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Cuenta regresiva
16-12-2007, Jorge Olivera Castillo

Hugo Chávez pierde altura. Va en picada pero aún es prematuro anunciar un impacto sobre los terrenos de la historia. Han sido 9 años de ascensos. Demasiado tiempo en un vuelo que pilotea con ánimos de querer alcanzar el cosmos y observar de cerca las estrellas. Casi una década invertida en función de sobrevolar las cumbres del poder absoluto con la añoranza de un partido único, unos medios de comunicación fieles a sus empeños caudillistas y una institucionalidad conforme al tono monocorde de un discurso que evoca las esencias de un bolchevismo ahora disfrazado con el traje bolivariano. Afortunadamente no todo ha sido según el evangelio de Chávez.

La suerte del aprendiz de dictador no era un regalo providencial a prueba de fallos, ni el núcleo de la aureola mística que envuelve a los héroes. Su invencibilidad se deshizo con una derrota que él y sus amigotes minimizan, pero que pone al descubierto el verdadero grosor de su armadura ideológica. Con el NO recibido de sus oponentes en el referendo que proponía una serie de enmiendas constitucionales en vías de aumentar las prerrogativas presidenciales e ir consolidando un régimen totalitario, se vislumbra el desgaste y las dudas en torno a una proyección política dominada por la demagogia, los lastres inflacionarios y otros males inducidos por la agresiva intromisión del estado en áreas históricamente fuera de su competencia, el aumento de las violencia ciudadana, la larga secuencia de pifias en lo concerniente al ámbito internacional a raíz de una combinación de prepotencia, excentricismo y guaperías chaplinescas.

El hecho de que más de 3 millones de electores le hayan retirado la confianza en comparación con el precedente ejercicio plebiscitario, certifica el declive de su filosofía y psicológicamente un golpe de indudable repercusión en sus artífices extraterritoriales que siguen pautas análogas en la construcción del llamado socialismo del siglo XXI.

Evo Morales, el impetuoso Rafael Correa y un Daniel Ortega con ínfulas de volver por los caminos del sandinismo ortodoxo deben repensar sus estrategias tras el desliz electoral y moral de su mecenas.

Otro parámetro que da una pista para un análisis objetivo de lo que sucede al interior de Venezuela es la alta cifra de abstención en la convocatoria a la reforma de la Carta Magna, según han informado diversos medios de prensa, ésta se situó en el orden del 44%, o sea que alrededor de 7 millones de personas mostraron reservas en relación a algo que se dibuja en el horizonte como parte de un plan de golpe de estado constitucional.

El abstencionismo usualmente barajado por los escribanos de la izquierda como una manera de desautorizar los valores de la democracia, no tendría una explicación sostenible en Venezuela donde la convocatoria partió de quienes intentan instaurar un gobierno del "proletariado" y barrer los vicios de un capitalismo que satanizan hasta la saciedad.

Por mínima que haya sido la victoria de los venezolanos que se resisten a un mandato vitalicio del ex – militar golpista, el panorama se puebla de incógnitas. El afán por monopolizar el destino del país no será tan fácil como las tonadas que el presidente intercala en su ampulosa verborrea.

El León de Barinas como quiso y quiere figurar, se le hace imposible sembrar el pánico a sus antojos. Tiene frente a sus alardes de imponer el miedo y la unanimidad, el arrojo de los estudiantes universitarios, periodistas que quieren salvar el sagrado derecho a la libertad de expresión, ciudadanos negados a avalar aventuras y desatinos sin otra finalidad que engordar egos ajenos.

Es cierto que hasta el 2013 Chávez va a gobernar, de acuerdo a lo postulado en la Carta Magna. Un intervalo largo en el cual habrá ensayos y nuevos subterfugios para lograr sus propósitos mesiánicos. Aún vuela alto, cuenta con algunas herramientas para hacer de las suyas, como la Ley Habilitante que le permite promulgar decretos con fuerza legal. Insistirá en mostrarse como la reencarnación de Simón Bolívar, modelar una revolución continental, alterar el mapa geopolítico del mundo por cualquier medio posible.

Lo preocupante de trazar destinos cercanos a las nubes es el peligro de una caída. Chávez insiste en sobrevolar las cumbres de la gloria, se niega a poner los pies sobre la tierra. Ya afloran las averías y puede hacerse tarde para un aterrizaje de emergencia.

Eso depende de la prudencia del comandante de la nave bolivariana que, para mayor desgracia, parece no estar muy cuerdo. Entonces, pensar en un desastre no sería un pensamiento tomado al azar. Es una lamentable probabilidad.


 


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