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CUBA: ¿LIBERTAD O ESTABILIDAD?
28-02-2008, Jorge Olivera Castillo

El totalitarismo tiene las piernas entumecidas. Si corre hacia la democracia, se puede decretar sin margen de error, un aparatoso accidente. Parece caminar con la vista al frente y parsimonia de galápago. ¿Será una maniobra de engaño?, ¿Una ilusión óptica?, ¿la determinante interpretación de quienes logran entablar un vínculo de sangre con el optimismo? Realmente algo se mueve en Cuba, a pesar de los frenos manufacturados por la burocracia y el peso de una ideología que postra y enajena.

Aligerar la carga para apresurar el ritmo de los desplazamientos. Ir desatando los nudos del dogal para evitar el tirón de los decretos y las periódicas ordenanzas en función de enaltecer el absurdo y sus derivados. Esa es la tónica del poder con un Fidel Castro incapacitado para mantener todos sus dominios. Ha dicho que cede el trono, pero es posible que la corona quede bajo la almohada donde cada noche reposan sus sueños inacabados y sus pesadillas.

Raúl Castro y el resto del equipo sucesor estrenan un mandato a medias. El patriarca libra los últimos combates contra la vejez y las enfermedades. Dos adversarios que apenas le permiten una breve suma de victorias pírricas.

Fidel vive y esto es suficiente para trasmitir una autoridad que nadie cuestiona por temores muy bien fundados. Las balas en la sien o el ostracismo -recurrentemente convertido en cárcel- son parte del catálogo a disposición de los desobedientes.

Por obvios compromisos su hermano no puede profanar un legado que exhibe más desaciertos que éxitos. Raúl Castro se mueve entre las corrientes de un idealismo marcado por el anquilosamiento y la impracticabilidad, y las urgencias de una evolución que ponga en primer plano el pragmatismo.

Las vías para sobrevivir a la ausencia del líder histórico de una revolución que se apagó en 1968, son escasas. La cohesión de la nomenclatura tiende a quebrarse a causa de la momificación de las estructuras de gobierno y el agotamiento natural de cualquier proceso político que ha hecho del cambio y la reestructuración dos palabras malditas.

Hay, al menos en apariencia, un deseo de adecuarse a las circunstancias. No me atrevería a darle credibilidad a un pretendido plan democratizador a gran escala en plazos más o menos cortos.

El depósito de arbitrariedades y crímenes cometidos bajo el amparo del poder absoluto, excede lo admisible y esto perpetúa la idea de tener que responder ante la justicia algún día. Poder es inmunidad. Algo que los culpables tendrán presente en sus tácticas de cara a futuras negociaciones que redunden en el advenimiento de una democracia.

Para comprender a cabalidad los dilemas de esta etapa se precisa de una dosis de realismo.

Ya inmerso en estas coordenadas es factible subrayar que el régimen ha dado muestras de un control más allá de cierto nivel de anarquía social que no llega a ser una amenaza inmediata para la conservación del poder. Incluso tales permisividades, es decir, mercado negro y protestas ciudadanas, fundamentalmente por los precarios niveles de vida, figuran como niveladores en el logro de una estrategia que establece índices de estabilidad, quizás mínimos pero con el grado de eficiencia necesario.

Es cierto que existe el fermento del cambio en muchos sectores de la sociedad y que el debate en torno a problemas inherentes a las libertades cívicas y económicas cobra intensidad. Sin embargo el eficaz empleo de la fuerza frena o dosifica los parámetros evolutivos hacia un estado de derecho que podría demorar unos cuantos años más. Es posible que la comunidad internacional acepte un gobierno de mano dura, dispuesto a una gradual apertura en el ámbito de la economía y también a la aprobación de una glasnot por supuesto limitada y bajo mecanismos de supervisión estatales.

Cualquier espacio debe ser aprovechado por la comunidad disidente que ha podido conservar intactas sus reservas morales en una lucha que sobrepasa los 30 años.

Pensar en una carrera de velocidad, por parte del régimen, en pos de una democracia tan vital para todos los cubanos independientemente de su signo ideológico, es perderse en lo imposible.

Las primeras pisadas deberían provenir de quienes tienen la experiencia y las estructuras del poder a su alcance. La marcha tiene que ser lenta aunque desespere a muchos. Lo que hay que descubrir, a tiempo, son las artimañas, las manipulaciones, el fraude con tal de vender la idea de voluntad de cambio con el convencimiento de no hacer nada o lo justo para continuar por la senda dictatorial.

Liberar a los presos políticos y de conciencia es una demanda puntual. Ese sería uno de los instrumentos para medir el grado de legitimidad y la naturaleza de quienes heredan las ruinas de una república mediatizada por las ambiciones y caprichos de un hombre.

Creo que Raúl Castro tratará de ser el Deng Xiao Ping de Cuba. El desaparecido líder chino fue el iniciador de amplias reformas económicas y sociales, quien entabló estrechas relaciones con Occidente, pero también el frío dirigente que aprobó la masacre en la plaza de Tiananmen contra estudiantes que pedían la democratización.

En la isla comienza un proceso. Veremos cual es su derrotero. Estabilidad sin libertad es sinónimo de dictadura. Libertad sin estabilidad es el caos. Haría falta encontrar el punto medio. ¿Estará pensando Raúl Castro como lograrlo?


 


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