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Cuba y su Realidad Social 28-04-2017

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Transición Castrada
03-03-2008, Luife Galiano

El comandante Castro, en un acto de claro nepotismo, delegó la responsabilidad de la nación, con carácter provisional, en su hermano. Año y medio después, unas elecciones de ‘postalitas’ han ratificado el sacrosanto deseo del que asciende al púlpito de los infames nombrando al hermanísimo Asere Supremo de la Nación.

Dejando de lado el hecho de la delegación fraterna (que ya es mucho), el Estado seguirá funcionando como lo hacía con el Máximo Líder. Todos los países, en líneas generales, disponen de planes de contingencia que entran en funcionamiento en estos casos. Ello garantiza que las funciones del Estado continúen desarrollándose o bien que, en caso de fallecimiento, exista la jefatura que accione los mecanismos para el juramento y toma de posesión del sustituto hasta la celebración de nuevos comicios. Por tanto, no debería haberse provocado el estado de alarma social que se produjo con dicha delegación.

Sin embargo, lo que en un país democrático sería un procedimiento normal, en Cuba resulta una conmoción de proporciones inimaginables. Ello es así porque nadie en su sano juicio —y que no sea un cubanólogo a la española; esos que sólo escriben cuando los Castro les agitan las nalgas— se puede imaginar una transición no concebida con mucha antelación.

Nada en Cuba, y mucho menos un giro del paradigma, se realiza de manera improvisada. El cambio en las altas instancias cubanas fue pactado y su hoja de ruta diseñada con tanto esmero y antelación que, incluso, tiene visos de frescura. Todos los puestos fueron repartidos a partir del agravamiento del Dr. Castro y se tomaron las medidas necesarias y realizaron los sondeos pertinentes para que no se produjese el más mínimo alboroto nacional. Claro que, no todo fueron aciertos. Tras el anuncio de la sucesión, se produjeron los comentarios sobre el posible éxodo de afectos al régimen, del miedo a una invasión norteamericana según un plan secreto vox populi entre todos los analistas o la insurgencia de los miles de disidentes gracias a la supuesta financiación de la CIA. O, quizás, sí. No es posible imaginarse un régimen de terror desmesurado que desprecie opciones de actuación tan evidentes. Dentro de la acostumbrada paranoia colectiva, Cuba incrementó la presencia policial en el país y movilizó a los reservistas. Muy pronto, el estado de salud del Dr. Castro se convirtió en secreto de Estado como contramedida a la especulación sobre su muerte.
De todos es sabido que el dictador ejerce un liderazgo de grandes alardes, propios del mundo del espectáculo. Su carácter ególatra y mesiánico, sus salidas de tono (véase el caso Elián o las marchas frente a la embajada española en La Habana) y sus continuas referencias al bloqueo, nos han dado una medida muy clara de su personalidad. De una personalidad que incluye la instauración del estado de incertidumbre en el pueblo manteniendo una constante expectativa que impide a las personas saber a qué atenerse. Esa ha sido siempre la táctica en la que el Máximo Líder se encuentra más a gusto y de la que obtiene mayores réditos.

Con estos antecedentes, no debe extrañarle a nadie que, abocado a la delegación forzosa, fuese el propio comandante y su entorno los que prepararan el escenario. El vetusto dictador, amenazado por una enfermedad importante, exige grandes dosis de lealtad y se envuelve en un halo de secreto de Estado. Se suceden los testimonios a pie de calle, sale a la luz la carta de Eliancito a su “abuelito Fidel” y en todas partes surge la noticia de que el Máximo Líder no está enfermo sino que lucha con denuedo contra su enfermedad; hecho que se refuerza con las salidas extemporáneas del vasallo Chávez, los comentarios sorpresivos del carioca Lula, las misivas de su propio puño y letra publicadas en momentos clave o el “olvido” a suprimirlo de los actos públicos en la Conferencia de los No Alineados.

Es en este panorama en el que Raúl Castro asume las funciones de gobierno. El nombramiento de adláteres conocidos como hombres de la línea dura fidelista y promotores de lo que hoy en día es la represión y la Seguridad del Estado cubana, indica, no obstante, que va a ser vigilado muy de cerca.

Un sucesor que, si bien no posee el carisma ni el empuje de su hermano, controla al estamento militar. Pragmático y ordenado ha logrado un entramado empresarial dentro del ejército de mucha garantía ya que el “holding paramilitar” es un sistema económico de inspiración china dirigido con criterio capitalista y estructurado para la adquisición, entre otras cosas, de privilegios. Sin embargo, todo ello es poco bagaje de cara a la verdadera transición.

