombia las fuerzas comunistas (FARC y ELN) están virtualmente derrotadas y por eso insisten en negociar, llegando incluso, después de la muerte de dos de sus más altos comandantes, a expresar que “eso no es escollo para la negociación”. ¿Dónde está la dignidad de esta banda de secuestradores y narcotraficantes que nadie quiere? ¿Es ese el espejo de negociaciones de los cubanos demócratas con una dictadura que no se ha movido un milímetro de su posición de opresión, ordeno y mando, a pesar de su fracaso económico?

Personalmente sería partidario de negociar con el régimen si hubiera una señal clara, y/o una convocatoria que reconozca al menos que seremos escuchados como oposición. Lo que no podemos –los demócratas cubanos-- (otros podrán hacerlo sin lógicamente decirse patriotas o demócratas, quizá llamándose intelectuales sensibles, o algo por el estilo) es aceptar ir a un callejón sin salida, en el cual legitimaríamos a una dictadura que carece de voluntad política.

Insisto en el carácter marxista de la dictadura. No estamos ante un dictador como Pinochet, que prometió irse si perdía el plebiscito, y se fue, a costa del posterior encarcelamiento y escarnio por todo lo alto, lo que constituye una lección más de lo que nunca debe hacer una dictadura.

Personalmente firmaría todas las proclamas apaciguadoras. Rubricaría todos los perdones y aceptaría condiciones en cualquier campo, siempre que existan razonables probabilidades de resolver el trauma cubano. Pero, ¿de quienes parten las propuestas de negociar? ¿De los perdedores (nosotros), o de los victoriosos (la dictadura)? La oposición política no tiene evidentemente condiciones de negociar nada, incluso porque no ha habido receptividad ninguna en ese campo, donde la dictadura (marxista) se considera plenamente victoriosa.

El drama cubano ya dura medio siglo y muchos carecen de la capacidad de comprender el momento de negociar. No es perdiendo en la lucha que se debe ceder (si existen condiciones para vencer en el futuro) incluso hasta porque el contrario que gana, arrebata sin que necesite que cedamos. Por eso, no ha llegado el momento de pisotear lo poco que tenemos, dignidad.

No es un patrioterismo barato lo que impulsa estos razonamientos. No es el camino épico del sacrificio inútil lo que trato de mostrar. Es la simple rendición por cansancio que tanto duele al corazón de la patria cubana, justo cuando es evidente la equivocación del camino que la dictadura tomó con todo un pueblo cautivo, oprimido, hambriento y extenuado. Hay que resistir.

Es difícil escribir mostrando un camino para el cual no hay futuro a la vista, ni razonamientos que demuestren lo inmediato de una victoria a corto plazo. Sin embargo, para ser perdonados por los verdugos que nos desprecian, siempre habrá tiempo. No es el momento de empeñar el honor. Hacerlo sería enarbolar “Bandera Blanca” ante la opresión, la desidia y el desprecio.


 


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