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Obama, el Che y JFK
27-02-2008, Jeff Jacoby

En 1963, un ferviente admirador del dictador cubano Fidel Castro asesinó a John F. Kennedy en Dallas, Texas. En 2008, una oficina de voluntarios de Barack Obama en Houston, Texas, exhibe en un lugar destacado una gran bandera cubana con la efigie del Che Guevara, ese brutal secuaz de Castro.

Abundan las comparaciones entre Obama y JFK. Algunas de ellas corren por cuenta del hermano y la hija del difunto presidente demócrata, notorio anticomunista que despreciaba a Castro y a su banda de criminales totalitarios. Ahora bien, cuando se supo que unos seguidores de Obama trabajaban en un despacho presidido por una bandera que ensalza al Che, la reacción del equipo de compaña de aquél fue quitarle importancia diciendo que se trataba de un asunto meramente local. No obstante, tras la polémica generada, finalmente emitió un comunicado donde se calificaba de "inapropiada" la referida enseña y se decía que la exhibición de la misma no reflejaba "los puntos de vista del senador Obama".

¿Hubiera reaccionado tan comedidamente John Fitzgerald Kennedy?

En diciembre de 1962, JFK hizo un contundente resumen de la trayectoria del tándem Castro-Guevara. Decía así:
La revolución prometió al pueblo cubano libertad política, justicia social, libertad de pensamiento, tierras para los campesinos y el fin de la explotación económica. Pero los cubanos se han encontrado con un Estado policial, (...) con la destrucción de la libertad de expresión y de prensa y con la total subyugación del individuo.
Once meses más tarde, en un discurso que estaba previsto pronunciara el día en que fue asesinado, Kennedy se lamentaba de que la "huella comunista" de Castro todavía no hubiera sido "borrada" de Latinoamérica.

Cuesta imaginar que, de estar aún entre nosotros, JFK no sintiera más que desprecio por quienes ensalzan una dictadura que lleva medio siglo machacando la libertad y a los seres humanos. Y a buen seguro que sentiría un gran dolor ante el hecho de que tantos de sus jaleadores sean miembros de su partido político.

La veneración del Che, un sociópata que disfrutaba matando y que exaltaba "la pedagogía del paredón", no es algo "inapropiado". Es una vileza. Ningún americano en sus cabales se pondría una camiseta de David Duke, ni aunque le pagaran por ello. Tampoco colgaría en su habitación un póster de Pol Pot. Y si algún famoso fuera visto con una gorra nazi, o luciendo un tatuaje de Timothy McVeigh, sólo suscitaría repugnancia. Ningún equipo de campaña necesitaría más de 30 segundos para romper con cualquiera de los suyos, fuera voluntario o no, que adornara su cuartel electoral con una bandera del Ku Klux Klan. Sin embargo, la imagen del Che, que tendría que ser tan detestada como las de todos los que acabo de citar, se vende por doquier y es objeto predilecto de culto para muchísima gente.

Hace unos años, la tienda de la Biblioteca Pública de Nueva York vendía relojes con "la clásica imagen romántica del Che circundada por la palabra revolución". Lo cierto es que la revolución del Che fue de todo menos romántica. A él lo que le iba era el asesinato y odio; "el odio como instrumento de lucha, el odio inflexible hacia el enemigo, que empuja al ser humano más allá de sus limitaciones naturales, convirtiéndole en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar", según escribió él mismo en 1967.

El Che expresó repetidas veces este sentimiento. Y lo llevó a la práctica.

Con el Che a su lado, Fidel Castro derrocó a Fulgencio Batista en enero de 1959. "Tan pronto como se hicieron con el poder –dice El libro negro del comunismo, un trabajo magistral sobre el terror y la represión comunistas en el siglo XX–, procedieron a perpetrar ejecuciones masivas en las dos cárceles más importantes del país, La Cabaña y Santa Clara". En calidad de fiscal jefe del nuevo régimen, el Che supervisó el baño de sangre y ordenó cientos de ejecuciones en los primeros meses de aquel año. Entre los que perdieron la vida había, informa El libro negro, "antiguos compañeros de armas [de ambos] que se negaron a abjurar de sus ideales democráticos".

Como todo buen totalitario, el Che no sentía escrúpulos ante la muerte de inocentes. "¡Deja de perder el tiempo!", le espetó un día a José Vilasuso, un concienzudo abogado del Gobierno que se empeñaba en dar con pruebas contra la gente que se encontraba presa. "Tu labor es muy sencilla. Las pruebas judiciales no son más que bagatelas burgueses, arcaicas e irrelevantes. ¡Esto es una revolución! Ejecutamos en función de la convicción revolucionaria".

La revista Time llamó una vez al Che "el cerebro" de la Revolución Cubana, y elogió su "gélida capacidad de calculo", su "vasta competencia", su "elevada inteligencia" y su "perspicaz sentido del humor". Pero es mejor quedarse con el análisis del periodista Humberto Fontova, que en Exposing the Real Che Guevara (Mostrando al verdadero Che Guevara) sostiene que éste fue para Castro lo que Heinrich Himmler para Hitler o Lavrenty Beria para Stalin: el "matón vociferante".

Con toda justicia, un enorme retrato del Che adorna el cuartel general de la policía secreta castrista en La Habana. Que la cara de este sádico criminal engalane también la sede de unos seguidores de un candidato a la Presidencia de EEUU es una desgracia y un espanto. Pero lo peor no es eso; lo peor es que el candidato de marras no haya tenido el coraje de decirlo.


*JEFF JACOBY, columnista del Boston Globe. Publicado en Libertad Digital.

 


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