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La reorganización del aparato ideológico
23-09-2007, Federico Fornés

Eliades Acosta, la estrella ascendente de la ideología cubana, hace boxeo de sombras. Pelea contra libros de los que casi nadie en la Isla sabe que existen.

En una entrevista publicada por el diario Granma, vocero del Partido Comunista, el autor de El Apocalipsis según San George alude a varios textos que "intentan cambiar la imagen que aprendimos desde niños en la escuela, ya sea sobre la revolución o las guerras por la independencia".

El jefe del Departamento de Cultura del Comité Central se muestra somero al citar obras publicadas, o en preparación, que embisten o desvirtúan el discurso oficial sobre el ataque al cuartel Moncada, las gestas separatistas del siglo XIX y la dictadura de Fulgencio Batista.

"La nueva estrategia consiste en desmontar los elementos que componen la obra y el sostén histórico de la revolución cubana", dice el historiador, nacido en 1959 en Santiago de Cuba y graduado de Filosofía en la moscovita universidad Lomonosov.

La guerra, llamémosle ideológica, contra la revolución cubana, es tan antigua como la revolución misma y una de las reglas de oro es combatirla omitiendo las "armas del enemigo" y sólo blandiendo las propias.

Eso es lo que hace Acosta en la entrevista. Repetir una táctica gastada. No menciona ni los títulos, ni los autores, ni las editoriales de esa literatura que, según él, exhibe "una rara unanimidad… desde diversos puntos del planeta, que para nada la hace 'espontánea'".

El lector, como siempre, queda a merced del sesgo de un único punto de vista y excluido de todo análisis comparativo.

Admitiendo lo que se sabe, que tal literatura es algunas veces lo suficientemente grosera como para que sea descalificada por un lector medio, las autoridades, pese a ello, nunca han tomado riesgos y prefieren manejar los retos desde la censura y la contramanipulación.

Amateurs de la política

La protesta de un grupo de iracundos intelectuales, suscitada a fines de 2006, sólo llegó a la prensa cuando el Partido Comunista consiguió armar un incoherente comunicado que en manos del lector era un rompecabezas. Generaba más dudas que certezas, pues apenas aludía a la intríngulis del asunto.

El hecho en sí mismo fue conjurado con un par de conferencias cerradas al público, a manera de catarsis, pero abrió un boquete en las paredes políticas del sistema al desatar un cauce marginal de polémicas y cuestionamientos en correos electrónicos, que subió como la espuma.

El gobierno respondió torpemente, evitando ser arrastrado a un campo de batalla para el que apenas posee una estrategia de éxito. Lanzó una revisión de todas las páginas web sustentadas en servidores locales, filtró otras que se montan desde el exterior y cortó el acceso a la mensajería de internet a muchos antes autorizados.

Salvo oasis de polémicas en los sesenta, siempre controlados desde las alturas, en Cuba nunca se ha producido en casi medio siglo un libre debate de ideas, ni tan siquiera dentro del mismo bando de los revolucionarios, lo que, en definitiva, ha servido para empobrecer la inteligencia de la nación y poner en ventaja el discurso de los adversarios.

Pese a manejar una retórica que juega al racionalismo, Eliades Acosta no puede enmendar la incongruencia del discurso oficial. Le sombran trampas en las cuales todos parecen amateurs de la política.

En una entrevista con el corresponsal en La Habana de Radio Progreso Alternativa, de Miami, desautoriza las bibliotecas independientes, fomentadas en la Isla con ayudas desde Europa, América Latina y Estados Unidos, y puestas en jaque por las autoridades.

"Podemos estar hasta mañana discutiendo si usted puede por inseminación artificial lograr influir sobre la conciencia de las personas o si existen resortes que hacen que la persona pueda tener una opción y pueda escoger. Yo soy de los que opina la segunda variante", dijo Acosta a Manuel Alberto Ramy, pero al mismo tiempo sitúa a las bibliotecas independientes como una "operación de guerra", justificando así su tratamiento punitivo.

Para el historiador, "un hombre culto es muy difícil de doblegar y de manipular", lo que, por tanto, dejaría sin efecto las políticas de fuerza al uso. Se trata de elegir, no de prohibir, según su teoría.

Fichas del tablero

La promoción de Acosta para la jefatura del Departamento de Cultura y su aparición discretamente creciente en los medios indica que el Partido intenta rejerarquizar el abatido frente ideológico, para el cual no cuenta con experimentados estrategas ni con figuras de cierto crédito intelectual.

Alfonso Borges, actual jefe del Departamento Ideológico del PCC, es un funcionario que logra sobresalir por su grisura y hace que la labor parezca más una cuestión burocrática que un acto de creación inteligente. Nadie lo toma en cuenta. En los medios de comunicación se le teme, pero no se le respeta intelectualmente.

Desde la caída de Carlos Aldana, en 1992, a quien llegó a considerarse el tercer hombre de la jerarquía política, incluso por encima de ciertos comandantes de la Sierra Maestra conocidos como los históricos, el flanco ideológico de la revolución recayó casi enteramente sobre el ahora ausente Fidel Castro.

Otra de las fichas del tablero, el escritor Abel Prieto, ministro de Cultura, se mueve en órbitas cercanas a la ideología, pero ese no es su fuerte, ni tampoco sería útil quemar su poco o mucho liberalismo en las catequesis partidistas.

El autor de El vuelo del gato, de melena anecdótica, parece ser un hombre reservado para la transición. De alguna manera tendría el respaldo de la intelectualidad por haberla "defendido" como estamento social y hacer comprender al Estado que la cultura está por encima de las ideologías.

De cara a una encrucijada histórica que no tardará mucho en llegar, el sistema entra virtualmente agotado, en su frente ideológico, para una misión impostergable: aparejar un modelo que permita la reproducción del poder sin montarse en una montaña rusa de cambios que conmocionen el proceso.

"Si se dice que en Cuba hay censura, debe alguien presentar la lista de los libros prohibidos y debe alguien demostrar quiénes son los censores", reclama Eliades Acosta.

Difícil que alguien aporte pruebas. Todos saben dónde está el censor, pero no dónde los libros que hay que censurar. ¿Quizás los que en los años ochenta se guardaban en el piso 15 de la Biblioteca Nacional?


*Publicado en Encuentro en la Red


 


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