El nuevo gobierno se puebla, además, de una magnífica colección de vetustos generales convirtiendo el gabinete en una sala gerontológica digna del otrora Santovenia. Ahora más que nunca, es necesario crear un equipo con ideas megalíticas e inamovibles que refuercen el paradigma. Las alegrías que terminaron llevando a Robaina y a otros muchos al autoexterminio, no van a producirse en el nuevo espacio en el que se desenvuelven porque implica un riesgo. Un riesgo en el que no incurrirá, por mucho placet que le otorgue el Poder Popular, hasta que no se produzca el fallecimiento de Fidel. No olvidemos que su primera declaración en la Asamblea ha sido pedir permiso para consultar las cuestiones trascendentes al Máximo Líder. No porque haga falta, sino como aviso de que aún sigue el Caballo al trote borriquero dando guerra.

A partir de ahora, Raúl se inclinará por una serie de concesiones de poco cambio social si bien favorecerá una amplia apertura económica exigiendo, por supuesto, las garantías necesarias que le otorgarán el mando y la seguridad de su persona y la de sus más allegados. Eso sí, en el entendido de que dicha apertura se llevará a cabo con sus admirados chinos y vietnamitas y las mejoras sociales radicarán en los placeres de la lectura; que, por el momento, nadie se haga ilusiones de que va a chatear por Internet.

Y como culmen de la esquizofrenia revolucionaria aferrada al poder como sea —¿como sea?; me suena familiar—, el Maxmordónico Líder firma sus ‘Reflexiones’ apuntalado en las columnas del Granma y Juventud Rebelde —pilares del Valhala caribeño— como quien dicta las bienaventuranzas del Sermón del Cañaveral.

Está claro que tras morir, el caudillo se desinhibe y larga por esa pluma toda clase de vituperios, consignas y contradicciones. La última, la injerencia en el desmerengamiento español a propósito de Kosovo. ¡Él, que tanto denuncia las posturas injerencistas en la isla! Desde luego, ya lo dijo el sabio: no hay cubano mudo… ¡y que no hable basura!, apostilló su compañero.

Estos histrionismos de última hora chocan con la posición de la disidencia. Una disidencia que preveía acciones muy distintas para el día de después. Una disidencia que, tanto dentro como fuera de la isla, aboga por una transición pacífica hacia posturas democráticas, plurales y librepensadoras. Jamás un gobierno totalitario ha tenido enfrente a una oposición tan inclinada al cambio pacífico. Una oposición que habla de dejar atrás el pasado, de permitir que participen en el juego democrático todas las opciones políticas y que no desea ni tolera el revanchismo ni el alineamiento ante el paredón de fusilamientos.

He tenido el honor y el privilegio de conocer a bastantes presos políticos —desterrados y deportados— excarcelados. Personas que fueron detenidas y juzgadas por haber cometido el grave delito de pensar. Pues bien, lo que más me llama la atención es que en sus corazones no existe el rencor; y hablo de personas, muchas de ellas, con veinte años de cárcel o más a sus espaldas y una salud depauperada por las condiciones del presidio. Conmueve verles la sonrisa en el rostro y una paz espiritual encomiable.

No obstante, dicho lo anterior, no creo que la oposición este dispuesta a negociar un plan transitorio que postergue en el tiempo las reformas que propugnan, si bien todo dependerá del quid pro quo que resulte de unas casi imposibles conversaciones.

En ellas, estoy seguro, Raúl propondría una serie de gestos con el fin de conseguir una cierta (o total) cooperación de la disidencia interna y del exilio; de unirse estos últimos al proceso. Pero esos brindis al Sol no serían de fiar salvo si se le permitiese a la disidencia un amplio margen de maniobra, que los presos políticos fueran liberados —amnistiados sería reconocer un delito implícito— y sus propuestas de cambio, condiciones y garantías no tuvieran lugar muy lejos en el tiempo.
Por último, debería traerse a la mesa de negociaciones el desmantelamiento del embargo económico de los EEUU de manera que las autoridades cubanas no vean un riesgo ni entorpecimientos del exterior en esa potencial reunión entre actores; que se sientan arte y parte y legitimadas para ello. Pero también los grupos opositores deben sentir que parten de una propuesta honesta carente de intercambios de derechos por prisioneros y que no existan amenazas que entren en vigor al primer revés en las conversaciones.
Por tanto, con las posiciones expuestas, ¿podrá llevarse a cabo una transición política en Cuba? En absoluto. Los miembros de la línea dura, que sobrevivirán a Fidel, no van a permitírselo y la disidencia interna tampoco aceptará el “pacto a trozos” de su proyecto. Lo único cierto es que los acontecimientos se van a producir en un espacio muy corto de tiempo cuando ya no le quede a Raúl Castro más opción que la de enterrar a su hermano, mantener el poder en tanto en cuanto se fragua el cambio y entregarlo a los nuevos dirigentes antes de reunirse con su hermano en las alturas.

Con el reloj agotado, dependerá de él el que la transición la realicen los luchadores cívicos o se la impida en un último enroque del continuismo fidelista. Si no hace lo correcto y deja que el gobierno continúe invirtiendo en sí mismo para perpetuarse, la transición quedará castrada, el Asere Supremo perderá la oportunidad que le brinda la Historia y entrará en sus anales por la puerta falsa.


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