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MENSAJE DESDE LA TUMBA
30-10-2007, Jorge Olivera Castillo

Podría confundirse con algún acontecimiento paranormal. ¿El nudo de un relato escalofriante?, ¿Una carta encontrada dentro de la vestimenta del cadáver que desentraña un mar de especulaciones y conflictos? Nada de eso. El que escribe lo hace en tiempo real entre humedades y sombras.

Se pasea por el sepulcro con la hidalguía de un guerrero acostumbrado al éxtasis que producen las victorias. Es hábil en el manejo del bolígrafo y el lápiz. Con ellos aprendió a matar la desesperanza y las angustias.

De día establece contacto directo con las cuartillas. Le pone letras a sus anhelos. Consigue con un par de párrafos, el boleto para respirar el aire puro del amanecer e ir a visitar el parque junto a su esposa de siempre.

Apenas hay iluminación dentro del sarcófago. Es común la neblina y el moho, el ruido de los enterradores y el ajetreo de la supervivencia de quienes aprenden el duro oficio de imitar la muerte.

En la bóveda hay una decena de inquilinos. La mayoría con el color cenizo de los difuntos, despojados del mundo real y sujetos a los azares de las catacumbas.

Dentro del perímetro prevalecen la monotonía, la crispación y cierta costumbre por cambiar los códigos humanos por la legislación innata de la jungla.

Las tensiones, los calores africanos, los alimentos corrompidos, las controversias banales y los últimos suicidios.

Casi 5 años sembrado en esos espacios flanqueados por la incertidumbre. Horas interminables, noches como parte del infinito, días tan grises como las peores tormentas.

La historia que leo es creíble, impactante y triste. Lo sé porque conozco al autor. Un hombre que se resiste adoptar la horizontalidad de los cadáveres y tiende a alumbrar con su testimonio lo que han convertido en su sepultura. Desde cualquier ángulo se observa el atropello, la maldad en toda su pureza, el afán por la tortura y el olvido que elevan como murallas los administrados del cementerio.

A través de cualquier página se llega al mismo sitio. El lector choca con otra Cuba. Tropieza, aunque use maniobras aparentemente eficaces, con la maldita necrópolis poblada por miles de seres humanos situados en un limbo existencial.

La cárcel, el drama de los condenados, sus ingentes esfuerzos por sobrevivir, las grotescas sentencias, el juicio sin garantías.

Puedo avalar las descripciones, traducir el dolor y los sentimientos de la obra que me hace recordar experiencias de similar factura. El texto rebasa la autenticidad y se suma a esas lecturas que sirven para retratar el país que desentona con el discurso humanista y revolucionario del poder totalitario.

Más allá de valoraciones literarias, el libro demuestra el esfuerzo por documentar la ancha senda de las arbitrariedades, los instintos de un régimen por anular las voces discrepantes utilizando métodos facistoides.

Héctor Maseda, está aún como un muerto que se resiste a claudicar. Concibió el texto durante su peregrinar por varios centros penitenciarios. Ahora permanece sepultado en Agüica, una tenebrosa cárcel situada en la provincia de Matanzas, a unos 100 kilómetros de la Ciudad de La Habana.

Según el título del libro: “Enterrados vivos”, Maseda no tuvo que resucitar para contar sus vicisitudes y posturas dignas. Vive, a pesar de los deseos de los verdugos que lo condenaron a 20 años de privación de libertad por disentir de las políticas oficiales.

Está seguro de que no va morir por el momento. La necesidad de denunciar y de expresarse es más fuerte que el hábito de los asesinos.


 


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