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Cuba después de Castro:
07-10-2007, Carlos Salas Lind

Cuba después de Castro: ¿cambio o continuidad?

¿Por qué tanta preocupación por el estado de salud de un hombre que a su avanzada edad, de todos modos, está cerca del final de sus días?
Sorpresivas eran las imágenes que daban cuenta del estado de franca recuperación del líder cubano, ocho meses después de haber estado al borde de la muerte.

La entrevista de una hora que Castro dio en el mes de junio, parecía ser la culminación del gran desquite que el anciano revolucionario tenía preparado para quienes a corta distancia habían empezado, una vez más en vano, a preparar las maletas del retorno.

Sin embargo, a partir de ese momento Castro volvió a desaparecer de escena, y nuevamente eran sus seguidores los que comenzaban a sentir la presión que las interrogantes, por su repentina y total ausencia, generaban.

Los rumores no se hicieron esperar, y se llegó incluso a especular que la dirigencia cubana mantenía en secreto su muerte (rumor que por cierto se debilitaba por el abuso del que ha sido objeto en ocasiones anteriores).

¿Pero por qué tanta preocupación, entre seguidores y adversarios, por el estado de salud de un hombre que a su avanzada edad, de todos modos, está cerca del final de sus días?

La suerte de Castro despierta un interés enorme, porque es indudable que el carisma, liderazgo y obstinación del mentor de la revolución cubana ha sido fundamental para mantener con vida; tanto a “la ilusión” de los enemigos del capitalismo, como al régimen político y económico más hostil que Estados Unidos haya enfrentado en su propia región.

Por la misma razón, es lógico suponer que esta capacidad de seguir sobreviviendo en un mundo mayoritariamente incompatible, se reduce de manera dramática ante la aproximación del término físico de ese liderazgo.

Naturalmente, gran parte de los vaticinios que se realizan no han podido estar exentos de una fuerte carga ideológica. En este contexto, los escenarios propuestos se extienden desde el caos y “ajuste de cuentas”, hasta el orden absoluto y continuación inquebrantable de la longeva revolución cubana.

Aunque el desarrollo de los hechos en direcciones diametralmente opuestas, no puede descartarse, es mucho más interesante intentar establecer que escenario sería el más probable, si dirigimos nuestro enfoque a los factores que pueden ejercer más influencia en el desenlace de la situación cubana. Primordialmente se destacan:

- La situación interna (tanto política como económica) desde que Castro entregó el poder a su hermano.

- Comportamiento de estados aliados y adversarios (principalmente el rol de Venezuela y de los EEUU).

En primer lugar, desde el momento en que Raúl Castro asumió como presidente “interino”, Cuba se ha mantenido en completo orden.

A pesar de ser definido como un dirigente dogmático y de línea muy dura, no se observa un empeoramiento en el trato a la disidencia, ni en la relación con el tradicional y gran adversario del norte, desde que Raúl Castro asumió el poder en agosto del 2006.

Desde esa fecha, aunque pequeños aún, los cambios que se han observado no dejan de ser significativos, a la hora de compararlos con el periodo inmediatamente anterior.

Coincidentemente, el presidente "temporal” de Cuba ha aprovechado dos fechas claves en la historia revolucionaria cubana para invitar al mayor enemigo ideológico, EEUU, a abrirse a un proceso de diálogo.

Aún cuando este llamado se ha supeditado al respeto por el principio de igualdad de condiciones en todos los ámbitos, su ocurrencia es, por cierto, interesante, y en particular relevante frente a las actuales circunstancias.

La invitación a dialogar extendida por el hermano de Fidel Castro, dio lugar a una visita insólita de un grupo de parlamentarios norteamericanos a Cuba, a fines del año pasado.

Por primera vez, en los casi 50 años de la revolución, una comisión conjunta de 10 congresistas; seis demócratas y cuatro republicanos visitaron Cuba, se reunieron con parte importante de la elite cubana y abogaron por un mejoramiento en las relaciones entre ambos estados.

Conjuntamente, organizaciones internacionales de Derechos Humanos han informado que el número de presos políticos disminuyó en el periodo en que Raúl Castro ha ejercido como jefe de estado.
Aunque este informe no concluye que exista un cese del acoso y represión en contra de quienes difieren de la política oficial, los organismos internaciones destacaron como "buenas noticias” el leve mejoramiento en este ámbito.

De la misma manera, frente al reconocimiento realizado en público, por el hermano de Fidel Castro, de los graves problemas económicos que el país aún sigue sufriendo (a pesar del notorio mejoramiento en los índices de crecimiento económico en los años 2006-2007) se reporta un interesante y dinámico debate en torno a la gran ineficiencia de la economía cubana, y de las reformas que contribuirían a corregir este curso.

