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BALANCE ECLESIAL
31-01-2008, Jorge Olivera Castillo

Las buenas relaciones del clero con el estado no pasan de una formalidad conveniente para las partes. A través de mínimas concesiones el régimen de La Habana logra atemperar las críticas provenientes del Vaticano y la de algunos de los prelados que sirven en la isla. Una táctica de resultados tangibles, en cuanto a balances positivos, para la cúpula que detenta el poder.

La iglesia parece haberse conformado con unos pocos espacios que definitivamente no llegan a cubrir las expectativas de una población con crecientes necesidades materiales y una espiritualidad desvalorizada por medio siglo de ateísmo oficial.

A 10 años de la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, es oportuno anotar el déficit en las cuentas de la iglesia. ¿Se benefició el pueblo?, ¿cobró impulso el catolicismo?, ¿se fortaleció la imagen de la dictadura? Al contrastar aquel hecho con lo que hoy vemos en la isla, la única respuesta positiva le corresponde a la última interrogante.

El Sumo Pontífice trajo un mensaje de esperanza, la clave en código cristiano para la redención, pero esto se disipó en la escalerilla del avión que lo retornaba a Roma.

En las misas multitudinarias que ofició al aire libre, había fervor, ilusiones de un clima de tolerancia que perdurara más allá de su presencia. Por primera vez se aplaudía sin miedo, se vitoreaba con espontaneidad. Fue una terapia contra el desencanto y el terror.

El éxtasis tuvo la duración que el régimen se propuso. Una semana era suficiente para que el mundo observara como la liturgia papal se enseñoreaba en diversos escenarios de la nación. Siete días en que el totalitarismo se robó la bendición del Santo Padre.

El cardenal Jaime Ortega considera que la gira del Papa potenció el camino del diálogo con las autoridades. ¿Sobre que premisas son las mencionadas pláticas?, ¿porqué si existen presuntos canales de comunicación basados en el respeto y la confianza no se avanza en la apertura de otros espacios demandados por la iglesia?

Al pasar revista por las prerrogativas alcanzadas tras la visita papal, hay que pensar en la modestia y en realidades alejadas de mayores perspectivas en el corto plazo.

Gracias a Karol Wojtyla se consiguió el feriado para las Navidades, permisos para las procesiones y la atención espiritual a los presos y estudiantes de otras nacionalidades destacados en Cuba. En cambio se mantienen en el congelador las solicitudes para llevar a los medios de comunicación el mensaje cristiano y la posibilidad de impartir educación religiosa.

En cuanto al acceso de la población penal a la atención espiritual, debo de manifestar mis dudas. En los casi dos años que estuve encarcelado por ejercer el derecho a la libertad de expresión, sólo una vez pude contar con la presencia de un sacerdote después de ingentes esfuerzos. Las jefaturas carcelarias tienen la evangelización como un acto que va en la dirección opuesta a la ideología del gobernante partido comunista.

Basta acotar que la literatura cristiana es duramente censurada en los centros penitenciarios, fundamentalmente las revistas católicas Espacios y Palabra Nueva, dos sobrevivientes de la ojeriza oficial. Vitral, editada por la Diócesis de la provincia de Pinar del Río, cayó en desgracia. El abordaje crítico de la realidad nacional sin concesiones de ninguna índole culminó con su clausura por “falta de recursos”.

Se especula que saldrá con una nueva directiva y otro perfil editorial. El ambiente no es propicio para decretar progresos respecto al alcance de una plena libertad de conciencia.

La iglesia no acaba de asumir un papel más activo correspondiente a su responsabilidad social. No es pedir su participación en asuntos netamente políticos sino que defienda lo que le pertenece como entidad universal, es decir el ejercicio de una labor pastoral más activa y que plantee desde una posición serena, pero firme su derecho a contar con la potestad de llegar al pueblo por todos los medios de comunicación y poseer escuelas para enseñar sus doctrinas.

Es hora de definiciones y la iglesia católica debería replantear su estrategia. No se le está pidiendo un milagro, sólo una adecuación práctica de lo que el cardenal Jaime Ortega alegó en una reciente entrevista difundida en los medios eclesiales.

“No podemos tener una actitud de espectadores, de meros analistas”, dijo el prelado. Es el turno de los hechos. Las palabras corren el riesgo de que se las lleve el viento.


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