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LA ORQUESTA ROJA
24-02-2008, Hugo J. Byrne

Ese es el título de un interesantísimo libro que leí hace muchos años sobre una de las más eficientes redes de espionaje de la Segunda Guerra Mundial. Es la historia de un “network” de la inteligencia soviética que operara durante largo tiempo en Alemania y en el resto de la Europa ocupada por los nazis en los años cuarenta.

Aunque no dedico este ensayo a esa guerra o esa época, me parece apropiado copiar el título. Nada más alegórico a la relación que ha existido siempre entre la propaganda castrista, históricamente una de las más eficientes y sus víctimas. Primordialmente entre esas víctimas se cuentan el gobierno de Washington, la sociedad norteamericana y el destierro cubano que existe dentro de esa sociedad y que se encuentra dentro de la jurisdicción legal de ese gobierno.


Que ellos tocan los tambores y que nosotros bailamos al compás de su ritmo es una realidad física muy difícil de ocultar o mimetizar. Sin embargo, ocultarla y mimetizarla es lo que La Habana ha hecho con éxito bastante evidente por muchos años. Eso se manifestó durante la llamada crisis de la Embajada de Perú en Cuba, cuando más de 11,000 oposicionistas se refugiaran en dicha sede.

Castro convirtió la debacle propagandística en una espectacular victoria vaciando sus cárceles de presos comunes y sus hospitales de pacientes mentales y obligando a los exiliados que recogían a sus familiares en el Puerto del Mariel a embarcar de vuelta a Estados Unidos llevándose también a esos desagradables pasajeros.

Ya en tierras norteamericanas estos últimos se encargaron de darle mala reputación al exilio y jaque mate a Washington, agregando el término “Marielito” al lenguaje despectivo que se usa para designar a un grupo de miembros del hampa.

El Tirano y sus secuaces han usado reales o ficticios problemas de salud del primero para estimular las expectativas de Washington y del destierro. Esta actividad data de mucho antes de que se informara de sus problemas intestinales, los que lo forzaran a terminar sus apariciones públicas hace ya más de un año.

 

Tenía el propósito de escribir hoy sobre otro tema, pero creo que dado el revuelo que ha formado la simple noticia de su “renuncia oficial” a las posiciones que detentaba en el sistema totalitario que implantó en Cuba hace medio siglo usando violencia y engaño, no debo pasar por alto el evento. Los mensajes electrónicos y las llamadas telefónicas llegan por docenas.

Usando la información que tenemos y un poco de sentido común, podemos arribar a ciertas conclusiones.

¿Qué va a ocurrir como consecuencia de esta noticia del libelo “Granma”? La respuesta es bien simple: absolutamente nada.

No existen elementos de juicio para pensar que este anuncio, el que simplemente da carácter oficial a la situación existente, tenga más significado que la realidad que lo origina.

Sabíamos que las limitaciones a la capacidad mental de Castro y sus implicaciones, única razón de que se mantenga apartado de la vista pública, tenían también que ser evidentes a su entorno de cortesanos criminales, incapaces de desenvolver una agenda en la ausencia de un amo que los proteja de las consecuencias de sus crímenes y al mismo tiempo dirija el estado en la ejecución de las maniobras complicadas que redunden en ese objetivo común.

Para La Habana, continuará la incertidumbre hacia el futuro y el compás de espera. Continuarán quizás las llamadas “Reflexiones” del “maestro escritor” en las páginas de su libelo “Granma” y también la política zigzagueante de Raúl (o del grupo de quienes lo mantienen de rompe-olas) entre los coqueteos hacia el Tío Sam y la necesidad imperiosa del subsidio petrolero que les regala el primo Chávez.

Más significado tiene el video del reciente “debate” entre el notorio cabezón y supuesto Presidente de la Asamblea Popular castrista Ricardo Alarcón y varios estudiantes, quienes se creyeron que podían hablar abiertamente en la televisión de Fifo. Las respuestas de Alarcón habrían quedado como un guante a un buen libreto de comedia teatral. No solamente se demostró en ese encuentro que para toda persona razonable el castrismo es sólo una tiranía injustificable, sino que la ausencia de Fifo tiene a sus incapaces herederos dando palos de ciego.

La única noticia que puede desatar la descomposición final del nauseabundo cadáver revolucionario es la muerte del tirano.

Si no promovemos adelantar ese evento, no debemos perder nuestro tiempo y el de los lectores con minucias inconsecuentes como son todos los anuncios de “Granma”.


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