Lógicamente, quienes han encabezado estas discusiones no han propuesto el desmantelamiento de las bases económicas del sistema socialista como solución definitiva al precario desarrollo económico que continúa afectando al país.

Sin embargo, la crítica ha sido amplia y las discusiones han ocurrido a vista y paciencia de muchos que no están dispuestos a cambiar ni un ápice en los lineamientos económicos del país.

Por otra parte, en el plano externo, EEUU ha mantenido un perfil bajo desde el momento en que se anunció la enfermedad y alejamiento de Fidel Castro.

Contrariamente a lo esperado por algunos, desde que Bush asumió el cargo el año 2000, el fuerte apoyo de los republicanos a quienes impacientemente esperan volver a una ”nueva Cuba”, se ha limitado a la aplicación de nuevas medidas diplomáticas y restrictivas, y al uso de la repetida
retórica anti Castro, típica de periodos pre-eleccionarios.

Ciertamente, las elecciones presidenciales en EEUU se acercan, y si los republicanos desean recuperar la posibilidad palpable de prolongar su permanencia en el poder, deben ser muy cuidadosos de no iniciar una nueva aventura militar que entrampe, e intranquilice aún más al país.

En este contexto, es racional suponer que el gobierno de Bush tiene muy limitadas opciones para asumir un papel más activo en los acontecimientos que podrían desencadenarse en la isla, si la partida definitiva de Fidel se concreta antes del término de su mandato.

La probabilidad creciente de que sea un (o una) demócrata el (o la) que asuma la dirección de EEUU en un poco más de un año, refuerza los prospectos de que impere un clima menos tenso entre ambos estados.

A pesar del fuerte embargo comercial contra Cuba que han mantenido todas las administraciones norteamericanas, históricamente los demócratas han tenido una relación menos visceral con Castro.

Por esta razón, es natural suponer que una administración de este partido (o incluso una republicana) no desearía comenzar su mandato enviando las mismas señales que hoy tienen al gobierno de Bush en un nivel de popularidad mendicante tanto en la comunidad internacional, como entre sus propios compatriotas.

Otro factor importante que contribuye a un desarrollo de acercamiento y negociaciones, en vez de precipitar o incitar a una desestabilización total del régimen en la isla, es la existencia de la controvertida Ley Helms-Burton puesta en vigencia en 1996.

La polémica ley abre las puertas para que los residentes cubanos en Miami y firmas norteamericanas exijan recuperar, o recibir indemnización por las propiedades confiscadas por el régimen cubano a partir de 1959.

Aún cuando el rechazo internacional ha obligado a los dos últimos gobiernos de EEUU a suspender la puesta en vigencia del capítulo más problemático de la Ley Helms-Burton, su existencia ya constituye una amenaza para muchísimos cubanos que hoy ocupan infraestructura, residencias y tierras confiscadas desde el inicio de la revolución.
Es decir, una parte muy importante de la población cubana podría también ver amenazada sus intereses, en caso de colapsar el sistema que ha garantizado el derecho a disfrutar del uso de esos bienes. Disipar estos temores requiere negociaciones, y las negociaciones complejas requieren tiempo.

Por otro lado, en un escenario regional menos armonioso para los intereses de los EEUU, Venezuela se ha alzado como actor muy importante para el proceso que experimente la revolución cubana después de Castro.

Por cierto, la declarada admiración de Chávez por el líder cubano y su proyecto revolucionario, no sólo se ha limitado a la entrega de apoyo moral y diplomático, sino más importante aún, a un extenso programa de colaboración e integración económica.

La bonanza económica que los altos precios del petróleo han significado para Venezuela, le ha permitido al régimen de Chávez emular el rol "solidario y generoso” que la ex- Unión Soviética asumía con el entonces aliado latino americano.

Hoy, gracias a la disposición de Chávez, Cuba ha logrado cubrir entre un 35-45 % de sus necesidades energéticas y ha contribuido a aumentar la circulación de millones de dólares en su economía. Por lo tanto, la dependencia Cubana de la ayuda venezolana es un factor que no se puede ignorar, a la hora de evaluar los acontecimientos que se podrían desencadenar en Cuba, en el periodo inmediatamente posterior a la partida de Castro.

Es mi impresión, que el equilibrio creado entre la complicada situación norteamericana en el plano internacional e interno, y el fuerte compromiso de Chávez con el régimen cubano (y la capacidad de apoyarlos en este momento) puede constituirse en un factor de mucho peso para evitar un colapso abrupto de la Cuba de Castro.

La posibilidad de los cubanos de reemplazar o reformar sustancialmente el modelo político y económico vigente, dependería más bien, entonces, de los acontecimientos que se desarrollen a mediano plazo, es decir, cuando la administración Bush y la era Castro (o mejor dicho de los Castro) hayan llegado a su fin.

* www.carlossalas.com


 


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