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El mito del exilio desorganizado
03-10-2006, Luís A. Baralt

El exilio cubano, entre los que salieron de la Isla y los que son nacidos en el exilio pero no por eso menos cubanos, suma probablemente varios millones. Los hay de todas clases: viejos y chapados a la antigua (probablemente se encontrarían en la Cuba de hoy como pez fuera del agua); nacidos en el “extranjero” de primera, segunda o hasta tercera generación (en la mayoría de los casos, no todos, todavía sujetos a una esencia de tradición cubana bastante persistente en el tiempo debido a la solidez de su formación nacional, y tocaré este tema abajo en mayor detalle); y los que habiendo salido en años más recientes son entre maduros y jovencísimos (pero lógicamente más formados, o tocados, por la revolución castrista).

No obstante, en general destaca entre ellos una condición común menos característica de otras emigraciones políticas, la de su concentración masiva en tierras de la Florida, por razones obvias de proximidad geográfica. Y no es que no los haya también ampliamente distribuidos por el mundo en general. De la ejemplar colonia cubana en el estado de Texas tengo noticias frecuentes. De la bastante numerosa y activa en Suecia, digo igual. De la de Madrid, en España, el autor es una parte minúscula. En fin, estoy seguro de que debemos tener representantes hasta en Timboctú y en el Polo Sur. Pero la realidad es que una concentración muy densa se encuentra en el estado floridano e, incluso, ha influido en acontecimientos tan importantes como el otorgarle la reelección al Presidente Bush en la última consulta electoral de su país.

En cuanto a su indiscutible (aunque algunos la discutan) solidez nacional, se puede afirmar que se halla entre las más destacables de América. El alma nacional cubana estaba ya formada desde temprano en el siglo XVIII, y en el siguiente procuró reafirmarse casi incesantemente, desde el principio de las guerras emancipadoras del resto del continente. La condición insular de Cuba, y la primacía que le dedicaba España en defensa de sus derechos coloniales, impidieron su emancipación hasta tarde en el citado siglo, pero es de observar que tuvo que dedicar la metrópoli a su defensa, sólo en la última fase del proceso, más de doscientos mil soldados, cifra mayor que a la que recurrió para enfrentarse a las revoluciones de San Martín, Sucre, Bolívar e Hidalgo en su conjunto. Y la figura de José Martí es, de por sí, tan aglutinadora que puede avisarse que mejor no se la toquen a un cubano, ya que seguramente saltará furibundo más presto que un integrista islámico si le tocan a Mahoma.

Las emigraciones de otras dictaduras, como la soviética, la nazi en Alemania, la fascista en Italia, o la franquista en España, se dispersaron por todo el mundo. Claro, acabaron muchos alemanes en Suiza, italianos y españoles en Francia, también por proximidad geográfica, pero no en el grado de concentración de los cubanos en Miami y alrededores. Y no se hable de los rusos “blancos”, que se dispersaron por toda Europa y América y que nunca brillaron por su capacidad organizativa. Y, sin embargo, hemos conquistado los cubanos del exilio el título indiscutido del “exilo desorganizado”, el “exilio caótico”, el “exilio vociferante” y “exasperante” e “irreconciliable” y todo lo que se quiera añadir para desprestigiar a un grupo humano que sólo coincide en su amor por la Libertad. (Valga la salvedad de Álvaro Vargas Llosa, que en algún momento nos llamó el “exilio indomable”.)

Tengo que reconocerlo. Yo he sido uno de los auto-críticos del exilio, y he abogado vehementemente por la unión, la cooperación, el hacernos concesiones mutuamente, el lograr una representación unitaria, como por ejemplo, durante los primeros años, un gobierno en el exilio. Todo en vano, por supuesto. Sin embargo, estoy forzado a admitir que en gran parte la culpa de no habernos entrelazado o coordinado mejor no ha sido sólo nuestra. Las circunstancias han conspirado contra nosotros; los gobiernos democráticos del mundo han conspirado contra nosotros. Unos, por intereses políticos partidistas, otros por intereses económicos o nacionalistas, otros por efecto de la cizaña sembrada por nuestro Némesis castro-comunista y sus aliados “Demagogia”, “Ignorancia” y “Oportunismo”. Y el mundo entero, en su absoluta “desconflautación” actual, ha conspirado contra nosotros. Pero eso no es a lo que voy.

