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EL SÍNDROME DE LA HABANA. PARTE II
16-02-2008, Jorge Hernández Fonseca

Diez días atrás hube de publicar un artículo relativo a la actitud de los cubanos dentro de la isla, en lo que a sus relaciones con la dictadura respecta. Para mi es notorio como la inmensa mayoría de los cubanos tienen anhelos democráticos y libertarios, y aunque en privado se oponen al régimen comunista que los oprime, en público actúan como si lo apoyaran.

No critiqué en mi artículo a los cubanos que así proceden dentro de la isla, porque sustento la tesis de que el proceder de los que viven en Cuba, por estar sometidos a presiones de todo tipo, sobre todo políticas y materiales a un extremo inconcebible --mantenidas a propósito por la dictadura mucho tiempo-- padecen una enfermedad que llamé como “Síndrome de la Habana”.

El artículo motivó diversos mensajes que me llegaron, muchos de ellos con la duda de si yo había querido decir que los opositores pacíficos cubanos hacían lo que la dictadura quería que hiciera. Por esa razón y por el mérito implícito en el accionamiento de ese reducido grupo de cubanos dignos --que luchan en franca desventaja contra un enemigo cruel-- es que quiero abundar en los conceptos emitidos, aclarando mi personal punto de vista al respecto, que de manera ninguna pude dividir la oposición externa de la interna, pues somos el mismo pueblo.

Creo que la enorme mayoría del pueblo cubano rechaza de lleno el régimen que los oprime, que les corta sus libertades y que los somete a una dictadura totalitaria sin precedentes en Latinoamérica. Esa férrea dictadura los somete además a una penuria material y espiritual que espanta. De manera que, considero al pueblo cubano como franco y mayoritariamente opositor.

Sin embargo y producto de una verdadera enfermedad psicológica, que tiene sus antecedentes en el “Síndrome de Estocolmo”, mediante el cual las víctimas de secuestro terminan estableciendo inexplicables lazos afectivos con sus captores, es que creo que algo de ese tipo sucede en el seno de las dictaduras totalitarias, como la cubana, con características un poco diferentes a lo que sucede con los secuestrados, y que denominé “Síndrome de la Habana ”.

El Síndrome de la Habana se manifiesta cuando los cubanos (opositores en privado) desfilan en la Plaza de la Revolución dando una impresión de apoyo a la dictadura que los oprime; se manifiesta cuando son interrogados por periodistas extranjeros y a pesar de ser opositores convencidos, dan el discurso oficial; se manifiesta cuando acuden en masa a las votaciones amañadas que la dictadura prepara para legitimarse, entre otras inexplicables actividades que ejecutan siendo en el fondo personas opuestas a la dictadura. Hablo de una mayoría de cubanos, que actúan de una manera radicalmente diferente a como realmente piensan.

Como toda enfermedad, hay muchos inmunes a la misma. Son precisamente los opositores pacíficos cubanos, organizados en movimientos contestatarios dentro de la isla, como periodistas independientes, como bibliotecarios, como luchadores de Derechos Humanos, o simplemente como opositores políticos declarados. Muchos cubanos dignos están en esta lista, que no daré por temor a dejar fuera a alguien. Ninguno padece el Síndrome de la Habana. Cuando en mi anterior artículo hice referencia a cubanos opuestos al régimen, que hacen lo que la dictadura quiere de ellos, no me refería al grupo de valientes opositores consecuentes con sus ideas, me refería a la mayoría del pueblo cubano (opositores en privado) que no actúan así.

Es este grupo de opositores el que ha perdido el miedo y es inmune al Síndrome de la Habana; la excepción que justifica la regla. No critico a quien dentro de la isla toma sus medidas de “doble moral” (pensar en privado que la dictadura es un desastre y en público la apoya) aunque no considero ese proceder en fase a las mejores tradiciones cubanas. Es algo de fuero interno.

Los recientes episodios envolviendo a Ricardo Alarcón son demostrativos de este tipo de comportamiento. Estudiantes cubanos que le plantean interrogantes sobre las muchas medidas discriminatorias que el gobierno castrista ha tomado contra su pueblo de manera conciente y en fase con el historial comunista de procedimientos, de repente son abordadas en un contexto represivo, después de los estudiantes haber sido sometidos a amenazas o coacciones de todo tipo, ellos mismo vienen a público a decir que todas sus expresiones fueron ‘revolucionarias’.

Las expresiones dichas ante Alarcón pudieran ser revolucionarias, lo que nunca pudieran ser es fidelistas o comunistas, porque fueron Fidel y su partido comunista, ambos en su sano juicio, quienes impusieron las medidas criticadas por lo jóvenes y que como se vio en el video, Alarcón no pudo responder simplemente porque no hay respuesta para la discriminación y el abuso.

Como si no hubiera suficientes ejemplos de comportamiento tipificado en el Síndrome de la Habana, estos estudiantes arrepentidos (pero revolucionarios, según ellos mismos), todos, se comportaron de acuerdo al libreto oficial, cuando se sabe que sus cuestionamientos contradicen frontalmente los preceptos de la revolución comunista cubana, cuyo objetivo no es el bienestar del pueblo, sino la preservación del poder a toda costa en manos de los hermanos Castro.

Los estudiantes que cuestionaron a Alarcón no demostraron la fibra de la oposición pacífica cubana actual y de inmediato se doblegaron a la voluntad de la dictadura, como ejemplos representativos de la enfermedad oportunista del Síndrome de la Habana que padece la mayoría de los cubanos, mezcla de oportunismo, cinismo, doble moral y sálvese quien pueda.

En algún momento sabremos lo que estos jóvenes hablaron en privado y en círculos íntimos, sobre todo en el intervalo de tiempo que transcurrió entre la asamblea con Alarcón y el momento que la policía política los detuvo para darles “algunos consejos”. A partir de ahí se produjeron las filmaciones de “aclaraciones revolucionarias”: “dijimos lo que dijimos, porque apoyamos la revolución”. Fue un “Progrón” represivo digno del estalinismo más descarnado.


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