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Celebración sin amnesia
25-01-2008, Dagoberto Valdés Hernández

 ¿Sigue vigente el mensaje de Juan Pablo II? ¿Celebramos anclados en la nostalgia lo que enseñó, anunció y denunció el Papa?

Muchos dicen que la visita del papa Juan Pablo II a Cuba, hace diez años, marcó su vida personal y la vida de la Iglesia y del país. Esto es verdad. Yo soy uno de ellos. Lo que se puede discutir es la magnitud de esa huella, su profundidad, su expansión, sus consecuencias palpables. Pero tengo la opinión de que lo más importante sería preguntarnos si tiene sentido celebrar un evento ocurrido hace una década, más allá de los recuerdos y resultados a corto y mediano plazo. Y si la respuesta fuera positiva, sería bueno responder por qué tiene sentido esta celebración y, sobre todo, para qué se celebra.

Debo decir antes que fui uno de los laicos católicos que con gran ilusión, compromiso y mucho trabajo, contribuyeron a la preparación de esta visita. Mi aporte fue más en la parte reflexiva, en el estudio de las comunidades y grupos de apostolado laical. Luego tuve el honor y el gusto imborrable de vivir con miles de cubanos y cubanas esa semana de libertad y luz.

Salí a la calle para saludar, con un espejo y una bandera, al Papa que sobrevolaba sobre Pinar del Río en gesto extraordinario de reconocimiento a esta Iglesia local, "cuyos atractivos naturales evocan aquella otra riqueza que son los valores espirituales que les han distinguido y que están llamados a conservar y transmitir a las generaciones futuras para el bien y el progreso de la Patria" (Telegrama al sobrevolar la provincia de Pinar del Río).

Luego quedé, como millones de cubanos, pendientes de cada detalle, de cada noticia, de su arribo al aeropuerto, hasta aquel atardecer del domingo 25 de enero en el que la lluvia que despedía al Papa era ya polisémica: podía ser que "los cielos cubanos lloran" porque el Papa podía ser "un signo bueno de un nuevo Adviento en vuestra historia".

Participé directamente en dos eventos papales: en el Encuentro con el mundo de la Cultura, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, al pie de los restos del Padre Varela, y en la Misa del domingo 25 en la plaza cívica José Martí, en la que, junto a otros 19 laicos comprometidos de toda Cuba, recibí de sus manos una Biblia. Durante esos días respiré libertad y sentido de nación. La Iglesia salió a la plaza pública y vimos que éramos, por una semana, ciudadanos "normales".

Lección no aprendida

Denie Rousseau, un periodista francés amigo de Cuba, por entonces corresponsal de la agencia France Press en La Habana, resumió la visita en dos líneas: "De pronto, se produjo lo impensable, lo prohibido fue tolerado, alentado; lo que era imposible fue súbitamente posible… Y es esta la lección que los cubanos deben ahora madurar o asimilar".

Diez años después, no estoy seguro que la mayoría de los cubanos y cubanas hayamos asimilado esta lección. Seguimos "creyendo" que muchas cosas son eternas, que muchos cambios son imposibles, que lo prohibido no va a ser tolerado y que las palabras son sólo palabras. Es uno de nuestros males nacionales, luego de medio siglo de un sistemático proceso de despersonalización. Ya no es sólo que no tengamos libertades, es que no creemos que nacemos libres y que podemos alcanzar con nuestro propio esfuerzo los derechos y libertades que Dios nos ha dado a todos por igual.

Sobre todo, por esta última limitación, creo que sigue vigente el mensaje de Juan Pablo II y cada vez más urgente su asimilación y aplicación. Ni una tilde ha pasado. Ni uno de sus análisis ha caducado. Sus enseñanzas, más allá de lo estrictamente religioso, siguen constituyendo una visión cívica y humanista que puede iluminar a los cubanos.

Un Papa no es un político cuyo programa, gestos y sugerencias pasan cuando salen de este mundo o cuando terminan su mandato y viene otro. Los Papas son, sobre todo, testigos de una experiencia de vida, maestros de un camino de mejoramiento humano, profetas de un mundo más justo, fraterno y pacífico, pontífices entre los hombres, los pueblos, y entre lo transitorio y lo trascendente. Por eso lo que vivió, enseñó, anunció y denunció Juan Pablo II, no debe celebrarse anclados en la nostalgia.

Ha habido esfuerzos desde diversos ángulos para "despapizar" Cuba, término inventado por el Partido Comunista para intentar borrar aquella experiencia. Lamentablemente, y aún peor, algunos han intentado cubrir con un piadoso manto de silencio lo que consideraron como un listón demasiado alto para las condiciones de Cuba, que no es Polonia.

No hay nada peor que la incredulidad y la falta de confianza en nuestro propio pueblo. Es esterilizar a priori la obra del Espíritu Santo, que "sopla donde quiere". Sin duda, los cálculos políticos fueron prioridad para unos y otros.

