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EL CASTRISMO Y LA MICROFRACCIÓN
16-10-2007, Jorge Olivera Castillo

En octubre de 1967 comenzaron las detenciones. Se cumplía una orden de las más altas instancias del poder en Cuba. Eran los inicios de una purga de carácter nacional.

Había disensiones en las filas del Partido Comunista, realidad que de alguna manera menguaba la autoridad de una reducida élite y obstruía la aspiración de someter a la isla al liderazgo carismático de un hombre en detrimento de unas estructuras basadas en el equilibrio, el consenso, entre otras herramientas políticas ideales para consolidar una república sin los lastres de otra dictadura.

Los desafectos eran viejos militantes del Partido Socialista Popular (PSP), una entidad con abiertos vínculos con la extinta Unión Soviética y que había tomado parte en la lucha contra el régimen de Fulgencio Batista. Su estrategia durante y después de éste período descansaba en el rechazo a la lucha armada como estrategia para alcanzar el poder. La lucha sindical, el proselitismo en barrios y ciudades, figuraron como parte de sus actividades en favor de conseguir sus propósitos partidistas. La honestidad en el manejo de los fondos y la consagración de sus militantes a los objetivos fijados por la dirigencia se añadían a los detalles que posibilitaron la larga permanencia en el entorno político nacional. Surgieron con el nombre de Partido Comunista de Cuba, en 1925.

Posteriormente fue cambiado por el de Partido Socialista Popular por imperativos de una época (fin de la Segunda Guerra Mundial) en que el anticomunismo cobraba fuerzas a instancias de la denominada Guerra Fría.

El plan de escarmiento contra aquellos críticos de la revolución tuvo una notable resonancia mediática con el fin de crear un ambiente de terror que desanimara cualquier intento por hacer públicas las divergencias con la cúpula militar. En pocos días se arrestó a los considerados principales artífices. Interrogatorios, amenazas, torturas psicológicas, chantaje, resultaron notas comunes durante los varios meses de detención en los calabozos de la sede de la policía política.

A comienzos de 1968, se llevó a cabo el juicio sumarísimo. Un total de 36 hombres y 3 mujeres fueron llevados a prisión por infundadas acusaciones de trabajar al servicio de una potencia extranjera, en este caso la ex–Unión Soviética.

Oponerse al excesivo populismo que favorecía una serie de gratuidades que desembocaron en un gran desastre, discrepar de las medidas que convirtieron a los propietarios de pequeños negocios en enemigos de clase, criticar la exportación del modelo revolucionario a través de la abierta ingerencia en los asuntos internos de varios países, con énfasis en la asistencia y fomento de movimientos armados, evidencian algunas de las faltas exhibidas como pruebas de graves delitos que ningún tribunal digno podría sostener sin ponerse a salvo de una andanada de trompetillas y abucheos.

A 40 años del acontecimiento silenciado, a posteriori, por sus perpetradores y obviamente desconocido por varias generaciones, es oportuno esbozar un breve comentario sobre otra de las páginas negras del totalitarismo.

Ellos, los protagonistas de la Microfracción (calificativo con el cual se quiso llegar al demérito y a la calumnia), intentaron hallar un espacio para el debate, una zona donde exponer los mismos problemas que tras cuatro décadas de involución son cíclopes imbatibles.

Quizás dominados por ciertas corrientes idealistas creían posible hacer un socialismo más racional y humano, soñaban con verdaderas rectificaciones, con algún resquicio para ventilar puntos de vistas dispares dentro del Partido.

Los empeños terminaron en la cárcel. Allí pagaron su resistencia al silencio y a la adulación de lo que despuntaría como una de las dictaduras más perversas de cuantas han existido en la historia de la humanidad.

Orlando Olivera (mi padre) junto a Félix Fleitas, Ricardo Bofill, Eddy y Ricardo López, Hugo Vázquez, José Antonio Caballero, Francisco Pérez de Armas, Carlos Quintela, Arnaldo Escalona, Hilda Felipe, entre otros, son nombres malditos.

Cubanos que persistieron en hacerse escuchar, pese al clima adverso para quienes se atrevían a cuestionar el incipiente castrismo.

Recuerdo a mi padre, acogiendo con sorpresa y regocijo la perestroika y la glasnot, las medidas aperturistas impulsadas en la década del 80 del siglo XX por Mijaíl Gorbachov desde su puesto de presidente de la URSS. Él disertaba, transmitía sus interpretaciones sobre ambas iniciativas de cambio con ánimo juvenil y deseoso de que las experiencias se materializaran en Cuba.

Murió en La Habana en Enero de 2003 con las insatisfacciones de no ver un proceso reformista en Cuba y sin imaginar que en pocas semanas uno de sus hijos sería arrestado y condenado por ejercer el periodismo independiente e implicado en la internacionalmente conocida causa de los 75.

La Microfracción y la escalada represiva de la primavera de 2003. Dos actos que marcan la vida de una familia. Dos hechos que revelan la naturaleza de un régimen dictatorial. Padre e hijo a expensas de la crueldad y el desatino.

La cárcel, el abuso, las parodias judiciales, el atropello como una prolongación de la existencia. Todo como pruebas irrefutables del sufrimiento humano. ¿Saldrá indemne el castrismo en el juicio de la historia?

 

 


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