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MYANMAR: LA LUZ AL FINAL DEL TÚNEL
02-10-2007, Jorge Olivera Castillo

El pánico cunde en Myanmar. No son los activistas pro-democráticos quienes exhiben las pruebas del miedo. El temblor es de los verdugos.

En un rapto de desesperación y aturdimiento disparan a las multitudes que exigen un nuevo país.

Hay resistencia a la cúpula militar que detenta todas las prerrogativas gubernamentales. Se ha roto la inercia y miles de birmanos claman por el fin de una era signada por el abuso y la censura.

El clima se torna tenso y ya se anuncian las primeras víctimas mortales. Los fusiles insisten en robarle el protagonismo a la muchedumbre que esgrime un lenguaje donde las palabras cardinales son tolerancia y respeto a los derechos humanos.

¿Es tan excesiva la petición para la nomenclatura castrense? Obviamente que resulta una herejía a pagar con la vida. Miles de disidentes languidecen en las cárceles por ser portavoces de una filosofía que descansa en la razón y la necesidad de libertad.

Otros han muerto en el transcurso de la lucha. Ahora se alarga la lista de mártires nacionales y extranjeros. El camarógrafo japonés Kenji Nagai fue privado de la vida tratando de filmar una arista de los sucesos. Se dice que cayó abatido por el fuego de las fuerzas de seguridad en las cercanías del Hotel Tarder, en el centro de Yangon, la capital.

El número de cadáveres crece a medida que la crisis se extiende a otras ciudades y el pulso del conflicto civil va revelando su crispación. Ninguno de los implicados cede.

Las autoridades mantienen su natural obcecación y los manifestantes apuestan por llevar sus demandas hasta las últimas consecuencias.

Este podría ser parte del capítulo final de uno de los regímenes más represivos del universo.

Las expectativas de que ocurra lo deseado por la mayoría de la población birmana, es decir el cese de la represión y de disposiciones muy vinculadas al pensamiento esclavista decimonónico, son reales.

Tales probabilidades no se asientan en una presunta debilidad de los generales al mando del estado y el gobierno. El asunto es que el nivel de contradicciones políticas, económicas y sociales llega a un punto crítico sin que aparezcan soluciones ligadas al pragmatismo o alguna vía fuera de la voluntad del dictatorial Consejo de Restauración de la Ley Estatal y el Orden.

La exclusión del diálogo entre el gobierno y sus oponentes y las limitaciones rayanas en el absurdo con el fin de controlar a la población, podrían enumerarse como ejemplos de una vasta cadena de imposiciones que redundan en estallidos a partir de hechos, aparentemente simples, pero que sintetizan las aspiraciones populares silenciadas por el terror.

En Myanmar todo comenzó por el alza del precio del combustible. Los primeros manifestantes fueron un grupo de monjes budistas, días después la marea humana eleva su caudal hasta niveles impensables en un totalitarismo de sobradas credenciales.

Las ideas de las personas que han tomado las calles en el país asiático guardan empatía con las pretensiones de sus pares cubanos. Aunque haya sido imposible expresar el descontento a la manera birmana. Los cubanos detestan el mandato del partido único que soportan hace más de 47 años, las leyes que impiden el ejercicio de los derechos fundamentales, el encarcelamiento por pensar de manera diferente y las golpizas de las turbas pro-gubernamentales a causa de cualquier demanda fuera del margen establecido por la dinastía insular.

Por el momento hay calma en La Habana. Los mecanismos represivos aún ostentan la eficacia necesaria para evitar un incendio social. Sin embargo, esto no es un indicador de que la situación continúe sin señales masivas de descontento.

Yangon y Mandalay están lejos, pero la inspiración, el coraje y las tribulaciones de sus moradores son notas cercanas.

Es preferible fijar la vista en la reconciliación y en la búsqueda de opciones que destierren la violencia. Tirotear a los protagonistas de una protesta pacífica puede constituir el camino más fácil, alentador y ejemplarizante para los represores, pero en cualquier sitio eso es un acto genocida. Veremos, definitivamente, como es que llega la democracia a esta pequeña porción del Caribe.

Creo que no son espejismos, pero entre los tiros y las refriegas brilla la esperanza de los birmanos comprometidos con la refundación del país. Desde la prisión domiciliaria que sufre la luchadora pro-democrática y premio Nóbel de la Paz Aung San Suu Kyi, quizás se vea con mayor nitidez la luz al final del túnel.


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