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El cambio no espera por los indecisos
05-12-2007, Alfredo Cepero

La derrota propinada a Hugo Chávez con el triunfo del NO en el reciente referendo constitucional en Venezuela nos ha puesto a reflexionar sobre nuestros infructuosos esfuerzos para poner fin a la añeja tiranía de los hermanos Castro. Estamos conscientes de que casi siempre es arriesgado y hasta temerario establecer paralelos entre acontecimientos y personas. Pero de todas maneras no pudimos resistir la tentación de hacer una disección de las acciones y las instituciones que hicieron posible lo que bien puede ser considerado como un hito en la historia política venezolana y un ejemplo a seguir por otros pueblos de América. La acción conjunta de los estudiantes, la sociedad civil, la Iglesia Católica y las Fuerzas Armadas Venezolanas lograron lo que, en la víspera, parecía un imposible: Frenar las ínfulas imperiales de un guapo de barrio ignorante, acaudalado y ensoberbecido.

En honor a la verdad es justo destacar que fueron los estudiantes quienes no sólo pusieron el pecho para parar las balas sino se convirtieron en el detonador que sacó del letargo a la oposición política y estimuló la participación masiva en el proceso de consulta. Igual crédito debe dársele a las organizaciones de la sociedad civil y a una jerarquía católica políticamente activa. Sin embargo, los hasta ahora héroes anónimos de la jornada fueron los militares venezolanos que se negaron a reprimir a sus compatriotas para satisfacer la obsesiva ansiedad de poder de un repulsivo aprendiz de tirano. Ante el riesgo de ser derrocado si insistía en sus planes de trampas electoreras Chávez no tuvo mas alternativa que aceptar la derrota.

Una fórmula similar podría acelerar la desaparición de la tiranía comunista de Cuba. Vayamos por parte. En los últimos cinco años, nuestra sociedad civil ha dado muestras de imaginación y coraje para desafiar un sistema que ha llevado a altos niveles de refinamiento su capacidad de aplicar la opresión e infundir el terror. La numerosa población penal por razones políticas es testimonio elocuente tanto del valor de nuestro pueblo como del ensañamiento de sus opresores. Por otra parte, la lista de nuestros mártires está llena de estudiantes que se enfrentaron al régimen en las primeras etapas de nuestra insurrección armada. Y hace sólo unos días, cinco mil estudiantes firmaron un documento pidiendo la restauración de la autonomía universitaria a la Universidad de la Habana. Estos cinco mil hijos de la revolución son pruebas fehaciente e irrefutable del rotundo fracaso de ese monstruoso proyecto de ingeniería política que para promover solidaridad social no encontró otra fórmula que negar al hombre y sus derechos inalienables.

 

En el caso cubano, en contraste con el venezolano, no contamos con dos elementos tan importantes de la fórmula como son una jerarquía católica políticamente activa y un ejército adiestrado en el respeto a los derechos ciudadanos. Con las honrosas excepciones de los monseñores Pedro Meurice, en Oriente, y José Siro González, en Pinar del Río, nuestra jerarquía ha mantenido una posición de sumisión y apaciguamiento con respecto al régimen comunista. Y en cuanto al ejército baste recordar que surgió como un instrumento político al servicio del gobierno revolucionario cuando fue disuelto en su totalidad el Ejército de la República. Un ejército con vicios, errores y defectos pero jamás imbuido del odio de clases y el fanatismo ideológico que le imprimieron los lacayos de Moscú que asaltaron el poder el primero de enero de 1959.

Pero de nada valdrían todos los razonamientos anteriores si no los ponemos en el contexto de nuestra realidad presente. La reciente postulación del moribundo dinosaurio y del payaso grotesco de su hermano a cargos en la Asamblea del Poder Popular no augura otro cosa que más opresión y un inmovilismo suicida que podría desatar un cataclismo de proporciones gigantescas en la ya fragmentada sociedad cubana. La sociedad civil y los estudiantes parecen haber reconocido el peligro y han respondido al reto con las armas limitadas que tienen a su alcance. La jerarquía de la Iglesia Católica es harina de otro costal. Cuentan con dos mil años de experiencia política y con recursos suficientes para superar la crisis de un cambio de régimen. Pero si el ejército que ha servido a la tiranía por casi medio siglo incurre en la barbarie de reprimir a nuestro pueblo o muestra indiferencia ante las injusticias que son cada vez mayores estaría creando las condiciones para su desaparición como institución.

Para los soldados cubanos y los oficiales de nivel medio llegó finalmente la hora de tomar partido. Con Dios o con el diablo. Con la patria o con el tirano. Llegó la hora de rebelarse contra el centenar de generales eunucos que jamás han conocido otra batalla que la de trepar unos sobre otros para mendigar el favor del tirano. Llego la hora de transformarse de opresores de su pueblo en protectores de sus hermanos de infortunio. Porque mientras sus jefes disfrutan de las prebendas del poder ellos comparten las miserias del pueblo.

Y aquellos que crean en la perpetuidad del régimen harían bien en tener presente que la historia se repite y en recordar que el ejército que les precedió fue pulverizado el primero de enero de 1959 por ignorar la convocatoria al cumplimiento de su deber militar contenida en el testamento político de José Antonio Echeverría y seguir al servicio de la dictadura de Batista. Momentos antes de morir el 13 de marzo de 1957, José Antonio escribió: “A las Fuerzas Armadas que recuerden que su misión es defender a la patria, no someter hermanos, y que su puesto es el del Ejército Mambí que peleaba por la libertad de Cuba.” Muchos de los jóvenes que integran hoy el Ejército de Cuba crecieron admirando el pensamiento y la obra de José Antonio. En esta hora de definiciones sin aplazamientos, apartarse de la tiranía y ponerse al servicio de los intereses del pueblo cubano podría granjearles un lugar honorable en una nación pletórica de libertad y oportunidades para todos sus hijos. Pero estén conscientes de que no tienen tiempo que perder porque ni el cambio espera por los indecisos ni el pueblo perdonará a sus verdugos.


 


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