No obstante, recuerdo la reacción de un joven —unos días después de la visita—, al preguntarle yo, que iba a Roma, qué quería le dijese al Santo Padre. El joven habanero, entre decepcionado y sagaz, me dijo sin pensarlo: "Dile al Papa: Santo Padre, gracias, no se preocupe, que por usted no ha quedado".

Celebrar es ponerse en marcha

Hoy, diez años después, sigue quedando el reto de nuestro lado. Del lado de cada cubano y cubana. Por eso tiene sentido celebrar este aniversario. Pero celebrar sin amnesia. Celebrar sin parálisis. Celebrar es moverse. Celebrar es revivir, ponerse en marcha. Es pasar de los meros sentimientos a la acción con corazón. Celebrar es cambiar. Cambiar para bien.

Cuba vive hoy una "hora de oportunidades" para todos: es la oportunidad para que los ciudadanos despierten a su soberanía desde abajo; es hora de que los grupos de la sociedad civil ejerzan su rol de propuesta y presión. Es hora de que el gobierno comience a hacer "los cambios estructurales" que anunció el pasado 26 de julio; es hora de levantar "el exceso de prohibiciones y medidas legales que hacen más daños que beneficios. La mayoría pudiéramos decir que fueron correctas y justas en su momento, pero que no pocas de ellas han sido superadas por la vida" —como expresó Raúl Castro el pasado 28 de diciembre en la Asamblea Nacional—.

También es hora de que se vea y promueva el deseo expresado en ese mismo discurso: "quien ocupa un cargo de dirección debe saber escuchar y crear el ambiente propicio para que los demás se expresen con absoluta libertad. Es algo que debe incorporarse de manera definitiva al estilo de trabajo de cada dirigente…" (Granma, 29 de diciembre de 2007, p. 3).

Ninguna transición pacífica se ha hecho sin que el gobierno participe de alguna manera. Y ninguna transición pacífica ha venido del gobierno sin la presión y las exigencias de los ciudadanos al interior del país. El colmo sería que en Cuba los ciudadanos y la sociedad civil nos sentáramos a esperar que todo cambio venga sólo del Estado. Nunca llegará. Como no llegará de modo pacífico, si el Estado no se toma en serio y pone ágilmente en práctica esos cambios estructurales que anuncia.

Libertad sin estabilidad es caos. Estabilidad sin libertad es represión. Venga ya la mencionada "absoluta libertad" indisolublemente unida a la responsabilidad ciudadana. Sabiendo que la libertad no es nunca absoluta, porque termina donde comienza la libertad del otro; ni la responsabilidad totalmente individual o de un solo grupo, porque es siempre respuesta compartida. Libertad y responsabilidad: esta sería la moneda de dos caras capaz de alcanzar la transición pacífica, que es el clásico nombre del itinerario hacia la libertad sin perder el camino de la estabilidad.

'No busquen fuera lo que pueden encontrar dentro'

La visita del Papa sirvió, en bandeja pontificia, lejos de presiones hegemónicas de los centros de poder político, una mística, unas actitudes, unas claves ciudadanas y una ética para el cambio en Cuba cuidadosamente encarnadas en nuestra situación nacional, y articuladas coherentemente con nuestra cultura. No es, en fin, un mensaje venido de fuera de nosotros mismos, sino un mensaje que saca, a la luz de la conciencia, nuestra matriz y nuestra identidad de inspiración cristiana.

Muchas serían esos haces de luz para una ética del cambio, pero hay una que pudiera ser síntesis y programa de vida. No casualmente fue destinada especialmente a los jóvenes. Es un itinerario de actitudes para todos los cubanos de la Isla y de la diáspora, sean creyentes o no. Es una convocatoria de la más amplia inclusión, por el que se puede llegar a "construir una sociedad nueva":

"Queridos jóvenes, sean creyentes o no, acojan el llamado a ser virtuosos. Ello quiere decir que sean fuertes por dentro, grandes de alma, ricos en los mejores sentimientos, valientes en la verdad, audaces en la libertad, constantes en la responsabilidad, generosos en el amor, invencibles en la esperanza. La felicidad se alcanza desde el sacrificio. No busquen fuera lo que pueden encontrar dentro. No esperen de los otros lo que Ustedes son capaces y están llamados a ser y a hacer. No dejen para mañana el construir una sociedad nueva, donde los sueños más nobles no se frustren y donde Ustedes puedan ser los protagonistas de su historia" (Homilía de Juan Pablo II en la Misa de los jóvenes en Camagüey, 23 de enero de 1998, párrafo 4b).

Que la celebración sea acicate. Que la clave sea la responsabilidad y la participación de todos los cubanos sin exclusión, que no esperemos más que venga de fuera lo que tenemos que hacer nosotros con nuestro sacrificio, y que la mística sea creer que nuestros más nobles sueños se podrán convertir en realidad con la única "fórmula mágica" que construye nueva convivencia: el protagonismo ciudadano.

*Publicado en Encuentro/ http://cubaencuentro.com


 


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