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Las sorpresas del río Quibú
23-10-2007, Tania Díaz Castro

Mientras el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba anuncia en su sitio Web que más de 42,000 profesionales de la salud han sido enviados por el régimen a más de un centenar de países, el río Quibú nos ofrece su peor imagen.

Este río habanero desemboca al sur de la capital cubana y muere en el Golfo de México. Atraviesa con cientos de miles de sorpresas numerosos barrios marginales del municipio de Marianao como La Lisa, Los Pocitos, Coco Solo, Versalles y muchos otros.

No hay habanero que en los días de lluvia no se detenga a contemplar la carga contaminante que arrastra con fuerza el río Quibú a lo largo de varios kilómetros y sin que nada se lo impida: desechos malolientes que afectan la atmósfera de la ciudad.

Como proliferan los vertederos de desechos a la vuelta de cualquier esquina de La Habana, fosas y alcantarillas tupidas, gracias a la desatención de los organismos estatales que están obligados a cuidar la imagen de la provincia, el río Quibú se nutre a diario de esos desechos y los arrastra hacia el mar, situación que afecta gravemente la higiene comunal.

Porque el río Quibú no entiende de política. Veloz e indomable avanza con sus inmundicias a lo largo del aristocrático barrio Cubanacán, donde residen algunos políticos importantes y embajadores de países desarrollados, no muy lejos de la residencia del Comandante en Jefe. El río pasa a pocos metros del Palacio de las Convenciones, edificio donde de forma permanente se celebran reuniones masivas de nacionales y sobre todo de extranjeros, con sus consabidas meriendas, cenas, transporte y hospedaje, todo a un costo desconocido por el pueblo, con vistas a propagar las ideas comunistas y las bondades del régimen cubano.

El río Quibú termina su misión en el barrio residencial Náutico, y lanza todas sus sorpresas hacia el mar, por donde navegan los elegantes yates de la Marina Hemingway, tripulados por turistas extranjeros y miembros de la nomenclatura.

La muchachada de los barrios marginales y algunos jubilados vigilan todo lo que arrastra el río Quibú y entre animales muertos y alimentos putrefactos, pescan objetos útiles como botellas y latas de refresco, que luego venden como materia prima.

Ni siquiera se puede y comer con tanto mal olor, según expresan algunas personas que viven en casas deterioradas por el tiempo, en las orillas del río Quibú. "A veces no se puede ni respirar", dicen


 


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