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Políticos del primer mundo; fiabilidad a la baja Luis
24-12-2007, Luís A. Baralt

En estos últimos días dos sucesos desligados en apariencia han tenido lugar en capitales europeas distintas y ameritan reflexión.

1. En Lisboa, una cuarentena de líderes de los países de la Unión Europea se han reunido para hacerse retratar con evidentes sonrisas de quita y pon y celebrar que se haya firmado un nuevo ‘tratado de la Unión’. El tal tratado recoge los compromisos y bases legales de una comunidad que existe desde que el Tratado de Roma se firmó hace cincuenta años, y que aún carece de una constitución, que probablemente y según van las cosas seguirá brillando por su ausencia. ¿Por qué? El tema es complejo, evidentemente. ¿Se deberá quizá a que somos presa de una autocracia de políticos mediocres que se caracterizan, con excepciones por supuesto, por su inmadurez, su inexperiencia, su debilidad ante las demandas populistas de nuestro tiempo así como de su metier?

2. En Madrid, los políticos de todos los partidos de la nación española convocan a una manifestación popular ante la barbarie del terrorismo nacionalista y en apoyo de sus víctimas. Asisten a ella no más de unas 300 ó 400 personas a lo sumo. En cambio, una manifestación convocada por asociaciones de víctimas, no por los políticos, unos días antes con los mismos lemas y propósitos anti-terroristas, reúne más de medio millón de ciudadanos en la capital de España, además de multiplicarse a la par por todos los ámbitos del país.

Mientras tanto, todos estos políticos ‘de altura’ (¿?) marginan el problema de la troglodítica dictadura que persiste en Cuba desde hace medio siglo y se dan de codazos para invertir en la esclavizada Isla. Y los de esta península se hacen guiños en el País Vasco y en Cataluña a fin de seguir permitiendo que los politicastros del seudo-nacionalismo sigan mamando del pesebre común a todos los españoles. De nuevo, ¿cómo se explica todo esto? Y me pregunto si las razones no serán tan complejas como me temía. ¿Será que los políticos de hoy cada responden vez menos a lo que Platón y Aristóteles consideraban el paradigma de un político democrático?

Claro que tampoco vamos a entrar en los anacronismos de querer remedar sin tocar una coma, en nuestros tiempos, la teoría política de los clásicos. Ellos incluso justificaban el despotismo ilustrado de los amos sobre los esclavos (‘bárbaros’ por lo general, de quienes no se podía esperar contaran con ‘facultades deliberativas’; en Polìtica I), o la autoridad patriarcal sobre la de los menores y la del marido sobre la mujer (en beneficio de ambos, los más jóvenes y las mujeres, por la ‘evidente inmadurez de los primeros y debilidad de las segundas’; en Política I y III). Pero lo que sí se desprende de las tesis aristotélicas es que la justificación de la autoridad paternal y de la marital se basa en la intención de beneficiar y proteger a la niñez y a la condición femenina desde la más larga experiencia de las generaciones mayores y la viril solidez del cónyuge varón. El político debe ser el idóneo practicante de un arte, al igual que lo son el médico o el profesor de gimnasia de artes que, como en estos últimos casos, tienen como objetivo el beneficio del paciente o el del aspirante a atleta (Política III).

En todo caso, con las excepciones apuntadas de anacronismos evidentes, la concepción política de la democracia a que nos lleva el razonamiento aristotélico es que “los humanos, por su naturaleza de ‘animales políticos’, por fuerza desean convivir (Política II), y que su auto-gobierno, en lo que respecta a ciudadanos idénticos o ‘similares’, debe basarse en una alternancia de la autoridad en aras del bien de todos, puesto que “ las constituciones dirigidas al mejoramiento común son correctas y justas sin duda alguna, mientras que las orientadas a beneficiar simplemente a los gobernantes son desvirtuadas e injustas, y por tanto impropias para una comunidad de personas libres…” (Política III.6). En este sentido, considera deleznables Aristóteles las constituciones de molde oligarca (en que el poder lo ejercen individuos selectos – ricos o bien nacidos) y dedica sus consideraciones a las que califica de democráticas (o sea, en las que el pueblo es el que ejerce el gobierno por medio de sus representantes). Así, continúa desmadejando las complejidades de la democracia y se reafirma en el principio de que deben ser los más hábiles, los más experimentados, los más sabios, y por lo general, “los que más han vivido y aprendido de la vida”, quienes se responsabilicen con el arte y la práctica de la política… (Política III y IV).

Pero parece ser que los políticos de hoy tienden a preocuparse menos de los ciudadanos bajo su tutela o responsabilidad que de ellos mismos. En general, todos ganan mejores sueldos y gozan de mejores condiciones de vida que el promedio de sus representados. Más les importa la apariencia de sus convicciones que el meollo de las mismas. (Así, vemos al señor Brown de Inglaterra acudiendo a Lisboa expresamente a deshoras para firmar el tratado, a fin de que no capten el acto las cámaras y no quede él por tanto expuesto al disgusto de sus conciudadanos, que no desean ver ninguna constitución para la UE que incluya los términos que se recogen en el tratado. De manera que se erige un nuevo tratado en Lisboa que lo que procura es atar a los europeos en una constitución disfrazada de tratado que ya ha sido rechazada por grandes segmentos de la ciudadanía europea. En otras palabras, los políticos, por lo común imberbes o advenedizos, de nuestro tiempo le están dando un cuartelazo al pueblo, en su preocupación por sus sinecuras, sus trajes camaleónicos ante los foros y los medios, así como su parcialidad a tesis y soluciones carentes de verdadero consenso popular. Y, como resultado, su creciente falta de credibilidad.