En realidad, por más que busco en la historia reciente del mundo, no veo otros exilios políticos que hayan estado mucho mejor organizados que nosotros. Lo de los Rusos Blancos es risible. Los rusos exiliados se dedicaron a lo que mejor sabían hacer para ganarse la vida, o simplemente a conservar sus costumbres aristocráticas y poblar a las capitales europeas y centros económicos de los Estados Unidos con príncipes y princesas a tres por cuarto. En el mejor de los casos, a conservar sus costumbres culturales, como una familia que conocía yo en Chicago que de ruso no conservaban una palabra, o quizá media, más algunas del francés, pero que todos los años me convidaban a dos fiestas: una, en Navidad, para servirnos delicadezas de la cuisine rusa, y otra en la Pascua, donde se especializaban en huevos coloreados escondidos en el jardín (por cierto, que llegaron a imponer esta tradición en buena parte del universo). La detestada dictadura en su país duró (en cierto modo, es cuestionable el que se haya acabado) tres cuartos de siglo.

Lo mismo poco más o menos se puede decir del exilio español. Crearon un gobierno en el exilio que sólo reconocían, si mal no recuerdo, París y México, y al que sólo hacían caso protocolariamente algunos políticos, y menos exiliados. Estos últimos se dedicaron a enseñar en universidades americanas y ganarse la vida, lo que está muy bien, y de paso construir algunas de las fortunas personales más grandes de América (los Ferrer, de publicidad, el de las Coronitas, Arango del VIPS, etc.). Y de los exiliados del nazi-fascismo (Alemania, Italia) ¿qué se puede decir? Poco o nada; se integraron magníficamente en los países diversos a los que huyeron, y entre los americanos y los ingleses se encargaron éstos de lidiar con Hitler y Mussolinni. ¿Qué quiero decir con esto? ¿Que no debemos unirnos u organizarnos? No, por supuesto. Pero quiero sentar las bases para afirmar que no estamos tan desorganizados como se presume.

En Miami, en Washington, en Chicago… los cubanos han organizado grupos e instituciones de estudios cubanos importantes. Existen infinidad de sitios Web y periódicos digitales especializados en recoger aspectos de la cultura cubana y que abundan en información casi exhaustiva al respecto. Algunos están dedicados al estudio y la divulgación de los principios de la democracia participativa y la sociedad civil en todas las comunidades, no sólo la cubana. Los esfuerzos por mirar al pasado, con crítica constructiva, y al futuro con planes organizativos y constitucionales, es verdad que pueden divergir, pero abundan los que son ampliamente reflexivos. En Miami y en buena parte de la Florida los cubanos han sido motores en la creación de asociaciones culturales, museos e instituciones de estudios avanzados modélicos. Se han organizado estudios de los resultados post-sovietización de las naciones del Este europeo, a fin de prevenir los baches o cenagales que se vislumbran para una Cuba después del Cambio.

Los cubanos exiliados han dedicado decenios, es cierto, a mejorar sus propias perspectivas económicas en el estado de la Libertad, pero al mismo tiempo han aprendido que ésta conlleva responsabilidades, deberes, sudor y muchas dificultades, a superar. Se han formado grandes capitales, muchos de los cuales implican la posibilidad de invertirlos en una Cuba devastada por la incompetencia, el subdesarrollo (o mejor sea dicho, la “deconstrucción”) y la falta de Libertad, una vez que desaparezca el régimen.

Y llego al quid de la cuestión. ¿Cómo va a desaparecer ese régimen? Pues no lo sé, lo reconozco. Pero una cosa sí sé. Al igual que muy certeramente se ha dicho que las civilizaciones tienden a desaparecer a la medida que sus miembros empiezan a padecer de sobrepeso mórbido, los regímenes o gobiernos tienden a colapsarse a la misma medida en que se extrema la escualidez mórbida de sus poblaciones. ¿Y quién duda que el estado tal de necesidad, de poca salud (con los estragos del dengue, la tifoidea y la morbidez ocular) y de endeblez generalizada de la población cubana en la actualidad es de mucho cuidado? Que el régimen se desplome no es de cuestionar, y con toda probabilidad lo hará más bien pronto que tarde (es decir, tarde ya es, puesto que ha durado 47 años, pero me refiero relativamente al día de hoy); sin embargo, el cómo ya es otro perro.

El que se organice el exilio, a estas alturas, es cuestión académica e inmaterial. Ningún exilio ha tumbado a un régimen entronizado. Y pocos exilios se han organizado, en lo que permiten las circunstancias, tan productiva y constructivamente como el exilio cubano. Lo que me permite afirmar que sí, efectivamente los motores o fulminantes inmediatos al colapso del régimen es probable, o posible, que se encuentren actualmente en la Isla, pero el día siguiente al cambio, este exilio cubano desorganizado, vociferante, irreconciliable e inmanejable va a tener mucho que contribuir, con su experiencia de la Libertad, a reconstruir una Cuba próspera y nueva.


Desde Madrid,
28 de septiembre de 2006


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