Es cierto que hace algunos decenios padecimos de una lamentable gerontocracia en ciertas longitudes y latitudes (la URSS, China, Vietnam y buena parte del mundo comunista, y ni se hable de la ‘supervivencia’ del coma-andante tiranosaurio cubano), que no hay por qué echar de menos en lo absoluto. Pero ¿no estaremos en cambio sufriendo una especie de paidocracia (de paidos – niño) generalizada a que nos quieren someter las nuevas generaciones? No es lógico observar que en el presente se empiece a apartar a los políticos de más experiencia y, por tanto, implícita sabiduría, apenas rebasen los cuarenta o cincuenta. Robert Schuman tenía 65 años cuando se estrenó como uno de los artífices de la Comunidad del Acero y el Carbón en 1951, lo que fue la base de la UE y, seis años después, del correspondiente Tratado de Roma (1957); y los otros padres de la Unión -- Alcide de Gasperi y Konrad Adenauer -- 70 y 75 años respectivamente. Jean Monnet y Paul Henri Spaak eran unos jovenzuelos a la sazón con 63 y 51 años respectivamente. En cambio, hoy se aparta a los políticos de la vida pública cuando empiezan a tener uso de la razón; y si no piénsese en Tony Blair y John Major, José María Aznar, Rodrigo Rato y Jaime Mayor Oreja, George Bush (probablemente y a partir del 2008, a los escasos sesenta años) y Bill Clinton, retirado desde los 54 años de edad; y valgan las diferencias entre ellos a otros respectos. Por otra parte, ¿qué hace que se les dé cancha en sus respectivos ámbitos a mozalbetes comparativamente hablando como Barack Obama y Hillary Clinton, en los EE.UU., Pedro Zerolo, Rodríguez Zapatero y Alberto Ruiz Gallardón en España (y por supuesto marcando igualmente la diferencia respecto a otros méritos o deméritos que puedan acreditar), e innúmeros otros de aquí y de allá?

A todo esto, me llega por una parte la invitación de un amigo a colaborar en la formación de un nuevo partido político “de personas mayores”, quienes en su opinión se sienten ninguneadas y, en realidad, superfluas dentro de una sociedad en la cual frecuentemente se sigue siendo joven y productivo a los 80, y ni se diga a los 65 de la clásica jubilación. Por supuesto que les deseo lo mejor, pero con mis dudas de que nuestros hijos y nietos mozalbetes les dejen cancha. Por otra, me dice un amigo madrileño que viaja mucho por motivo de su profesión comercial que comentaba recientemente con cultos amigos catalanes el desencanto generalizado de las gentes pensantes con la política, tanto la local como la nacional, en España. –Cada día hay más gente—añade -- tanto allá como aquí, que estamos pensando seriamente en abstenernos de votar en las próximas elecciones, y no por falta de interés, sino por asqueo…

--No, hombre-- le interpongo yo. –Siempre hay males menores por los que luchar. La abstención no es válida…

Pero cuando me regreso a casa lo sigo pensando… Cuántos no habrá, y seguirán sumándose, que ante la indiferencia, la irresponsabilidad e incluso la trapacería de los políticos supuestamente “civilizados” de nuestros días, se digan Me lavo las manos… ¿Qué hacen esos políticos para resolver los verdaderos problemas de nuestro tiempo? Los ciudadanos decentes y pensantes están que arden, aquí y supongo que en todas partes. Estamos en manos de unos políticos que desde la cuna hasta la jubilación se dedican a la mamandurria. Aristóteles decía que el ejercicio de la política debía turnarse e incluso equilibrarse con la actividad en otros menesteres, como la agricultura, el comercio o las profesiones. Aquí, un líder estudiantil de 17 años se entrena y dedica a la política desde el momento que se hace retratar con su primera pancarta y acierta a encontrar un micrófono receptivo de alguna estupidez y media. Y puede llegar a los niveles más altos de la política sin haberse ganado un solo sueldo honesto en la vida.

En fin, que me llegan las Navidades y me pillan de negros humores. Afortunadamente, la sola proximidad de la noche buena y Milagrosa sé que me devolverá la esperanza. Aunque la política ‘de altura’ se está convirtiendo en un nuevo ‘open’ de tenis para que destaquen los adanes de turno, incluso aquéllos como Ahmadinejad, Hugo Chávez y Evo Morales que no saben de democracia ni de verdadera política más que lo que han recogido del basurero ideológico de la demagogia, vendrán mejores tiempos… VENDRÁN!


 


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